Esto ocurrió hace tres semanas.

Mi vecino no podía sacar su auto porque alguien había estacionado un submarino frente a su cochera, por segunda vez. Y eso es, precisamente, lo que más le molesto: el hecho de que se tratara la segunda ocasión que eso le ocurría.

La primera vez pasa. Molesta, sí, pero pasa. Puede ser hasta cierto punto comprensible. Alguien con alguna urgencia y con el desconocimiento de que detrás del portón hubiese un coche, ve el lugar libre y se estaciona. Tal vez sólo tardaría unos minutos, tal vez ni siquiera se da cuenta de que se trata de una cochera. Situaciones así llegan a ocurrir y es algo perfectamente entendible; pasa, y por ello mi vecino compró sendos letreros, de esos que dicen “Cochera en servicio. No estacionarse” y los pegó en el portón de su cochera.

Por eso se molestó cuando, ese día, al estar por salir de su casa, el submarino estaba estacionado de nueva cuenta ahí. Era algo inaudito: los letreros eran más que claros y habían sido rotundamente ignorados y, para mala fortuna de él, ninguno de nosotros, los vecinos, sabíamos a quién le pertenecía aquel pedazo de hojalata que estorbaba la cochera de mi vecino, a quien, por cierto, le urgía salir de casa, pues se le hacía tarde para su trabajo.

Tras habernos reunido todos afuera de su casa y siendo, como somos, una comunidad de mutua ayuda y respeto, ni tardos ni perezosos nos organizamos para mover el submarino y dejar el acceso libre para que mi vecino pudiera sacar su coche. No fue una tarea sencilla, pero después de varios intentos y esfuerzos logramos cargarlo y desplazarlo algunos metros. Justo cuando estábamos por soltarlo, a uno de los vecinos le pareció una buena idea colocarlo sobre el contenedor de basura que hay en la esquina. Y eso fue lo que hicimos.

Al cabo, después de los agradecimientos y felicitaciones correspondientes tras tan ardua empresa, nos despedimos e ingresamos a nuestras casas para ultimar los detalles para irnos a nuestros respectivos trabajos, con la sorpresa de que, al salir ─ no más de 5 minutos después de habernos despedido ─, nos encontramos con que el submarino, que con tanto esfuerzo habíamos colocado sobre el contenedor, había desaparecido.

No sabemos con certeza si fue algún pepenador o el dueño del submarino quien se lo llevó, pero lo cierto es que desde entonces no lo hemos vuelto a ver en la colonia.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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