a la memoria de don Manuel Díaz Cortés

 

 

Mi abuelo era un hombre que tenía 79 años y que era querido por muchos, temido por otros, y respetado por todos en el barrio. Digo que tenía 79 años porque siempre fue así. Desde que tuve consciencia hasta el día de su muerte ─cerca de 20 años después ─, mi abuelo siempre tuvo 79 años; ni uno más, ni uno menos.

A mí me gustaba mucho visitar a mi abuelo. Pese a su rostro adusto y su excesiva formalidad, siempre se desvivió por sus nietos por igual, llenándonos de atenciones y de una excesiva paciencia. Siempre estaba dispuesto a contarte historias, vividas o inventadas, con la única finalidad de entretenerte, y lo mejor era que también escuchaba las tuyas si querías que lo hiciera.

Una de las cosas que más disfrutaba era acompañarlo al mercado. Con su lento andar, apoyado de un bastón, caminaba lleno de parsimonia un total de ocho cuadras completas hasta llegar a los primeros puestos. En su camino, las personas que se topaban con él le saludaban afectuosamente. «¡Don Manuel!», le decían y le estrechaban la mano mientras sonreían, pues en verdad les daba gusto encontrarse con él. Y en el mercado era lo mismo: «¡Don Manuel!» por aquí, «¡Don Manuel!» por allá, mientras le daban a probar queso, chicharrón, fruta en general o cualquier producto que tuviesen, aunque él no los necesitara. Y él, haciendo alusión a su apellido, cortésmente saludaba, llamándolos por su nombre, a todos y a cada uno de ellos.

Y a mí todo aquello me gustaba; no sólo porque le daban cosas que él compartía conmigo para que las probara, sino porque me sentía muy orgulloso de que la gente le conociera y le saludara con tanto gusto y respeto. Me sentía orgulloso de él, de que fuera mi abuelo; me sentía orgulloso de ser su nieto.

A donde quiera que fuéramos en el barrio siempre era así; parecía que todo el mundo lo conocía y se alegraba de verlo, pero yo no sabía por qué. Ni siquiera sabía a qué se dedicaba; para mí solamente se trataba del abuelo, el que jugaba a las cartas y al dominó, fumaba cigarros y gustaba de la Fiesta Brava; el señor que, con una paciencia infinita, jugaba conmigo, me recostaba en sus piernas, me contaba cuentos y me arrullaba hasta que me quedaba dormido.

Algo me decía que existía una relación entre sus actividades y las atenciones que la gente le prodigaba, así que, sin más, un buen día, a media partida de dominó le pregunté a qué se dedicaba.

Al momento, mi abuelo me lanzó una mirada penetrante y escrutadora ─odiaba que se hablara en la mesa mientras se jugaba al dominó ─, dio una calada a su cigarrillo y, tras unos segundos que me parecieron eternos, me preguntó si en verdad deseaba saberlo.

Tras mi afirmación y sin dejar de mirarme fijamente, me ahorcó la mula de tres (ante todo detestaba dejar las partidas inacabadas) y levantándose de la mesa me instó a seguirle. Así lo hice y entramos en su estudio. Al día de hoy puedo afirmar con orgullo que soy el único nieto que tuvo tal honor, pues solamente le permitía el acceso a mi abuela y sólo por motivos muy puntuales y urgentes que así lo requirieran.

Su estudio no era cosa del otro mundo: Un escritorio viejo sobre el que había un cenicero, papeles viejos y una pluma fuente; un par de sillas, dos carteles de novilladas antiguas en las que figuraba su nombre, y un librero con algunos libros de tauromaquia, poesía de Gibrán Jalil y religión. Nada más. Sin embargo, el lugar emanaba un misticismo tal que te remitía al momento al más absoluto y respetuoso de los silencios. El lugar emanaba misterio y paz.

Se sentó en una de las sillas, la más alejada de la puerta, y yo me senté en la otra. Entonces, sin ceremonias, rodeos ni aspavientos, me contó el secreto de su ocupación y el motivo por el cuál la gente le saludaba con esa mezcla de gusto y temor. Mi abuelo era un creador y reparador de sueños. El último de ellos.

─Cuando las personas sienten que su vida no tiene sentido ─me explicó ─, o cuando tienen deseos de ilusionarse, vienen a verme para que les construya un sueño. No es tarea fácil y se tiene que hacer con mucho cuidado, con mucha dedicación, con mucha paciencia, pues tiene que ajustarse con la personalidad e historia de los solicitantes y nunca debes olvidar que estás creando un sueño que alimentará las acciones de las personas día a día. Por eso es que trabajo aquí encerrado, y no permito que se me interrumpa o que entren otras personas, salvo tu abuela; para que los sueños no se contaminen.

Yo asentía en silencio.

─A veces ─continuó con voz grave ─, los sueños son golpeados por su parte más frágil y se rompen. No es que el sueño sea defectuoso, solamente ocurre que en ocasiones lo bello del sueño no resiste los embates de la realidad a los que se somete. Entonces la gente me lo trae para que lo repare, para que lo arregle por la parte fracturada y lo embellezca y fortalezca de nuevo ─. Y tras decir esto me preguntó si yo tenía algún sueño roto.

Avergonzado, se lo conté. Le expliqué cuál era mi sueño y en qué momentos se había roto. Le hablé de las burlas, las risas y las críticas que había recibido, así como de los intentos fallidos por realizarlo. Le hablé de las dudas y de los miedos.

Él, contrario a lo que todo mundo había hecho hasta ese momento, me escuchó seria y atentamente y, lejos de burlarse, asintió comprensivo. Después, pasado un momento de silencio, habló:

«Regularmente eso es lo que rompe los sueños: las burlas, los juicios, las críticas. Y el problema se agrava cuando esas cosas vienen de uno mismo, como las dudas y los miedos. Los sueños se afean, se fracturan, se rompen en pedacitos».

Yo bajé la mirada controlando las ganas desesperadas que tenía de llorar.

Después, dibujando una amplia sonrisa y en un tono afable, pero no condescendiente, extendiendo sus manos tomó con suma delicadeza mi sueño y agregó:

«Pero no hay sueño que no pueda arreglarse, por muy roto que esté. ¡Mira!, ¡así es como vamos a arreglarlo!».

Y fue ese día cuando, frente a mis ojos, vi por primera vez a mi abuelo ejercer su oficio. Con infinita paciencia y todo el amor del mundo reparó frente a mis ojos mi sueño y desde ese momento me convertí en su aprendiz. Cada tercer día me instaba a acompañarlo a su despacho para verlo trabajar. Durante meses asistí como observador de sus tareas, a la par que contestaba todas mis dudas y me explicaba con detalle qué le había pasado al sueño y cómo podía repararse, puesto que no todos se resolvían de la misma manera. Algunos necesitaban reposo, otros un pedacito de cinta adhesiva, otros hacer un poco más grande la fractura para repararlos desde adentro. Finalmente, una tarde de abril depositó un sueño que le habían confiado pocas horas antes en mis manos, invitándome a aplicar lo aprendido con él durante meses. Fue así como durante las siguientes semanas me fue legando sus tareas, bajo su supervisión, hasta que al final me convertí yo en el reparador de sueños.

Falleció en noviembre de ese mismo año, tras haberme legado su oficio, sin que nadie más, salvo mi abuela, pudiera siquiera sospecharlo.

Aunque no soy tan bueno como lo era él, trato de honrar su memoria y hacerlo de la mejor manera posible, tal como él me enseñó. De vez en cuando ─y aún no logró acostumbrarme a ello ─cuando voy al mercado, la gente, llena de respeto y gratitud, me saluda por mi nombre y me da a probar queso, chicharrón, fruta en general o cualquier producto que tengan, aunque yo no los necesite, mientras mi nieto, con quien comparto dichos obsequios, me mira fascinado e intrigado, como queriendo adivinar el secreto de aquellas genuinas muestras de cariño. ¿Quién sabe?, me digo mientras recuerdo alegremente la sonrisa y olor de don Manuel, quizás algún día le revele el secreto y se convierta él en el último reparador de sueños.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

adacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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