Yo sí me acuerdo de él. A fin de cuentas era un buen muchacho.

Cuando lo vi por primera vez harían dos meses desde que lo habían comenzado a seguir. Sí. Lo seguían. Y lo seguían mucho. Sobre todo por las noches, cuando regresaba de la universidad. Tenía que caminar una distancia considerable y, a esas horas, muy pocos transeúntes se veían por esos rumbos; sin embargo desde hacía ya dos meses se había dado cuenta de que en ciertos lugares, con repetida frecuencia, distintas personas habían comenzado a seguirlo y a observarlo. Ora un taxista que detenía su ruta y no la reanudaba sino hasta después de que él pasara por tal o cual lugar, ora una mujer que le observaba desde las penumbras del parque; ora un señor sin identidad que accidentalmente se cruzaba en su camino, ora una misteriosa muchacha que hablaba por teléfono en un teléfono público que no funcionaba.

Él sabía que esto pasaría. Cuando comenzó a incursionar en sus investigaciones, cuando comenzó a indagar en los sistemas, cuando comenzó a cuestionar lo establecido, sabía que esto pasaría. Sabía también qué buscaban, porqué lo seguían. Sabía qué le pasaría. Y sabía que no tomaría mucho tiempo para que sucediera. Su tiempo estaba contado. Era cuestión de semanas, o quizá de días. Se apresuró a tomar cartas en el asunto; a ajustar cuentas; a despedirse.

Todo lo hizo con el mayor disimulo posible. Fue completamente sutil al repartir una a una sus escasas pertenencias entre su gente y más aún al saldar sus cuentas. Muy pocos se dieron cuenta del cambio. Sin embargo, era menester para él informar de los hechos a su contacto y sabía que en ello no podría ser sutil. Lo observaban. Él estaba plenamente consciente de que al momento de hacer el informe caerían sobre él y su sentencia estaría formalmente girada. El cronómetro llegaba a cero.

Él sabía.

Pero tenía que hacerlo.

Finalmente se decidió. La noche del martes 23 de septiembre elaboró la carta que lo sentenciaría. Él sabía, pero no se acobardó. Era algo que a fin de cuentas tenía que hacer. A la mañana siguiente, salió del 205 de la calle Aquiles Serdán con un sobre entre sus manos. A las nueve con treinta minutos entró a la magna oficina de correos. Lentamente, a sabiendas de lo que pasaría si depositaba la carta en el buzón, caminó hacia éste con paso firme y seguro. Después de todo, ése era su legado final. La carta donde lo confesaba todo; y, además, ella tenía que saberlo. Dio unos cuantos pasos. El buzón rojo se levantaba hacia él de manera desafiante y él aceptó el duelo. Finalmente. A las nueve con treinta y un minutos depositó la carta. Solamente esperó a escucharla caer al fondo del buzón y resignadamente bajó la cabeza. Estaba hecho y pronto vendrían por él. Lo habían seguido también ahí. Con la cabeza gacha, respirando por última vez el aire puro de la libertad, solamente esperó.

Y no tardaron mucho. El jueves 25 de septiembre fue final y oficialmente recluido en el hospital psiquiátrico de la ciudad. A fin de cuentas era lo que él había temido desde el principio: esquizofrenia. Y ése era el único lugar donde estaría seguro de aquellos personajes que lo seguían.

Tres semanas después, cuando lo del golpe de estado en la isla, el hospital dejó de funcionar. Curiosamente, cuando pregunté por él ese mismo día, nadie tenía idea acerca de su paradero. Peor aún, nadie tenía idea siquiera de la persona por la cual estaba preguntando. Nadie lo recordaba. Nadie conocía aquel nombre y, más aún, en los registros del hospital nunca había figurado el nombre de Antonio de la Torre y Vega formalmente recluido solamente tres semanas atrás. Nadie lo conocía. Los registros del correo jamás enviaron una carta a ningún lugar la mañana del 24 de septiembre, por la huelga, y nadie había vivido en la casa ubicada en el 205 de Aquiles Serdán por más de veinte años.

Sin embargo. Yo si me acuerdo de él…, era un buen muchacho…

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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