El último día de quincena previo a Noche Buena, las sucursales bancarias se encontraron de pronto atiborradas de cientos y cientos de personas que buscaban cobrar los cheques de sus pagos y aguinaldos para poder comenzar a realizar sus compras navideñas, como cada año.

Como cada año, también, el personal de los bancos se armó de paciencia y se dispuso a atender de la mejor manera a los numerosos cuentahabientes que durante el día acudirían a realizar sus cobros.

Previendo lo mejor posible las potenciales eventualidades, el día transcurrió ─salvo por los eventuales quejumbrosos que parloteaban amenazando con irse a otro banco, debido al deficiente servicio, pero que terminaban quedándose─ de una manera normal, hasta que sobrevino la falla.

Poco antes de las dos de la tarde, es decir, dos horas antes del cierre, la sucursal norte detuvo su servicio por unos minutos; cinco a lo sumo, tras los cuales la empleada de la entrada, muy amable ella, que había estado recibiendo y remitiendo a la gente hacia las filas correspondientes, dependiendo del movimiento que fuesen a realizar, durante todo el día, se dirigió hacia el centro de la sucursal y elevando la voz, pero sin ser descortés, dijo determinante que “el sistema se había caído” y que era una falla a nivel nacional, y acto seguido regresó a la puerta de entrada a repetir la información a las personas que continuaban llegando.

Por su parte, los derechohabientes que ya se encontraban en el interior de la sucursal se miraban desconcertados los unos a los otros sin atinar a digerir aún la información recibida: “¿Qué pasará entonces? ¿Quiere decir que ya no podremos cobrar? ¿Por cuánto tiempo no habrá sistema? ¿Nos quedamos? ¿Nos marchamos? ¡Indignante! ¡Qué pésimo servicio! ¡Y todavía tienen el descaro! ¿Y ahora quién me pagará mi dinero? ¿De qué manera saldaré mis cuentas?…” se oían entremezclados los murmullos que se convertían en comentarios a voz alzada.

Más de uno aventuró a pedirle al sucesor de la fila que le apartara su lugar en lo que llevaban esas quejas y preguntas a la amable señorita de la entrada y todos volvían con la misma información que repitieron en cada uno de sus sectores de fila: no había sistema en ninguna sucursal del país perteneciente a ese banco y, por tanto, no se podía hacer ninguna transacción, por simple que fuera. Además no podían dar un tiempo de solución al problema; tanto podía tratarse de una espera de unos minutos, como de varias horas. No había manera de saberlo. Quedaba en la decisión de cada cliente el permanecer en la sucursal y esperar o retirarse y acudir el día siguiente.

Al momento una serie de improperios llenos de enojo motivado por la frustración se elevaron en todos los rincones del establecimiento, y no fueron pocas las personas que optaron por abandonar el lugar, no sin antes arrojar sus reclamos al oído de la amable señorita al pasar junto a ella en la puerta de entrada.

Yo, que ya me encontraba en el octavo lugar de la fila, tuve que enfrentarme al mismo dilema; pero al ver que mis compañeros de la fila la abandonaban sin más, dejándome en el tercer lugar de la misma, opté por quedarme y esperar. Al final, de las poco más de cien personas que estábamos en el interior de la sucursal al iniciarse el problema, nos quedamos poco menos de treinta, decididos a confiar en nuestra buena suerte, o movidos por la desesperación, deseando que el sistema se restableciera pronto. Los segundos se volvieron minutos y los minutos horas y, al final, establecimos entre todos una camaradería tal que ya no era necesario permanecer formados, pues todos sabíamos ya cuál era nuestro turno en la fila y decidimos sentarnos y charlar. Intercambiamos opiniones, números de teléfono, comentarios y risas. Al poco, la amable señorita de la entrada nos anunció, acompañada de un par de policías estatales, que tendríamos que retirarnos pues había llegado la hora de cerrar.

No atino a decir cuál sería la expresión de amenaza que nuestros ojos lanzaron hacia los policías y los empleados de la sucursal, que de inmediato rectificaron y se disculparon por siquiera sugerir tal cosa. De aquí no sale nadie, hasta que se restablezca el sistema y nos entreguen nuestro dinero, ordenamos tranquilamente, y ellos aceptaron entendiendo la situación. Mandamos a pedir pizzas, que compartimos con los policías y los empleados y, tras cerrar las puertas, con todos nosotros en el interior de la sucursal, pasamos la tarde en espera de que el sistema se arreglara. Por la noche, tras haber caído las rejas que protegen a los comercios del centro comercial en el que la sucursal se encontraba, encendimos una fogata para calentarnos y contamos historias de terror a la luz del fuego. En cierto momento, alguien sacó una guitarra y comenzamos a cantar viejas canciones clásicas de la música tradicional mexicana.

Con el paso de las horas nos fue venciendo el sueño y, tras apagar la fogata, nos dormimos alrededor de sus restos.

Por la mañana, tras escuchar que se levantaban las rejas protectoras del centro comercial, los empleados anunciaron gustosos que el sistema se había restablecido y uno a uno, yo el tercero de la fila, fuimos cobrando nuestros cheques y saliendo de la sucursal, despidiéndonos con sonrisas, abrazos, deseos de felices fiestas, y la firme promesa de volvernos a reunir todos, dentro de poco tiempo.

Es posible que así sea, el sistema bancario se ha caído ya dos quincenas seguidas, y hay algunos a quienes no nos han pagado el aguinaldo completo. Para la siguiente vez ─y esto es una promesa─ llevaré en mi abrigo bombones para asar.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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