“Uno cosecha lo que siembra.” La primera vez que escuchó esa frase tendría cuatro o cinco años de edad. Fue en aquel mes que pasó en la granja del abuelo y le explicó el funcionamiento de la siembra y la importancia de seleccionar adecuadamente las semillas para tener una buena cosecha, “Las mejores semillas darán buenas plantas, buenos frutos”, dijo el abuelo mientras le explicaba también que si uno quería trigo no podía sembrar granos de maíz.

“Uno cosecha lo que siembra.” Fue lo mismo que le dijo su mamá el primer día de escuela, recomendándole mucho portarse bien, seguir las indicaciones de su maestra y ser bueno con sus compañeros. Al final de cuentas, como él tratara a los demás, así sería tratado por ellos.

“Uno cosecha lo que siembra”, le dijo su padre cuando se matriculó en la Universidad para cursar la Licenciatura de Negocios Internacionales, “El título por sí solo no te garantizará el éxito: estudia. Estudia mucho y aprende a relacionarte. En la vida necesitarás muchos contactos y de ellos, en gran medida, dependerá tu éxito, o tu fracaso.”

“Uno cosecha lo que siembra”, le dijo a su hijo durante la visita que hizo al edificio principal de su exitosa empresa y que logró posicionar en el mundo corporativo, para convertirla en la empresa líder del ramo, luego de solo tres años de haber incursionado en el negocio.

“Uno cosecha lo que siembra”, se escuchó a sí mismo decirle a Martita, tras aumentarle el sueldo en retribución a “sus excelentes servicios hacia la empresa”.

“Uno cosecha lo que siembra”, le dijo también su esposa al interponer la demanda de divorcio, derivada de su infidelidad.

“UNO COSECHA LO QUE SIEMBRA”, apareció escrito afuera del despacho principal de su empresa el día en que lo mataron por no pagar las deudas a los narcotraficantes implicados en su vertiginoso ascenso empresarial (y la ruina de sus más cercanos competidores). Al sicario le pareció un bonito detalle escribirlo en letras mayúsculas; como si con ello tuviese un mejor sentido.

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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