Cuando tenía cinco o seis años me enfrenté a la delincuencia por primera vez.

Para aquellas fechas yo cursaba el primer año de educación primaria y mi madre solía pasar por mí para después recoger a mi hermano que, para ese entonces, se encontraba ya en la secundaria. Como él salía media hora más tarde, solía llevar conmigo algún juguete para hacer más amena la espera, a la entrada de la secundaria de mi hermano, mientras mamá contemplaba a la distancia mis juegos.

En cierta ocasión decidí llevar conmigo dos o tres carritos de latón, pequeños, apenas del tamaño de un dedo infantil, y de un grosor no mayor a medio centímetro, pero con los que me divertía por horas y con los que, ese día en específico, recorría toda la barda de la secundaria, de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.

Al cabo de unos minutos, un par de niños, uno mayor que yo y otro menor, tal vez hermanos, se acercaron a mí y me preguntaron si podía jugar con ellos. Su aspecto era desaliñado y desaseado, pero a mí no me importó en lo absoluto; había encontrado un par de compañeros de juego y accedí. Cada uno tomó un carrito y seguimos el juego durante un par de minutos, tras los cuales, y sin caer yo en la cuenta de qué era lo que pasaba, el mayor de ellos dio una orden al otro niño y, subiéndose cada uno a un carrito, pisaron los aceleradores a fondo y se marcharon a toda velocidad dando vuelta a la esquina de la calle, perdiéndose de mi vista y dejándome sin carritos, frente a la barda de la secundaria, perplejo ante tal proeza.

Mi madre, que había estado contemplando la escena corrió a mi lado y, en cuanto sentí su abrazo, rompí a llorar.

Sin darme tiempo a que pudiera explicarle nada, me tomó de la mano y me llevó al coche en el que habíamos llegado. Manejó a toda velocidad por las calles de la colonia mientras repetía una y otra vez que estuviera tranquilo, que ahí estaba mamá y que todo iba a estar bien.

En menos de cinco minutos, que para mí se hicieron una eternidad, encontramos al par de ladronzuelos. Al ser niños, como yo, no sabían manejar muy bien y habían estacionado a la brevedad los cochecitos en una esquina, mientras le explicaban emocionados a un dubitativo anciano (presumiblemente su abuelo) que un niño se los había regalado. No pudieron terminar su explicación cuando mi madre se hizo presente y refirió, sumamente molesta, la realidad de los hechos. La emoción en el rostro de los niños se convirtió en miedo.

No sé si fue por la molestia y determinación con la que habló mi madre o porque en verdad estaba sorprendido, pero nada más escucharla el anciano le entregó los carritos y comenzó a reprender a los niños. No supe exactamente qué fue lo que les dijo, mi pensamiento estaba centrado en dos descubrimientos:

Primero, que a mis cinco o seis años me enfrentaba por primera vez a la delincuencia.

Y segundo, que en ese momento había conocido a la mayor súper heroína de todos los tiempos: mi madre.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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