A mí me mataron anoche, a eso de las nueve y media, pero yo no me di cuenta sino hasta pasaditas las tres de la mañana. No me di cuenta antes, porque yo a esas horas ya estaba dormido y yo, cuando duermo, es muy difícil que me despierte, caigo como roca. Yo creo que precisamente por eso me mataron a esa hora, para que yo no me diera cuenta.

Pero no les salió como esperaban porque me desperté como a las tres, pues me sentía un poco indispuesto del estómago. Traía unos retortijones bárbaros, tan fuertes que era imposible ignorarlos y seguir durmiendo. De manera que me levanté y me fui derechito al baño. Y fue ahí donde me di cuenta de que me habían matado. Mientras me lavaba las manos, en medio de la modorra de la desmañanada, me observé, como suelo hacer siempre que me lavo las manos, en el espejo del baño y pude notar un par de detalles que, al no ser normales en mí, llamaron toda mi atención.

El primero de ellos fue que, siendo moreno como soy y gozando de una salud de roble, mi piel mostraba una coloración amarillenta completamente fuera de lo normal, como ese color que tienen los moribundos cuando están por colgar los tenis.

El segundo detalle que vi, pero no por eso menos importante que el primero, fue que mi cabeza había sido casi completamente cercenada y colgaba como un apéndice hacia mi costado izquierdo, dejando expuesta la primera vértebra, ésa que llaman “atlas” que, por cierto, se encontraba totalmente ensangrentada.

Al ser consciente de esto, tal vez por instinto o un impulso primitivo (aunque muy estúpido) de preservar la vida palpé con mis dedos medio e índice la muñeca de la mano izquierda, puesto que la yugular ya era historia, buscando alguna evidencia de pulso y me encontré con que éste no existía. Mi corazón no latía y la evidencia contundente confirmaba que estaba muerto.

O dormido, me dijo mi último atisbo de esperanza y supervivencia, sugiriendo que todo fuese un sueño, por lo que corrí de regreso a mi habitación con el vivo deseo de encontrarme a mí mismo en la cama, durmiendo. Pero no, en la cama no estaba mi cuerpo, por lo que se desechaba la hipótesis del mal sueño. Y no sólo no estaba mi cuerpo sino que, por si necesitaba una confirmación más de mi asesinato y mi muerte, las sábanas y el colchón mismo se encontraban salpicadas e impregnadas a más no poder de sangre que, en algunos sitios, no había terminado de secarse del todo. Sin lugar a dudas alguien me había matado por la noche y me había dejado muerto, bien muerto, ¿pero quién? ¿Quién pudo haberlo hecho? Y, sobre todo, ¿por qué?

Con una calma que pudiera sorprender a más de uno, lejos de entrar en pánico y gritar (ya estaba muerto, ¿qué sentido tenía ahora perder el control?), me calcé con las pantuflas que guardaba bajo mi cama y encaminé mis pasos al cuarto de Efigenio, mi sobrino, en cuya casa me hospedaba desde hacía poco más de cuatro meses para ver si se encontraba bien, pero sobre todo para preguntarle si no había visto o escuchado algo raro durante la noche, pues le tenía la novedad de que me habían matado, a mí, su tío favorito.

Sin embargo, nunca llegué a hablar con él: ni siquiera llegué a verlo. Mientras me acercaba a su habitación, que tenía la luz encendida, escuché que Efigenio hablaba. Y yo, respetuoso y metiche que soy (o que era cuando estaba vivo) agudicé mi oído para no perder detalle de la conversación con vaya usted a saber quién.

No debí haberlo hecho. O tal vez sí. Lo que sonaba como un murmullo a la distancia, fue tomando forma conforme me acercaba a la puerta y al final las palabras se formaron claritas en mi oído:

─…Y es por eso que yo digo que es mejor quemar el cuerpo en lugar de enterrarlo ─decía Efigenio mientras la persona a la que se dirigía carraspeaba─. Si enterramos al viejo, con la cantidad de andariegos y bandidos que hacen sus correrías por aquí, sólo será cuestión de tiempo para que alguien lo encuentre y entonces sí la que se nos arma. Incluso si corriéramos con suerte de que no nos echen el muertito encima, pues se vendrían averiguaciones y, entre que sí y entre que no, no podríamos reclamar la herencia.

Yo no podía dar crédito a lo que escuchaba.

─¡Pinche viejillo! ─continuó mi sobrino─ ¡Cuatro meses aguantándolo aquí y nomás que no le daba por morirse! Lo bueno es que tu sierra sí servía, aunque no fue fácil, tú lo viste. Ese viejillo tenía el cogote súper tieso, pero al final no…

Después de eso todo me pareció irreal y la voz de Efigenio se convirtió en un murmullo lejano, como en un sueño. Me encontraba lívido, si se me permite la alegoría de mal gusto. No dije nada y no escuché nada más. No quise. No pude. Agarrando fuerzas de no sé dónde, acusé el golpe lo más estoicamente que un muerto puede acusar una traición así, arrastré por los pasillos de la casa mi cuerpo que, a la luz de lo que acababa de escuchar, se sentía mucho más pesado, más denso, y me dirigí de nueva cuenta hacia mi cuarto.

Una vez ahí me senté en la cama y suspiré profundamente para después poner manos a la obra. Rebusqué en los cajones de la habitación y saqué el sobre que allí había depositado nada más llegar a casa de Efigenio, allá por abril. Lo vi con una mezcla de decepción y tristeza. El sobre contenía mi testamento y las instrucciones para localizar al albacea que custodiaba, a modo de favor personal, los documentos que certificaban la propiedad de mis tierras y de mi herencia en general. Como ya habrá adivinado el lector, le había legado todo a mi sobrino, y él lo sabía. Pero ahora, naturalmente, no podía hacerlo. No podía permitir que se quedara con mis tierras y mis riquezas.

Suspiré de nuevo y me escabullí por la ventana con el sobre en la mano. Me marché sin volver la vista atrás. ¡Menuda sería la sorpresa que se llevarían Efigenio y su acompañante al no encontrar mi cadáver! Y seguramente eso les avivaría el miedo de ser descubiertos.

Aunque yo creo que eso, lo del miedo, de venir, les vendrá un poco después. En estos momentos deben de estar histéricos buscando mi testamento o culpándose suspicazmente el uno al otro sobre su desaparición y mi paradero. Me hubiese gustado mucho ver eso, seguro que sería algo divertido. En una de ésas, movidos por la avaricia y la desconfianza, hasta otro muerto más sale de todo esto.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un cuento infantil publicado en línea, llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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