A él lo vi por primera vez frente a la plaza de toros, como a las seis de la tarde. Yo finalizaba temprano mi caminata vespertina debido al fuerte frío que se cernía sobre mi delgada chamarra (el invierno se había adelantado un mes). Además, las nubes presagiaban la tormenta y yo me encontraba en una racha en la que era alérgico no sólo al trabajo, sino también al agua.

Iba montado en una bicicleta cromada, de esas que ya no se venden, que ya no se fabrican, que existen sólo en los cuentos. Avanzaba a una velocidad lenta pero constante; tan lenta que uno podía pasarlo a pie, tan lento que parecía físicamente imposible que mantuviera el equilibrio. Pero lo hacía.

Vestía unos pantalones empolvados y un suéter que hacía juego. Encima de ello, una gabardina. Todo de colores café, beige y similares, al igual que su sombrero y sus viejos zapatos. Parecía un personaje de una foto tomada en sepia; con el tiempo detenido. Como si a su alrededor, el mundo hubiera avanzado y girado años y años pero no en él; que seguía detenido en un momento específico de su vida. Avanzaba a su propio ritmo seguido por dos perros. Desaliñados, bonitos, callejeros. Hacían juego con su ropa.

Lo vi pasar frente a la plaza de toros a un par de metros de mí, dirigiéndose en dirección contraria a la mía. Detuve mi andar y le cedí el paso. Mi mirada se centró en él y en los dos perros y les siguió por entre la multitud hasta que se perdieron a la distancia por entre las callejuelas de la ciudad. Al no tenerlo más dentro de mi campo visual retomé mi camino y atravesé las dos cuadras que me separaban de mi casa. Eran las siete con quince minutos.

Esa noche no llovió.

A partir de aquel día, cada tarde me topaba con él y con los dos perros que, de vez en cuando, me regalaban una mirada cómplice y jugueteaban por entre mis piernas moviendo de un lado a otro sus rabos mientras él avanzaba a su paso frente a la plaza de toros. Él nunca me dirigió la palabra o la mirada, ni detenía su andar. Confiaba en los perros; si bien, ellos eran libres de caminar por donde quisieran y de escoger a sus amistades, sabía que le acompañaban y que no tardarían en escoltar nuevamente su bicicleta.

Sucedió pues, que se estableció un acuerdo de manera tácita: Todos los días, alrededor de las seis de la tarde él pasaba con sus tonos sepia y sus perros frente a la plaza de toros y yo disminuía la velocidad de mi caminar para que éstos juguetearan un rato por entre mis pasos. Ni él decía nada, ni yo tampoco. Pero era una cita esperada entre ambos. Así ocurrió durante dos meses.

Un mal día, encaminaba mis pasos hacia la plaza de toros a cumplir con mi cita cuando, de pronto, una creciente inquietud se apoderó de mi interior arrasando con todo lo que encontraba en su camino, modificándolo todo: Mi respiración comenzó a agitarse, las manos comenzaron a sudar, mis brazos y piernas temblaban in crescendo, al igual que el latir de mi corazón que pareciera salirse de mi frágil pecho. Aceleré mi paso y llegué al lugar de encuentro cinco minutos antes de lo usual.

Fueron cinco minutos eternos de respiraciones agitadas y rápidas caminatas en círculos hasta que, finalmente, alrededor de las seis de la tarde, llegaron mis dos amigos, con el rabo entre las patas., con un andar lento. Sin bicicleta a la cual seguir. Sin dueño.

No fueron necesarias las palabras que ya nunca llegarían; ni el caminar, ni el tiempo. Me senté en la primera banca que encontré libre y a mis pies se sentaron los perros. En silencio los tres lloramos a nuestra manera con la complicidad que nos había unido a los tres dos meses atrás.

Finalmente, a las siete con quince me levanté del banco y seguí a un paso lento, pero constante, mi camino. Detrás de mí, a ratos entre mis pasos, a ratos escoltando mi camino, me siguieron fielmente los dos perros que incluso hoy, continúan a mis pies ahora mientras escribo. De vez en cuando, como a las seis de la tarde, ante sus miradas cómplices y el alegre movimiento de sus rabos, tomo mi chaqueta café y la boina a juego y salimos los tres a caminar por la plaza de toros y recordamos, en silencio, la bicicleta cromada de esas que sólo existen en los cuentos, y a su dueño. Sonreímos.

Nadie había caído en la cuenta de que en dos meses no había caído gota de agua hasta que esa noche llovió de nuevo.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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