A ellas las vi sobre la calle Nieto alrededor de las 7 de la noche. Iban en silencio, caminando a su paso, despacio pero decidido en dirección Este. Los velos sobre sus cabezas, el negro de sus vestidos y sus exuberantes gibas hacían del hecho de no verlas algo imposible de hacer. Eran tres y caminaban en fila india. La mujer que encabezaba la procesión iría unos dos o tres metros delante de las otras mujeres que la seguían. De vez en cuando, detenía su andar y giraba su cabeza para comprobar que su cofradía aún le seguía y, después de comprobarlo, seguía su camino.

Eran tres mujeres de edad avanzada y mucho camino por detrás y por delante. Se dice que su peregrinación había comenzado hacía año y medio en San Juanico. Sin embargo, los habitantes de aquel lugar aseguran que cuando vieron pasar a las mujeres, ya llevaban carrera larga. Nunca se las vio detener su camino ni platicar con nadie. Nadie sabía a dónde se dirigían.

Asegura Nicolás, el muchacho de la tienda de la esquina, que lo que le llamó la atención de las tres mujeres que pasaron frente a su tienda el día 4 de diciembre a las dieciocho horas con cincuenta y dos minutos no fue ni el velo sobre sus cabezas, ni el negro de sus vestidos, ni sus exuberantes jorobas sino un rasgo particular en el rostro de la mujer que dirigía la marcha. Cuenta Nicolás que al detenerse ésta para verificar si sus cófrades aún la seguían el velo descubrió (posiblemente por un soplo de viento) la parte derecha de su rostro. Cuenta, también, que no pudo ver más que un agujero negro donde se supone que debiera haber un ojo y que el blanco de la piel de ella se mostraba tan blanco y duro como lo blanco y duro de un hueso que dejaba adivinar una sonrisa sin piel, ni labios; “puros dientes”. “¡Eran calacas!” me dijo confidente. Y no hubo poder humano que lo convenciera de volver a atender la tienda los martes por la noche.

Yo las vi caminar sobre la calle Nieto alrededor de las diecinueve horas hasta que fueron absorbidas por la oscuridad de la noche. Nunca más volví a saber de ellas. Eran tres.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

Artículo anterior63% DE LOS MEXICANOS APOYA LA PROHIBICIÓN DE SALIR DE CASA ANTE LA CONTINGENCIA
Artículo siguienteRECONOCE MOS LA LABOR DE LA PRIMERA LÍNEA DE DETECCIÓN DE COVID-10
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here