Hace poco más de tres semanas llegó papá colibrí y comenzó a formar el nido. Arrancando ramitas por aquí, recolectando hierbitas por acá, se posó sobre una rama del árbol del jardín y con paciencia y cariño infinitos fue dándole forma a la futura casita de sus hijos. Día sí y día también revoloteaba por los alrededores del árbol de la casa, recolectando el material, y después se le podía ver sentadito en el centro del futuro nido dándole forma, redondeando la superficie, entretejiendo las hebras de las ramas, quitando y recortando los excesos hasta que después de dos semanas de arduo trabajo se pudo ver en una de las múltiples ramas del árbol un pequeño, nuevo y reluciente nido de colibrí.

Después de eso, mamá colibrí llegó al nido y, satisfecha con el mismo, se sentó dentro de él y comenzó a empollar un par de huevos que, con los cuidados adecuados, dentro de una o dos semanas más, eclosionarán dando lugar a dos pequeños polluelos de colibrí.

Para el cuidado del nido, mamá colibrí le pidió a papá colibrí que se marchara y desde entonces ella se ha hecho cargo. Aunque parece que cierra sus ojitos mientras duerme o protege a sus hijitos, se mantiene alerta ante los potenciales peligros que pueda haber; de tal manera que ante el menor movimiento o ruido, mamá colibrí despega del nido y emitiendo una serie de ruidos propios de mamá colibrí, vuela raudamente al lado contrario del árbol y sin dejar de revolotear llama la atención del potencial peligro. A veces es un gato, a veces es otra ave, a veces tiene esa reacción cuando abro la puerta de la casa y salgo a regar el árbol donde se sostiene el nido. Es una centinela excepcional y, por mucho que he intentado hacer que se acostumbre a mi presencia, sigue mirándome con recelo y revoloteando en el lado opuesto del árbol toda vez que me acerco a ella o al nido.

Aunque papá colibrí y yo sabemos que los polluelos están bien protegidos, papá colibrí se posó en mi hombro antes de marcharse y, acercándose delicadamente a mi oído, me pidió encarecidamente que cuidara de su familia y de su nido.

Es por eso por lo que, aunque el frondoso árbol del jardín no necesita de riego diario, salgo todos los días a hacerlo. Mientras dejo que el agua corra libremente por las raíces del árbol, recorro sus inmediaciones vigilando que no haya ningún peligro acechando. Aunque mamá colibrí me mira con recelo, lo hago con mucho cariño. A fin de cuentas, un poco de ayuda extra nunca viene mal.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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