Centuria Noticas agradece al poeta aguascalentense Moisés Ortega la presente contribución, en la que aborda diversas características de la obra poética de Antonio León.

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En el esfuerzo que uno hace por hallar su camino entre los contenidos de la memoria
(insiste Aristóteles)
es útil el principio de asociación:
“pasar rápidamente de un punto al siguiente.
Por ejemplo de leche a blanco,
de blanco a aire,
de aire a húmedo,
tras lo cual uno recuerda el otoño en el supuesto de que esté tratando de recordar
esa estación”.

-Anne Carson

 

I

Dicen que para leer basta la voluntad. Yo no me atrevería a negarlo, pero sí he de decir que aquel que quiera leer a Antonio León ha de tener voluntad, además, de abrir sus sentidos; voluntad de escuchar punk e investigar de qué partes se compone la anatomía de un abulón; voluntad de acudir a algunas fuentes fidedignas, en busca de referentes que le permitan atravesar bien librado por los ríos, caminos y piedras que conforman la cosmovisión del poeta. Cosmovisión que ha de ser posible recorrer sólo montados al lomo de un Impala rojo.

Antonio León es un poeta originario de Ensenada, Baja California. Reside en Mexicali, donde se desarrolla como guionista y conductor para televisión y radio universitarios. Es integrante del equipo coordinador del área juvenil de la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de Baja California y maestro del grupo de literatura del programa del gobierno federal “Talentos artísticos de Baja California”.

Ha presentado su trabajo en distintos foros del país. Poemas suyos aparecen en diversas antologías y revistas a nivel regional y nacional, así como en publicaciones electrónicas. Es editor de poesía en la revista El Septentrión y colaborador esporádico de noisey\vice, ha sido columnista del semanario Es lo cotidiano y actualmente desmenuza sus fijaciones en el blog Muerte por videoclip. Es autor de los libros Caricia del velocímetro, Busque caballos negros en otra parte y :ríos, dentro de la colección Ojo de Agua, editada por CETYS Universidad . El año pasado fue el ganador del Premio estatal de literatura (poesía) en Baja California con el libro El Impala rojo, que junto con :ríos serán el tema de esta presentación.

Si hubiera dos ancianos con tatuajes iguales en el mundo. Dibujos, partes automotrices de un Impala. Si hubiera dos muertes al volar hacia al acantilado. Muertes varoniles, como las de Thelma y Louise en aquella película en que se cogen a un prostituto. Si se diera el caso de morir cuando la gente te deja pasar primero en las filas al banco, o al inicio de la temporada en que te llamen abuelo unos desconocidos en el bar.

Pero todo es triste con dos viejos infames como Lucien y Leigh, que sólo recuerdan estar vivos cuando escurren deseo al hablar acerca de una bella carretera.

Escribe León en un poema al centro de este libro y así nos confirma: leer sí es un acto de voluntad. Leer los versos de Antonio León impone al lector un reto. Yo tuve que ir a buscar quiénes fueron Leigh Bowery y Lucien Freud, qué había en el manejo del color que suponen las manos del pintor que despertaban en Antonio la necesidad de hacer postales del viaje sobre una carretera que siempre, desde el primer verso, está a punto de hundirse.

antes de usar lejía

para despegar abulones

de las piedras costeras

en Baja California

los pescadores

de la sustentabilidad

les contaban chistes malísimos

Así pues, después de la primera lectura del Impala, le pregunté a Antonio qué significaba: si algo tenía que ver el color rojo; por qué esa elección del arte referencial y el hacer un libro sobre personajes fascinantes; que si el impala era la gran metáfora de la inocencia perdida en una carretera cualquiera del norte rocoso del país… Le reclamé, porque me hizo brincar de mi sillón bordado de pájaros y luz y las notas del preludio No. 4 en Mi menor para piano de Chopin (me refiero a las lecturas que casi siempre hago), para lanzarme a una carretera fracturada en la que me encontré a Bowery desnudo tratando de arrancar un tono del color rojo de los atardeceres de Baja California para darle una última pincelada de sangre al poema –y mientras me sonreía– tarareaba una canción de los Stones. Antonio me dijo que el Impala era sólo eso: un impala Rojo. Ninguna metáfora.

Moisés Ortega, poeta aguascalentense

 

II

Leí en otro libro que la labor del poeta es recuperar y evocar los restos de algo que ya no está, pero que lo sigue estremeciendo como si aún estuviera ahí, palpitando en su centro, hinchándole los ojos, quitándole el sueño, dejándolo pasar al filo del abismo. Inventando, inventando. Sonidos líquidos, ojos por donde canta el tiempo (María Baranda, El vuelo y el pájaro). Y así lo hace Antonio en su libro :ríos, en donde escribe:

Detergente

pequeñas canciones de la comida

los humanos son hormigas sin ensortijar

si se reúnen

se llamarán amigos

pero también van a ignorar las pláticas

en que se habla

de la belleza

y dirán que es estúpida la belleza

:

en películas antiguas se lavan manteles con detergente

los tendederos que doblan la vista

parecen autocinemas silvestres

y en la última función

se aparecen fantasmas que prefieren los exteriores

:

mi madre tuvo alergia a las manos rajadas del ariel

no hay un mantel que cubra

los guantes de carne molida

la belleza será

entonces

un recibo por algún servicio que se pueda comprobar

un amanecer en que pudimos hablar de otros asuntos

si se edita una antología de manos antiguas

en marcos que ostentan molduras

cubiertas por hoja de oro

aparecerá

un mantel.

El poeta, los ojos del poeta miran, evocan una realidad, un pasado que escuece dentro de los derroteros del recuerdo, la memoria en todo su esplendor y brillo que es cómplice del olvido y nos confunde en los azules colores que supone la mirada de un ahogado con el agua que contenía un globo.

el final de la guerrilla

en que

se embalaron

todos los globos con agua

dos chicos en el público me dicen que soy gracioso

que debería probar suerte en la comedia

:

hago un llamado al silencio

y digo

que esta serie de poemas es asunto serio.

Los poemas que conforman este libro corren como el agua de cualquier río y son también una elegía por los recuerdos que se van perdiendo, que se desvanecen sin remedio por el paso del tiempo, por la referencialidad inevitable que le recuerda al poeta su relación de hijo, de hermano, de adicto a la música y a la poesía.

El libro se divide en dos partes y en la segunda, todos los poemas llevan como título el nombre de un río hipotético, real, histórico, pero siempre un río. Así Antonio León corre, sus versos corren como el agua inquieta y turbia tratando de salvar a los insectos, a los muchachos que asisten a un taller de poesía tan parecidos a las pequeñas cosas del universo que no ceden tan sencillamente ante la luz o la memoria.

río nuevo

a los ríos no los llevan a la iglesia

para hacerse acreedores de un nombre

tres albañiles reman hacia el norte

el punto de la calle es entrada

a prueba de automóviles

el concreto se volvió popular antes de ser

bloque inexpugnable

con edificios

de pocos pilares

debajo de las quejas acerca del clima

se instalaron escaleras

y andamios para los trabajadores

que se olvidan de la piedra.

Entonces, Antonio León es el que mira, mira a los recuerdos, mira a las rocas desde la carretera, se imagina que mira algún río que se ha ganado a pulso su propio nombre, se traviste de Bowery por puro amor a la poesía, y desde ese amor, puro como la sonrisa de un muchacho que quiere ser poeta, nos entrega, desnuda y vulnerable la carne de sus versos, que como abulones, ha sido despegada de la piedra para representar la guerra interna que se libra entre la mirada y la palabra. Antonio León es el que remueve los restos de la espoleadura que deja en el alma el paso de la vida. Una espoleadura es, para el que no sepa, la herida que produce una espuela en la pesuña de un caballo.

 

III

He hablado de los ojos del poeta, de la luz roja que lo guía, de las rocas del mundo y las cosas del cielo que lo fascinan al recorrer una carretera, tal vez un río. Pero no he hablado de la memoria. Definitivamente, antes de terminar debo hablar de la memoria: “En el esfuerzo que uno hace por hallar su camino entre los contenidos de la memoria (insiste Aristóteles), es útil el principio de asociación” es un verso que alevosamente le he tomado a Anne Carson (siempre Anne Carson, ¿verdad, Antonio?) para coronar este texto. Y es que no se me pudo ocurrir otra cosa. Al leer los libros El impala rojo y :ríos he descubierto que el tema de la música, la pintura y los colores, las grandes referencias y las fechas importantemente históricas son distractores. Sí todo lo anterior como instrumentos para traducir el mundo, pero nada mejor que la memoria, la gran metáfora del agua que puebla, presente o imaginada: la poesía de Antonio. El agua del recuerdo como río caudaloso que nos arrastra y nos lleva inevitablemente, también a nosotros, los hombres, a cumplir con el destino de los hombres. La muerte: esa única certeza que tenemos al nacer. En varios poemas de estos dos libros, podemos notar también la preocupación por el transitar a través de ese ontológico río que simula la vida. Un transitar en el que todo se entrevera: el universo con sus rocas ígneas de la creación, con sus aguas sulfurosas del principio. Las criaturas del aire, del cielo, de la tierra y del agua. Los monstruos travestis, protagonistas del arte contemporáneo. Todo se aparea a través de los versos de León y construye, no, reafirma la persistencia de un lenguaje propio, labrado entre un profundo conocimiento del truco cinematográfico y la poética −las posibles e imposibles marometas de la palabra escrita− y una comunión con la intimidad del poeta que aparece, otra vez desnuda y orgullosa ante aquel que tenga ojos para mirar.

Así pues en estos dos libros se abre el reino de la memoria, para que los abulones, apacibles, raros y lentos, entren a morir en ella. Es esta lectura una postal borrosa, un paisaje que ha de mirarse sin anteojos, o bien, entrecerrando los ojos para que las pestañas nos impidan el paso de la luz. Quede aquí, para los posibles lectores, la inquietud de quien ha de acercarse a mirar el dolor que produce una espoleadura.

Antonio León, poeta de Ensenada, Baja California

Para Centuria Noticias: Moisés Ortega / Germán Gis

e.cardona@centuria.mx / g.gis@centuria.mx

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