Una de las profesiones con más clichés y estigmas sociales que existen es, sin duda, la de los psicólogos.

Acerca de estos profesionistas se suelen decir y adjudicar un montón de cosas: que si pueden leer la mente; que si todo el tiempo están analizando a las personas; que si deben de ser perfectas y no pueden enojarse ni llorar, puesto que son psicólogos; o que si los que acuden a consultarlos están locos.

Nada más falso que esto. Y yo lo sé porque llevo ya varios años acudiendo al psicólogo y no estoy loco. Y he podido corroborar no solamente que el trabajo del psicólogo es arduo y requiere de mucha preparación, sino que, además, los clichés y estereotipos mencionados anteriormente nada tienen que ver con la realidad.

Mi psicólogo no lee la mente ¡y  vaya que lo he visto enojarse, desesperarse y llorar de tristeza hasta quebrarse! Y eso no lo hace un mal psicólogo: lo hace ser ser humano.

Esto último, lo de llorar de tristeza hasta quebrarse, ocurrió por primera vez en la tercera o cuarta cita que tuvimos. Algo -no recuerdo exactamente qué- estaba diciendo yo acerca de mi madre y supongo que toqué una de sus fibras sensibles, puesto que comenzó a llorar desgarradoramente aduciendo a no sé qué traumas infantiles y heridas no resueltas con su madre, con su padre y con un tal señor Edipo que, supongo, era el amante de su madre.

Naturalmente, viendo que en ese momento su dolor superaba al mío, le pedí que me contara sobre su situación y que me dijera cómo se sentía. No sé por qué, pero, al parecer, hablar de sus heridas era algo importante para él y lo exhorté a que así lo hiciera. Al poco rato su llanto fue remitiendo y, tras disculparse en repetidas ocasiones, recuperó la compostura y continuamos con mi proceso.

Esta situación, aunque por temas diferentes, se ha repetido a lo largo de los años sin que ello merme en lo más mínimo el trabajo profesional que hace o la impresión que tengo de él. Muy por el contrario, creo que este tipo de eventos nos ha ayudado a que él se sienta más en confianza conmigo y trabajemos mejor.

La verdad es que no solamente es un gran profesional, sino que además es de esas personas que aman su labor y se apasionan por lo que hacen. Lo noto en su mal disimulada sonrisa y en ese brillo en los ojos cada que finalizamos un ciclo de mi proceso; y vaya que he resuelto muchos conflictos desde que comencé mi trabajo personal con él.

Entonces, ¿por qué sigo yendo a su consulta después de tantos años de trabajo?

Veamos. Hasta el día de hoy me ha ayudado a superar mis dos matrimonios fallidos, un duelo sumamente profundo y doloroso, el haberme quedado desempleado y sin casa, de la noche a la mañana, a fines del año pasado, así como mi adicción al cigarro. Y en cada una de estas ocasiones cuando, a su juicio, el proceso en turno había llegado a su fin, aparecía sin falta esa mal disimulada sonrisa y ese brillo en los ojos de quien, movido por la emoción, sabe que no ha errado la vocación y que, no conforme con eso, está haciendo algo para mejorar su entorno.

¿Cómo entonces dejar de ir a su consulta si ir a ésta es un acto enteramente altruista, un acto de caridad? Le destrozaría su corazón si le contara que yo nunca he estado casado, que no he perdido a ningún ser querido, que vivo en una lujosa mansión sin preocupaciones económicas gracias a una cuantiosa herencia que me dejó un tío lejano que no conocí, y que jamás he probado un solo cigarro en mi vida.

¿Abandonar la terapia? No podría. Si usted pudiese estar en mi lugar cuando terminamos esos procesos y ver ese brillo en los ojos, que dejan adivinar esa intensa emoción como niño en dulcería, entendería que eso sería algo completamente inhumano.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

Artículo anteriorEl Ajedrez tiene representante hidrocálido
Artículo siguienteMás de 10 mil personas atendidas en los Jueves de Bolsa de Trabajo
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here