Esta historia tuvo lugar hace ya varios años; antes de que la Sociedad Astronómica de Aguascalientes le jugara chueco a mi padre; antes de que la Sociedad tuviese el impacto que tiene ahora, cuando apenas comenzaba; cuando la magia recorría sus eventos, cuando se trataba apenas de un grupo de aficionados a la astronomía que, de tanto en tanto, ponían sus telescopios en lugares públicos para que aquellos que no tenían herramientas como esa pudieran disfrutar de las maravillas del universo.

En ese tiempo yo era un post adolescente que vivía en casa de mis padres, y cada mes o cada dos meses (dependiendo de las condiciones climatológicas), acompañaba a mi padre a alguna explanada pública a colocar, junto con otra docena de aficionados, su telescopio apuntando a algún astro que fuera relevante en el momento, aunque casi siempre terminábamos apuntando a la luna llena ─lo de fijar el objetivo en algún planeta lo dejábamos a quienes tenían telescopios más potentes ─.

En aquella ocasión, nos habíamos reunido para intentar establecer un Récord Guinness del mayor número de telescopios en un país apuntando hacia la luna a la misma hora ─incluso hasta nos dieron una playera que hacía constar el relevante suceso ─ y, como suele suceder en estos casos (la ley de Murphy aplicada en todo su esplendor), la noche se presentaba, al menos en la ciudad de Aguascalientes, en extremo nublada.

Aún así, y con la esperanza de que todo mejorara, nos instalamos de manera habitual y, tras montar los telescopios, nos cubrimos con nuestras mantas para protegernos del frío y nos sentamos a esperar que se llegara la hora del inicio de la observación. Una plática por aquí, un saludo por allá, un par de cervezas más acá hicieron que la espera no se hiciera larga y, al poco, cada telescopio montado contaba con una fila de, por lo menos, 50 personas que esperaba ansiosa el comienzo del evento.

Los dioses fueron benévolos con nosotros: cinco minutos antes de dar inicio, las nubes se movieron de tal manera que, rodeando a la luna, la mostraron en todo su esplendor y, salvo ocasionales y breves interrupciones por algún nubarrón pasajero, la jornada se llevó a cabo exitosamente. Las personas se mostraban maravilladas; nos hacían preguntas y, tanto mi padre como yo ─que emulaba sus respuestas ─las contestábamos satisfactoriamente. No pasó mucho rato para que instara a mi padre a descansar un rato y, tras observar satisfecho que se retiraba a sentarse, continué calibrando el telescopio, resolviendo dudas, poniendo un banquito cuando llegaban niños a observar, quitándolo cuando se trataba de adultos, calibrando nuevamente. En pocos minutos las filas parecían duplicar o triplicar el número de personas que esperaban su turno y parecía, por momentos, que la marea humana nos engulliría a todos.

Fue en medio de ese trajín ─mi padre no tardó en entablar conversación con otros aficionados y de tanto en tanto volteaba a ver cómo resolvía yo las situaciones ─en que el niño llegó al telescopio que habíamos montado.

Tendría no más de 8 años de edad y en su rostro desbordaba una inmensa ilusión de ver, quizás por primera vez, a la luna a través del telescopio. Educado y paciente, atento a todas las indicaciones de sus padres y mías, esperó a que le pusiera el banquito y subió a él, atento de no apoyarse en el telescopio. Esta indicación era la que más teníamos que repetir, sobre todo a los adultos.

Apenas hubo tomado el equilibrio en el banquito y, ¡Oh, Murphy, que esperas el momento menos indicado para hacer de las tuyas!, las nubes cubrieron con su manto la luna llena impidiendo la visión del astro y, por si no nos hubiésemos dado cuenta, el niño nos lo confirmó con el ojo puesto en el visor del telescopio: «No se ve la Luna».

Decepcionado, volteó a ver a sus padres y luego a mí. Le explicamos sin dilación que era porque las nubes estaban tapándola pero que esperaríamos a que se movieran un poco con el viento y que, tan pronto como eso ocurriera, podría verla.

El niño asintió comprensivo.

En tanto esto ocurría, mi padre había regresado a mi costado y tuvo a bien aconsejarme que no dejara de calibrar el telescopio, puesto que la luna continuaba moviéndose y de nada servía dirigir el objetivo a un punto sin nubes si en ese punto no se encontraba el satélite. Así lo hice y, tan pronto como desde el objetivo se volvió a ver la luna, insté al pequeño a que la viera, pero Murphy realizó la misma jugada que había ejecutado minutos atrás y las nubes taparon la luna impidiendo que el niño la contemplara.

Así ocurrió dos veces más durante un lapso de 15 minutos, tras lo cual, los padres instaron a su hijo a retirarse. Las nubes parecían no querer marcharse en ese momento, la gente comenzaba a impacientarse (regularmente no tomaba más de 3 minutos por persona estar en el telescopio en turno) y, aunque la fila parecía seguir creciendo, los padres le convencieron para formarse más tarde, en caso de que las nubes terminaran por irse, y ver si tenían mejor suerte (aunque lo cierto es que parecía que eso no ocurriría).

Por última vez el niño se asomó al telescopio y por última vez volvió a ver las nubes bloqueando la tan deseada luna llena. Decepcionado, pero haciendo acopio de todo el estoicismo que un niño de 8 años pueda tener, miró hacia el cielo y, tras un suspiro apenas perceptible, dijo jovialmente: «quizás es que la luna es tímida y con toda esta gente viéndola, pues le da vergüenza».

Todos cuantos le rodeábamos y pudimos escuchar sus palabras nos conmovimos hasta la médula. Sus padres, con una sonrisa sincera, nos agradecieron por haberlo intentado y por haber sido tan pacientes ─él también lo hizo ─, y se perdieron en medio de la multitud que ocupaba la explanada.

De aquella noche no recuerdo mucho más. A los pocos minutos el cielo se despejó nuevamente, las personas siguieron observando a la luna y durante un par de horas más, a lo sumo, la dinámica se repitió una y otra vez hasta que el frío y el cansancio se fueron apoderando de todos los presentes y la gente comenzó a marcharse. En algún momento, el niño en cuestión se acercó para agradecerme por mi paciencia y para avisarme que, en otro telescopio, unos minutos más tarde, había logrado ver a la luna llena que, aunque tímida, brillaba con todo su esplendor.

Pocos pueden dar fe de esto, pero, cuando minutos antes el niño sentenció que la luna era tímida, ésta enrojeció por unos breves segundos.

Es sin duda alguna, uno de los mejores recuerdos que tengo con mi padre dentro de la Sociedad Astronómica de Aguascalientes, hace muchos años, cuando se establecían Récords Guinness y la magia se hacía presente en los eventos de la Sociedad; antes de que esta se burocratizara y le jugaran chueco.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Cruz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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