Coronando la calle, en donde hay 3 tiendas de abarrotes encerradas en un radio de 50 metros, se encuentran los empresarios. Uno solía atender un café internet (que de café tenía solamente el nombre y que fungía más como papelería) pero iniciada la pandemia decidió vender las 10 computadoras que tenía y comprar 5 máquinas tragamonedas. Todos los días tiene su local lleno. El otro no tiene un giro fijo; un buen día abre un local de saldos y al otro pone una cenaduría o una agencia de viajes. Nadie sabe cómo lo hace, pues al parecer sus negocios no tienen éxito, pero cada mes agrega una remodelación a su casa que, dicho sea de paso, tiene la extensión de tres casas regulares y que ha convertido a la esquina de mi calle en una permanente obra en construcción.

A la vuelta se encuentran los jardineros que han decorado el camellón con macetas multicolores hechas con llantas viejas, repletas de flores y cactáceas de diversos estilos. Es en esta zona, donde cada noche, entre las 19:00 y 21:00 h, se pone el amable señor chaskero que, por un precio extremadamente elevado te prepara unas chaskas insípidas que, pese a eso, se venden como pan caliente. Un poco más allá se instala el mercado sabatino, donde se pueden comprar cangrejos vivos, chicharrón, tacos de carnitas, juegos de lotería, tangas, calcetines, bolsas de imitación, cocteles de camarón, miniaturas de barro y, si se tiene un poco de suerte, una película que aún no sale en el cine, un juguete de colección, un control remoto funcional y hasta un buen libro.

Los domingos por la noche, y entrada la madrugada del lunes, recorre las calles del barrio ─incluida la mía ─la extraña procesión de encapuchados que, antorchas en mano, entonan cánticos hipnóticos con un andar lento, hasta perderse en una casa de portón blanco, tres calles al norte de donde vivo.

Por mi calle, además, pasan constantemente personajes diversos ─humanos y animales ─que, por su variedad, le dan vida al barrio. El vendedor de tamales que a las once de la mañana y a las once de la noche anuncia sus productos con una energía tal que invitan a no consumirlos, el vendedor de mangonadas, el panadero con el pan y, últimamente, también el vendedor de boletos del circo que se ha puesto en la ciudad y que, de acuerdo con sus palabras, es el mejor espectáculo del mundo. Me he visto tentado a comprarle un boleto puesto que cuesta solamente 50 pesos, independientemente de si se es niño o adulto, y en el circo sale más caro. Al menos, eso es lo que dice. Aunque tampoco me llama mucho la atención, puesto que en el circo ya no hay animales y en mi calle sí; además de los gatos que suelen visitar cada una de las casas, de vez en cuando a los vecinos del 319 se les escapa el pato que tienen por mascota, y se ven en la imperiosa necesidad de salir corriendo en pos de él antes de que llegue al árbol donde está amarrado el gallo de pelea (adquisición del vecino empresario de giros no definidos) que, apenas verlo, bate sus alas, amenazante, dispuesto a lanzarse sobre él. También pasan adolescentes a caballo, muchachas de 13 años mentándose la madre con un lenguaje por demás florido, y hasta algunas vacas o borregos que se escaparon del rancho que la colonia en algún momento engulló.

Subiendo la calle, pasando la casa del pino enorme y el césped siempre verde y perfectamente recortado, nos podemos topar con los carpinteros, que tienden su ropa en la puerta de la cochera, que funge como taller, abierta de par en par para que el sol de la tarde haga su efecto de secado, y que adoptaron un perro que persigue a todos los gatos que se atraviesen por su camino, y un par de casas más allá, a la pareja que se pelea a gritos y a cuya casa han ido las patrullas tantas veces, que los demás vecinos ya ni se asoman para ver el chisme.

Hacia el final de la calle están los pepenadores. Aunque parece todo desordenado, tienen perfectamente clasificadas en la cochera de las dos casas que habitan las cosas que recolectan día tras día. Aquí el montón de cartón, allá el plástico y de este lado el vidrio. Nadie sabe exactamente cuantas personas viven, pero el hacinamiento es evidente.

De todos, el personaje más curioso, a la vez que peligroso, es, a mi parecer el señor de la casa 405. Gran parte de las tardes se le puede ver sentado en la cochera de su casa, con una libreta y un bolígrafo en sus manos, observando a todos los vecinos. Dicen que escribe historias ─reales y ficticias ─con relación a ellos, mientras toma cervezas.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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