Desde pequeño, mis padres me inculcaron el amor a la lectura y, junto con él, el amor a los libros y a su aroma. Es por ello que cuando me dijeron que en una de las librerías del norte de la ciudad vendían fragancia con olor a libro, ni tardo ni perezoso, aunque un tanto escéptico, me dirigí a la misma para adquirir una pequeña botella con tan sublime esencia.

Al llegar a mi casa saqué el atomizador y rocié de inmediato cada una de las habitaciones. Psss, psss por aquí, psss psss por allá, y al momento mi sala, mi cuarto, mi despacho y hasta la cocina quedaron rociadas por aquel líquido tan peculiar. Lo que me habían dicho había resultado cierto y cada espacio de mi hogar olía a libro; mi casa olía a librería.

De sobra está el decir que cada rincón se volvió un lugar perfecto para leer acompañado de un buen café y la luz matinal entrando por las ventanas envolviéndome a mí, junto con los nuevos aromas, en un paradisiaco ambiente lector.

Así fue hasta el tercer día en que varios vecinos y pasantes detectaron también el olor a libro y se apersonaron a la puerta de mi casa exigiendo ver los libros que tenía a la venta y, no me lo va usted a creer, comprarme algunos.

Por más que les dije que aquel sitio era un domicilio particular ─en el cual yo residía ─y que aunque había libros regados por todas partes ninguno de ellos estaba a la venta, nadie me creyó y, tras recibir varios insultos “por el pésimo servicio otorgado”, se marcharon de mi casa, no sin antes amenazarme con acudir a  la PROFECO para que me metieran en cintura.

A las dos semanas recibí a los representantes de la mencionada Procuraduría con más de una veintena de demandas en mi contra. El caso era sencillo; o accedía yo a vender mi inventario de libros, o clausuraban el lugar. Cabe decir, que durante esas dos semanas había vuelto a rociar una y otra vez mi hogar con aquel embriagante aroma y no había manera de convencerlos de que se trataba de una casa habitación puesto que el olor a librería me delataba.

De eso ya hace más de veinte años y lo cierto es que, aunque no estaba en mis planes, abrir la librería “Aroma de Libro”, que actualmente consta de veinte sucursales en todo el país, ha sido, sin duda, una de las mejores decisiones que he podido tomar en mi vida.

Por supuesto que cada una de las sucursales cuenta con su propio aroma: aroma de libro.

 

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

Artículo anteriorMejoras del mercado de La Purísima están estancadas por no haber presupuesto de la Federación
Artículo siguienteEsta fue la reacción de un juez en EU, al conocer el motivo de sentencia de un abuelo de 96 años
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here