Cierto día, viajaba en automóvil con mi amiga Arid. Era, si mal no recuerdo, uno de esos días de mayo, radiantes, cálidos, frescos y luminosos, en que el asfalto de las calles parece reflejar también el brillo del sol. Transitábamos rumbo a Calvillo, para ver la presa y quizá comer en alguno de sus márgenes.

“Qué buen día hace. Me siento muy bien”, me permití reconocer lo grato del clima; ella, con su habitual sencillez y clarividencia, me respondió con singular perspicacia: “Tú no estás bien, lo que está bien es el día.” En ese momento no comprendí mucho lo que quería decirme. No me lo tomé a pecho y seguimos platicando de otros temas.

A los pocos minutos, comenzó a nublarse y en seguida una lluvia copiosa –de ésas que llegan sin previo aviso– se dejó caer sobre la carretera, pero Arid, que iba al volante, no se inmutaba ni se preocupaba. “La lluvia está algo fuerte y me da la impresión de que aumentará aún más. Me angustia un poco este clima”, le dije con un tono de intranquilidad por demás notorio. Una vez más, ella, en esa apacible calma que no sabía de dónde surgía, me respondió: “No es que la lluvia te angustie. Eres tú el que, tal vez, se encuentra angustiado. Creo que con los días soleados, brillantes, disimulas esa angustia o esa preocupación que te agobia. Y como dice el sabio: con la lluvia no te queda más que verte a ti mismo.” Una vez más no supe que responderle, pero quizá era cierto. Tal vez había algo que me preocupaba y me entristecía, pero en la claridad del día lograba disimularlo. No sabía cómo es que ella tenía esos destellos de sapiencia y lucidez, que me permitían verme desde distintas ópticas, desde distintos ángulos.

La lluvia, lejos de cesar, arreció, acompañada extrañamente de tierra y viento. La visibilidad comenzaba a ser casi nula. Entonces, Arid activó los limpiaparabrisas, con lo que logró que el vidrio del automóvil se enlodara, dificultando aún más la visión. “Creo que deberíamos parar, ¿no crees? Esperemos que la lluvia amaine un poco para continuar”, ella una vez con esa voz serena y tranquila rechazó mi propuesta, “No, no hace falta. Además, nos mojaríamos aún más. Casi siempre que activas los limpiaparabrisas suele formarse esa rara capa de lodo. Si nos detenemos en ese momento, vamos a ver mucho menos que antes. Lo mejor es continuar. De esa manera, cuando menos acuerdes el vidrio terminara por ponerse transparente y podremos seguir nuestro camino.”

Me daba la impresión de que Arid tenía perfectamente medidas sus palabras en relación con lo que pasaba, pues en cuanto terminó de hablar el vidrio se puso transparente y pudimos continuar nuestro camino sin problema alguno. Ella, al ver en mi semblante un dejo de ingenuidad e incredulidad, me dijo “No dejes que el temor te detenga. Hay que terminar lo que comenzamos.”

Asentí sus palabras con una sonrisa, porque a veces es cierto: nos permitimos que el miedo, el temor nos frene y nos detenga. Y aunque estamos en nuestro legítimo derecho de abandonar los caminos que no nos gustan o que nos disgustan, vale mucho la pena terminar eso que empezamos.

 

Para Centuria Noticias: Aldo García

a.garcia@centuria.mx

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