El Campeonato Internacional de Carreras de Autobuses Urbanos tuvo lugar el jueves pasado en la ciudad en donde radico. Más específicamente en mi calle.

La convocatoria, lanzada desde hace cuatro meses a todos los choferes del mundo, logró captar de manera sólida el interés de los medios locales. Por eso, la colonia, gracias al trabajo de los vecinos, se convirtió por unas horas en el centro de atención de la ciudad y desde la noche anterior a la carrera se instalaron gradas, lonas, puestos de vendimia y diversos tenderetes para auspiciar tan original evento.

Finalmente, en punto de las once de la mañana, se abrió el acceso a la calle para que pudieran ingresar todos los participantes y atender el banderazo de salida que tendría lugar a mediodía.

Las cámaras, los reporteros internacionales, los vecinos curiosos y los transeúntes despistados que, por alguna razón coincidieron en la colonia y, movidos por el barullo —la colonia se encontraba de fiesta— se habían acercado a mi calle y esperaban entusiasmados el arranque del evento.

Una decepción, pues salvo el caso de Braulio, el conductor de un autobús de la ruta 57-B norte, no hubo más participantes.

De acuerdo al reglamento, aunque sólo hubiese un participante la carrera tendría que efectuarse para que hubiese evidencia del evento y de esa manera poder dictaminar al campeón mundial. Sin embargo, esto último tampoco pudo llevarse a cabo pues, al cabo de unos 100 metros, el autobús de Braulio presentó una avería irreparable que lo dejó varado, a tan sólo unos cuantos metros de la línea de meta.

Tras estos bochornosos sucesos, ocurrieron dos consecuencias irreversibles: por un lado, se decidió que el Campeonato Internacional de Carreras de Autobuses Urbanos careciera de secuelas, y Braulio, por su parte, lleno de vergüenza de no haber podido ganar una carrera sin rivales, entregó su licencia de conducir y emigró a otro país donde, según se dice, pretende emprender un negocio de bienes raíces.

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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