Desde niño, David Mendoza había sido muy sugestionable. Desde que se independizó y se fue a vivir a aquella vieja casa de huéspedes el miedo se instaló en su mente y no volvió a dormir tranquilo.

Todo se originó pocos días después de haberse acomodado en su nueva habitación, luego de ver a una enorme araña del tamaño de la palma de su mano, caminando por la parte externa de su ventana que también daba al jardín. A partir de ese momento, cada noche se recostaba alerta y dormitaba, más que dormía, despertándose cada cuarenta o cincuenta minutos, vigilando la ventana y proyectando en ella, desde su mente, cientos de imágenes catastróficas en las que un monstruo, no siempre una araña, de dimensiones descomunales se aparecía en su ventana a mitad de la noche y, tras observarlo cauto y amenazante durante algunos minutos para comprobar que estuviese dormido, se abalanzaba sobre él y lo arrastraba hasta el centro del jardín, donde lo enterraba y destazaba, sin que nadie acudiera en su auxilio pese a los aterradores gritos de auxilio que profería.

Noche a noche recreaba estas escenas, lo que hacía que al día siguiente la posibilidad se le presentara más real. Más de una vez afirmó haber visto a una especie de gato altísimo escudriñando su habitación desde el filo de la ventana y no había poder humano que lo convenciera de lo contrario. David Mendoza estaba seguro de que el monstruo, al que casi siempre visualizaba como una gigantesca araña de poco más de dos metros de diámetro, dormía en las entrañas del jardín durante el día y solamente esperaba la noche para alimentarse de algún pobre incauto que estuviese en las cercanías.

De buena gana se habría cambiado de casa pero sus exiguos ingresos, así como el hecho de que el resto de las habitaciones de la casa de huéspedes se encontraran ocupadas, le impedían realizar cualquier tipo de movimiento residencial, por lo que se habituó a mal dormir en las noches, elaborando turnos de vigilia y estrategias de defensa por si algún monstruo osaba siquiera intentar colarse por la ventana.

Tanto se convenció de que eso ocurriría algún día y tanto centró su atención a la ventana, que no escuchó, aquella fatídica madrugada del 11 de julio, el ruido proveniente de la coladera del baño.

Cuando vio al gigantesco tentáculo que entró a su habitación y se cernió sobre él, era ya demasiado tarde. Su grito de terror quedó ahogado entre las ventosas del monstruo, engullido por el abrazo constrictor de aquella bestia mientras era arrastrado con todos sus miedos a lo profundo de las alcantarillas.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

1 Comentario

  1. Presiento, que el cuento de hoy, o mejor dicho de ayer, es una alegoría de los miedos que nos creamos y que ocupan tanto nuestra cabeza que no nos damos cuenta de ciertas cosas hasta que ya es tarde. Muy buen cuento.

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