No puedo afirmar ni distinguir si se trataba de una premonición, clarividencia o mera ansiedad. Lo cierto es que no podía dejar de pensar en ello. No podía dejar de sentir y tener la certeza de que algo había pasado. Aun estando en el trabajo, las imágenes en mi cabeza eran tan claras como si me encontrara en mi casa y pudiera ver, e incluso respirar, el denso humo que salía de la cocina, generado por un fogón mal cerrado que calentó el sartén durante horas hasta consumirlo, expandir las llamas al trapo de cocina y de ahí a las cortinas y de ahí…

Entonces sacudía mi cabeza para apartar de ella las imágenes de la tragedia, pero sólo se iban durante unos segundos, acaso unos breves minutos, para después regresar con más fuerza y claridad.

Yo me había preparado un par de quesadillas alrededor de las 6:40, y había salido de mi hogar casi rozando las 7:00. Poco acostumbrado como estaba a desayunar en casa, me olvidé por completo de cerciorarme de que todo estuviera en orden antes de salir y me fui a la oficina. Para la una de la tarde, hora en que, a mitad de una reunión con la mesa directiva de la Empresa, hice conciencia del hecho, era ya demasiado tarde para hacer cualquier cosa. Y tampoco estaba en condiciones de abandonar la junta, pues de ella dependía que los accionistas renovaran los diversos contratos de financiamiento que salvarían a la Empresa; de manera que me obligué a quedarme, al menos en cuerpo, puesto que mi mente no se encontraba ahí sino en la tragedia, en el incendio, en los gastos que se vendrían, en lo que le diría a la casera que tenía a bien rentarme aquella casa que su padre había levantado con sus propias manos y le había dejado como herencia. Era algo, me decía, que no podría enfrentar. No podría enfrentarme ni al incendio, ni al gasto, ni a la casera. Simplemente sobrepasaba mis fuerzas y capacidades que, en ese particular momento, se reducían solamente a respirar, a no perder el control y a conseguir la renovación de los contratos.

Al final lo logré y los accionistas firmaron, otorgándole a la empresa una esperanza de vida de varios millones de pesos que, en cuestión de minutos, se vieron reflejados en la cuenta empresarial y que, gracias a ciertas argucias contables de un servidor, cayeron al poco tiempo en algunas de mis diversas cuentas, ubicadas en los llamados “paraísos fiscales” que hay en diferentes partes del mundo, y que hacían imposible su rastreo.

Acto seguido, y después de cerciorarme, ahora sí, de que todo estaba hecho y de que no había ningún cabo suelto que pudiera delatarme como responsable del fraude que, sin duda alguna hundiría ─como así ocurrió─ a la Empresa, subí a mi auto y, sin volver la vista atrás, manejé  hacia el sur, poniendo distancia entre la que durante años fue mi casa y yo; entre mi casera y lo que no podría enfrentar y yo. Que ella me perdone. Y los accionistas, los socios y los empleados. Que todos ellos y Dios me perdonen.

Manejé durante días sin un destino fijo hasta llegar a esta ciudad. Tomando todas las precauciones posibles, cambié mi nombre e inicié una nueva vida aquí, con el dinero de los accionistas.

Nunca supe si mi casa se incendió o no. Todas las imágenes que tengo fueron producto de mi mente, pero eran tan reales y la posibilidad del incendio tan alta que no me atreví siquiera a constatarlo. En caso de haber resultado cierto lo que en mi cabeza se proyectaba, sin lugar a dudas me habría derrumbado.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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