El hombre llega a la recepción del hotel y dice su nombre, a la par que extiende su identificación para que puedan hacer el cotejo en la lista de invitados: Arnaldo G.

En efecto: su nombre está en la lista y, luego de tacharlo en la misma, le permiten el paso. Tras agradecer la atención, pues es un hombre muy educado, ingresa al gran salón donde se llevará a cabo la cena a la que fue invitado.

No pasan ni cinco minutos cuando un concierge se acerca disimuladamente a él y le pide de la manera más atenta que le acompañe a recepción pues ha habido “una situación un tanto delicada que no pueden resolver sin él.”

El hombre, educado y respetuoso como es, accede y lo acompaña. En la recepción se ha formado un alboroto: un hombre de actitud agresiva ataja con improperios al personal del hotel por negarle la entrada al gran salón donde se llevará a cabo la cena, puesto que, de acuerdo con la recepcionista, su nombre figura en la lista, pero ya se encuentra tachado, prueba inequívoca de que la persona en cuestión ya ha llegado. El nombre en cuestión es Arnaldo G.

En los sillones del lobby, un hombre compungido llora desesperadamente puesto que también le han negado la entrada a la cena.

El hombre educado se acerca al mostrador de la recepción con el objetivo de aclarar la situación, pero se frena en seco al encontrarse con que el hombre agresivo, ése que también clama ser Arnaldo G, es idéntico a él y porta una identificación exactamente igual a la suya.

Este descubrimiento, que ha sido observado por el hombre compungido que llora en los sillones, hace que aumente la intensidad de su llanto y de su desesperación: tanto el hombre educado como el agresivo son vivas copias de él mismo.

Detrás del hombre agresivo hay otro hombre con la cabeza gacha que no emite palabra ni sonido alguno. Cuando el concierge, que no quiere que el incidente afecte a los huéspedes del hotel, le pregunta si puede servirle en algo, el hombre inmediatamente saca su identificación mientras explica que ha sido invitado a la cena, pero que habiendo tanto alboroto no había querido interrumpir, principalmente porque es tímido.

El concierge recibe la identificación y lee el nombre que en ella hay escrito: Arnaldo G.

Al cabo, todo se convierte en un caos: el hombre educado trata de razonar con los presentes y no deja de disculparse por los improperios e insultos que el hombre agresivo profiere a diestra y siniestra contra el personal del hotel. A la par de este aumento de insultos y gritos, el hombre compungido llora cada vez más y más hasta convertirse en un amasijo de lágrimas, mocos y berreos. En medio de este caos, el hombre tímido vuelve a guardar silencio mientras espera que se solucione la situación, pero no hace nada más que entorpecer el paso de los presentes y, por tanto, enardece los ánimos.

Al otro extremo del lobby hay un hombre que, por prudencia, ha estado observando la escena largo rato hasta que considera que es oportuno acercarse a la recepción. Lo hace parsimoniosamente. Todos reparan en él. Su rostro es el mismo que portan los otros cuatro hombres, pero hay algo en él que infunde respeto en ellos y que hace que guarden silencio y le escuchen.

Tras excusarse con el personal del hotel, le explica a los otros hombres lo que ha ocurrido: evidentemente Arnaldo G en algún momento del día se ha desfragmentado en sus diferentes personalidades y es por ello que los cinco hombres presentes poseen el mismo rostro, los cinco responden al mismo nombre y sus cinco identificaciones son, no solamente idénticas, sino también auténticas.

Al parecer esto le ocurre a Arnaldo G con cierta regularidad, usualmente al momento de salir de la casa sin que ninguno de ellos se dé cuenta y, por alguna razón, la explicación es aceptada por los otros cuatro hombres, por el personal del hotel y por los huéspedes que, a esas alturas, se han congregado a su alrededor para, abierta y descaradamente, estar más cerca del chisme.

Una vez satisfechos, los cinco hombres se reconcilian con sus alter ego y, tras abrazarse, se integran en uno solo que, ahora sí, entra al gran salón donde se llevará a cabo la cena.

Treinta minutos más tarde se acerca apuradamente a la recepción del hotel un hombre que llega con retraso a la cena.

Extiende su identificación para que puedan cotejar su nombre en la lista de invitados a la par que dice a modo de disculpa:

– Arnaldo G., servidor. Disculpe usted mi retraso; lo que pasa es que siempre he sido un poco impuntual.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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