A las afueras de la escuela donde trabajo, justo al lado del Oxxo, el matrimonio conformado por los septuagenarios Doña Tulia y Ramiro, se dedica a vender tamales hechos por ella, y café de olla hecho por él.

Todos los días, de lunes a viernes, sin excepción alguna, en punto de las siete de la mañana y hasta que terminan su vendimia, se colocan en el lugar mencionado y, sin importar si uno les compra o no, Doña Tulia y Ramiro saludan con una amplia sonrisa a todo aquel que pasa por enfrente de su pequeña mesa de trabajo donde colocan las ollas de tamales y café.

─¡Buenos días, profesor! ─me dicen cada vez que paso frente a ellos.

A mí me da un poco de pena no comprarles nada. Siendo tan amables, como son, uno siente el imperioso compromiso de adquirir sus productos, aunque sea tan solo por cortesía, y me siento terrible cuando no puedo hacerlo, o cuando salgo del Oxxo cargado de un café capuchino.

Es por ello que desde ya hace un par de meses, para menguar mi culpa, tomé la decisión de comprarles, día sí y día también, un tamal de fresa y un vasito de café de olla que degusto con un poco de reticencia, pues jamás me han gustado ni los tamales ni el café de olla, pero lleno de satisfacción de haber podido ayudar, aunque sea de esa manera, a tan alegre y tenaz matrimonio.

Lo curioso de esta situación no es el hecho de que les compre sin que me gusten sus productos o que quiera presentarme como alguien altruista. Realmente lo hago para no sentirme culpable, más que por ayudarles. Eso sí: me hace sentir bien creer que los ayudo. No, lo curioso de la situación radica en el tiempo; y es que, la totalidad de los estudiantes de la escuela, egresados incluidos, afirman que Doña Tulia y Ramiro siempre han estado ahí, como el viejo roble torcido del final del jardín escolar, y como el bache de la avenida frente al Oxxo. Y no sólo eso, sino que todo aquel que hable de la cálida y sonriente pareja, lo hará afirmando una cosa: Doña Tulia y Ramiro siempre han tenido la misma edad y jamás han envejecido. Desde el comienzo de los tiempos de la escuela, casi cinco lustros atrás, hasta la fecha, la pareja ha estado ahí sin presentar cambio físico alguno.

Hay quien dice que eso no es cierto, y que sólo es un chisme generado a costa de ellos para granjearles popularidad y que el matrimonio, si bien siempre ha estado allí, ha ido envejeciendo con los años, al igual que el muro poniente de la escuela.

La verdad es que para como están las cosas y viviendo en la época en que vivimos en que todo es posible y en que a todo mundo le gusta andar en el chisme, uno no sabe bien qué creer. En lo particular, prefiero creer que la primera versión es cierta. No sé, le da un toque mágico a la escena.

Como sea, te invito a que te aventures a las afueras de la escuela donde trabajo, ahí junto al Oxxo y te encuentres con Doña Tulia y con Ramiro. Seguro que su sonrisa te cautivará y, si no eres remilgoso para la comida como yo, disfrutarás de unos ricos tamales acompañados de un delicioso café de olla.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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