En aquel entonces, por las tardes me sentaba a leer en una de las bancas del Jardín de San Marcos. Había empezado “El coronel no tiene quien le escriba”, de Gabriel García Márquez. La ciudad era muy distinta: la calle Venustiano Carranza no tenía el bullicio de hoy y el jardín despedía un perfume de tranquila serenidad. El centro de la ciudad era un espacio que hacia las 9 de la noche comenzaba a vaciarse, sólo nos manteníamos los parroquianos que frecuentábamos los pocos cafés y bares de los alrededores.

Recuerdo que elegí esa novela de García Márquez, luego de ver el tráiler de una película basada en ella. Las imágenes incitaban a descubrir de dónde provenía esa tristeza que se había cernido sobre el Coronel. Pasaron algunos días y terminé la lectura, pero no había sido atrapado del todo por la prosa del Gabo. O al menos eso pensé en ese momento, pues aún ahora mantengo en la memoria algunos destellos de la figura triste del Coronel.

Pasaron por mis manos otros libros y –sabía que tarde o temprano ocurriría– llegó a mí otra vez Gabriel García Márquez, de un modo por demás simpático y peculiar: se trataba de una edición pirata de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”. Incluso, cada vez que cambiaba de hoja me daba la impresión de que el libro se convertiría en una baraja. Leí el primer cuento, “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, pero, otra vez, la prosa del buen Gabo no me atrapó.

Los seres humanos hemos asociado ciertos colores a las emociones, aunque –hay que decirlo– no hay un color que en todas las culturas pueda asociarse a una emoción o sentimiento en concreto. Identificamos colores cálidos y fríos: quizá por ello, por ejemplo, el color rojo se vincula con el amor y la pasión; mientras que algunas tonalidades de azul se asocian a la tristeza, de ahí que los angloparlantes digan “I’m feel blue” para expresar tristeza, ¿será que el amor tiene un color o cada quien lo percibe de un modo particular? ¿Cuál es, entonces, el color del amor?

A través de un reciente encuentro con una persona muy especial, un encuentro inesperado como sólo suelen ser los encuentros que nos cambian la vida, llegué una vez más a Gabriel García Márquez, quien me mostró cómo pueden manifestarse los colores a través del amor. Fue el Gabo quien me mostró cómo es que el amor puede cambiar el color de las cosas que hay a nuestro alrededor. Y que el amor es de color azul.

Después de muchos años de tenerlo entre otros libros, tomé “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” para leer el cuento que le da nombre al libro. Desde que llegó a mí por primera vez, el título me atrajo, aunque no puedo explicar por qué no leí ese cuento inmediatamente. Con las pausas que exige el título, a simple vista podría configurarse casi como una estrofa de tres versos octosílabos casi perfectos:

La increíble y triste historia

de la cándida Eréndira

y su abuela desalmada

Más allá de las formalidades literarias que a nadie le importan, lo cierto es que el título se desliza por la boca como si fuera un chocolate dulce, además de que tiene una sonoridad por demás agradable. Y, claro, es un título que invita a descubrir si, en efecto, se trata de una historia triste; invita también a descubrir quién es Eréndira y esa abuela desalmada.

Sí, es una historia triste, pero con momentos infinitamente conmovedores. Quizá el que más me impresionó fue cuando Ulises, uno de los protagonistas, se enamora de Eréndira, un acontecimiento que cambia por completo la vida de ambos. La madre de Ulises, perspicaz como lo son todas las madres, nota un cambio en su hijo, pues cada vez que él tocaba algún objeto de vidrio provocaba que cambiara de color. A través del tacto de Ulises los objetos de vidrio se tornaban color azul.

Ante este insólito hecho, la madre de Ulises afirma que “Esas cosas sólo suceden por amor” y, en seguida, le insiste en que le diga quién es la mujer que ha ocasionado tal alteración en él. Ulises no contesta y, ante la persistencia de su madre, sólo atina a decir que no es nadie. A esta altura del cuento, los lectores sabemos lo ocurrido, conocemos la historia: es Eréndira quien provoca que Ulises, por acción del amor, pueda cambiar el color de los objetos de vidrio con sólo tocarlos.

El pasado martes 6 de marzo se cumplieron 91 años del nacimiento de Gabriel García Márquez, un autor que ha deslumbrado a los lectores de todo el mundo mediante los colores de sus obras. En las novelas y cuentos de Gabo hay mariposas amarillas, mujeres con ojos de perro azul y la luz eléctrica, además, adquiere la consistencia del agua. Es una realidad con matices fantásticos, pero nada que no ocurra en nuestro cotidiano devenir si lo apreciamos con la paciencia y la dedicación que lo ameritan.

Para Gabriel García Márquez el amor es color azul y es un sentimiento que, entre otros poderes, nos permite cambiar el color de los objetos que hay a nuestro alrededor. A simple vista, esto parecería algo ridículo y por demás absurdo, ¿pero acaso cuando estamos enamorados la vista y el tacto no perciben diferente el mundo que nos rodea? Bajo el enamoramiento, ¿no sentimos que somos capaces de escalar el Monte Everest, flotar sobre las aguas o provocar que los objetos leviten? Gabriel García Márquez lo sabía y, tal vez por eso, nos lo mostró a través de la historia de Eréndira y Ulises.

En el fondo, creo yo, todos en algún momento –sea fugaz o no– hemos sido también Eréndira y Ulises.

 

Para Centuria Noticias: Aldo García

a.garcia@centuria.mx

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