La mayoría de los baños de las escuelas primarias del país fueron construidos sobre un cementerio o una cárcel e, independientemente de esto, todas las escuelas cuentan con, al menos, un fantasma que se aparece de tanto en tanto «al amigo de un amigo». Todos los niños aseguran conocer a alguien que lo ha visto.

Mi escuela no es la excepción y también cuenta con su fantasma particular, salvo que no se trata de un jardinero que castiga a los niños malos o de una niña encerrada en el baño. El fantasma que se aparece en mi escuela, y que absolutamente todos, maestros y niños hemos visto, es el fantasma de un perro.

No se sabe cómo es que llegó a la escuela, pero todos los días, entre las 11:00 y las 13:00 h ─hora en que se esfuma ─, se aparece corriendo por toda la cancha de futbol sin que nadie pueda sacarlo ni atraparlo. Le llamamos Jolgorio, porque siempre parece que estuviera de fiesta y porque, según los maestros, eso es lo que genera en todo el alumnado nada más aparecer. Los niños de sexto aseguran que cuando ellos estaban en primer año de primaria, Jolgorio ya se aparecía, y que los niños de sexto de ese entonces aseguraban que desde que ellos estaban en primero ya se aparecía y que los de sexto de aquellos tiempos repetían el testimonio, y así ad infinitum. Sin que ninguno de ellos o nosotros sepa realmente qué quiere decir «ad infinitum».

Otra de las verdades acerca de las escuelas primarias del país es que, si un niño de sexto dice algo, es porque es cierto, de manera que el resto de la escuela lo cree. Por eso todos los de mi grupo, que apenas vamos en cuarto grado, aceptamos lo que ellos dicen. Y, por eso, aunque todos podamos ver a Jolgorio, asumimos que es un fantasma; por el mero hecho de que, según el sempiterno testimonio de los niños de sexto, Jolgorio debería de tener tropecientos años, que es mucho tiempo de vida para un perro. Por lo menos, dicen los niños que más saben de matemáticas, debería de tener unos 40 años apareciéndose en la escuela, y ningún perro vive tanto. Por eso, y sólo por eso, se trata de un perro fantasma. Inofensivo y querido por todos, pero a fin de cuentas fantasma.

Una de las ventajas de ser un niño que no destaca (para bien o para mal) en ninguna disciplina académica, deportiva o disciplinaria en la escuela, es que tiende a ser, de cierto modo, invisible para los demás y puede hacer, en gran medida, lo que se le venga en gana sin que nadie repare en ello.

Eso es lo que he hecho yo los últimos tres días. Aprovechar mi «invisibilidad» para sacar las cuentas debidamente y llegar a establecer, sin lugar a duda, el número de años exactos que tiene Jolgorio apareciéndose en la escuela, y así, de paso, elucubrar un poco acerca de su edad.

Hoy, finalmente, logré sacar la cuenta final. Después de escabullirme del salón sin que nadie me viera, en el cambio de clase de la una de la tarde, me fui a la parte trasera del salón de música, donde todos los días me encuentro con Jolgorio (no es que se esfume a esa hora, sino que se va conmigo), y terminé de hacer las cuentas.

A Jolgorio a mí me lo regalaron cuando iba a entrar a primero de primaria, allá por el 78. En ese entonces, mi amigo cuadrúpedo era apenas un cachorrito, pues tenía sólo dos meses de edad. Todos los días me acompañó de la casa a la escuela, hasta que sobrevino mi fatal accidente, poco después de iniciado mi cuarto grado de primaria. Eso fue en el 82. Para esto, Jolgorio tenía ya cuatro años cumplidos, pero no fue sino hasta el año siguiente, cuando repetí el curso por primera vez, en que Jolgorio comenzó a aparecerse en la primaria. Supongo que es que me extrañaba mucho en casa. Por lo tanto, las cuentas que habían hecho los niños que saben de matemáticas fueron cercanas, pero no exactas. Jolgorio comenzó a aparecerse en el 83, por lo que lleva haciéndolo durante 37 años, y para ese entonces, contaba ya los 5 años cumplidos, dando como resultado 42 años de edad para Jolgorio, ese perro fantasma que se aparece todos los días en mi escuela, con la única finalidad de seguir haciéndome compañía.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

Artículo anteriorVIRALIZAN PELIGROSO RETO EN TIKTOK
Artículo siguienteMARTÍN OROZCO AGRADECE Y RECONOCE A PERSONAL DEL LABORATORIO DE SALUD PÚBLICA POR SU INVALUABLE LABOR ANTE PANDEMIA
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here