¿Conocen ese fenómeno que ocurre cuando van a la playa y regresan, y después de días ─a veces, incluso, semanas ─sigue apareciendo arena en los cajones, en el suelo, en la ducha… aunque se hayan bañado a conciencia y hayan limpiado todo perfectamente bien?

Algo así le ocurrió a Fernando cuando regresó de Veracruz, con la única diferencia de que lo que encontraba no eran granos de arena, sino café; café ya molido, del aromático.

Al principio no le dio mucha importancia y ni siquiera reparó en el suceso, puesto que nunca le había ocurrido. Desde hacía ya siete años que viajaba dos o tres veces al año a los cafetales veracruzanos y, aunque ocasionalmente tomaba algún grano, jamás había traído como recuerdo ─no intencionado, pero recuerdo a fin de cuentas ─ café molido. Era algo inimaginable siquiera, ya que en los cafetales que visitaba, el café ni siquiera pasaba por el proceso de molienda que pudiera dar lugar a los diminutos granos molidos que encontraba todos los días en su cama, en el clóset, o en el piso del cuarto de baño.

Además de extraño era algo sumamente seductor; el molido del café, así como su aroma, invitaba a Fernando a recolectar los granos encontrados, limpiarlos y pasarlos a su cafetera italiana para, finalmente, degustar el delicado sabor que se extendía como promesa futura. De manera que, tras un par de semanas de que, pese a la extenuante limpieza que llevó a cabo, el extraño fenómeno se siguiera presentando, finalmente Fernando cedió ante la tentación y, tras recolectar y limpiar el grano molido ─empresa no pequeña ─, lo colocó en un filtro para café y, accionando su cafetera eléctrica, esperó gustoso a que el néctar negro quedara al punto.

Lo degustó despacio, como quien cata un vino antiguo, y tras varios minutos en silenciosa reflexión con la mirada perdida entre las páginas de un libro que no consiguió leer por estar pendiente de las sensaciones (aromas y sabores) que el café despertaba en él, se decidió finalmente a comercializarlo.

Fue un éxito rotundo. Día sí y día también su casa era invadida por asiduos gustosos de tan mágico brebaje y esperaban ansiosos la preparación de una taza que pudieran degustar antes de iniciar sus actividades de la jornada. Aunque el café seguía saliendo todos los días por todos los rincones de la casa, Fernando tuvo mucho cuidado de no generar una sobreproducción, de manera que su producto no se devaluara en costo o en el interés de los consumidores, de manera que solamente se permitía sacar un máximo de 20 tazas al día.

Jamás mantuvo en secreto el misterioso origen del café molido y poco le importaba a los clientes que la Secretaría de Salud y la Procuraduría del Consumidor multaran reiteradamente a Fernando por incumplir los protocolos sanitarios convencionales para los granos molidos; a fin de cuentas, se decían los consumidores, que el café saliera de quién sabe dónde y se regara por toda la casa era parte de su sello distintivo que lo volvía mágico y que, de alguna manera, había dado lugar al nombre: «Café de la Casa».

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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