En la tienda de la esquina, justo al lado de la puerta de entrada, colocaron una máquina tragamonedas que, desde el primer momento, se convirtió en la atracción principal de chicos y de algunos no tan chicos que bien podían pasar tardes enteras viendo a los demás perder sus monedas mientras esperaban en la fila o perdiendo las propias, haciendo esperar a los demás y convirtiéndose en blanco de burlas.

Durante dos semanas, desde el momento de su instalación, la máquina tragamonedas fue la sensación principal de la colonia y la tienda de la esquina llegó a quintuplicar sus ingresos diarios con las monedas que la máquina le generaba y con las compras que realizaban aquellos incautos que esperaban su turno.

Dos semanas de flujo continuo de personas, risas y dinero corriente, que ocasionalmente daba pingües beneficios a los jugadores, pero que en su mayor parte se inclinaba en beneficio del tendero, pasaron como pasan las aves por los cielos durante el invierno: las ves pasar, te maravillas por un momento y, tras su paso, sigues tu camino al igual que ellas. Lo mismo ocurrió con la tragamonedas y la gente del barrio se acostumbró a ella; a todo se acostumbra el ser humano, hasta a lo apretado de los zapatos. Y la máquina no fue la excepción: se mimetizó con el barrio como lo hizo con anterioridad el taquero, los vecinos del 314 y los dos gatos callejeros que noche a noche se pasean por entre las casas.

Al final, la máquina quedó instalada más como un adorno y, aunque eventualmente algunos niños aprovechaban su “vuelto” para jugarlo ─y perderlo─ en ella, bien pudo haber caído en el olvido de no ser por Sebastián, el señor que vivía con su hija al lado de la frutería de don Agustín, y que cada día, de manera rigurosa, en punto de las nueve de la mañana y hasta  poco antes de las once, se instalaba frente al armatoste y lleno de paciencia y parsimonia depositaba moneda tras moneda hasta quedarse en ceros; momento en el que decidía marcharse para poder pensar en diferentes estrategias para volver al día siguiente y aplicarlas, obteniendo el mismo resultado.

En ocasiones, claro está, ganaba unas cuantas monedas; de hecho, Sebastián fue uno de los primeros ganadores ─si no es que el primero─ el día en que instalaron la máquina, llevándose una jugosa suma de dinero, pero esto, en vez de frenarlo ─o tal vez movido por ello─ le instaba a seguir apostando. “Si ya gané una vez, puedo volver a hacerlo; y si he perdido mi dinero, puedo recuperarlo”, decía de manera automática a quienes se acercaran a él, aunque lo más seguro es que se lo dijera a él mismo.

Fue él quien lo descubrió. Todo ocurrió una nublada mañana de agosto en que se quedó sin monedas en un tiempo récord, apenas pasados veinte minutos desde su primera apuesta del día. Sebastián cayó en la cuenta de que la máquina tragamonedas no solo aceptaba dinero como pago del juego de azar, sino que aceptaba, literalmente, cualquier cosa que se le ofreciera, siempre y cuando tuviese un valor útil. No importaba qué, la máquina lo aceptaba y, en caso de resultar ganador, la máquina entregaba un premio económico proporcional al bien apostado.

Pan dulce, las escrituras de la casa, las llaves del auto, ropa y hasta las fotos que uno guarda en la cartera, eran aceptados por la máquina, y todos y cada uno de esos bienes los perdió Sebastián a lo largo de aquel fatídico día. La ilusión de su descubrimiento se trastocó en humillación y desesperación al verlo perdido todo cuanto tenía y al descubrirse, de pronto, rodeado de los vecinos que, tras haberse corrido la voz, acudieron, metiches y presurosos, a ver a aquel “pobre hombre” que, desesperado y haciendo oídos sordos a los consejos de algunos bienintencionados comentarios, llevaba todo el día apostando y perdiendo cuanto objeto de valor poseía.

Al caer la tarde, cerca de las 7 de la noche, cuando las primeras estrellas comenzaban a despuntar en oriente mientras el horizonte de poniente se teñía de naranja, Sebastián cayó en la cuenta de que se encontraba desnudo ─había perdido toda su ropa ─en la entrada de la tienda, bañado en lágrimas y en sudor, y sin nada más que apostar salvo a él mismo. Fuera de sí, ignorando a los vecinos que le instaban a retirarse y descansar, la locura tomó forma en su mente y se materializó en el momento exacto en que el sol terminaba de ocultarse y su hija, presa del pánico, le suplicaba, entre sollozos y lamentos, que se marchara.

“¡Una última apuesta!” dijo decidido y amenazante, no se sabe bien si a los presentes o a la máquina que le había quitado su patrimonio. “¡Una última apuesta y después, lo prometo, me retiro!” Y, ante la expectación generada por sus palabras, tras dos o tres segundos de suspenso, agregó: “¡Apuesto mi vida!” y, sin dar tiempo de reacción a ninguno de los presentes, accionó la palanca que ponía en marcha al mecanismo, ante el súbito y atónito silencio de los espectadores que no apartaban sus miradas; mismas que vieron girar los carretes de la máquina y cómo poco a poco éstos se fueron deteniendo mostrando el resultado de la apuesta.

Perdió. Al momento mismo, como por arte de magia, Sebastián se desintegró dejando en su lugar un vacío y un silencio tan grandes que sólo se interrumpían por el lejano maullar de los gatos callejeros que buscaban su alimento en el contenedor de basura ubicado a mitad de la cuadra.

Dicen que su hija se desmayó al instante, que nadie dijo nada y que, como si se hubiese establecido un contrato tácito entre los vecinos, todos procedieron a retirarse, uno a uno, acordando no hablar jamás del tema, al menos abiertamente, y hacer como si aquello que todos vieron jamás hubiese ocurrido.

Yo ese día me encontraba fuera de la ciudad, pero, al volver, mi vecina en tono confidente me lo dijo. Supongo que es por eso que todas las mañanas, de nueve a once, sin excepción, se planta frente a la máquina una muchacha joven de ojos tristes y cabello desmarañado apostando fuertes cantidades de dinero en la máquina tragamonedas de la tienda de la esquina. Estará buscando recuperar a su padre perdido.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz de la Cruz.

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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