Desde las nueve de la mañana era ya posible ver algunas sillas encadenadas a lo largo de la avenida Madero, como si existiera el riesgo de que se las robaran o para evitar que éstas huyeran de tan prolongada e irremediable espera.

Conforme avanzaron las horas y los pocos negocios que se atrevieron a abrir durante el día fueron cerrando, lo fueron haciendo también las calles que circundaban a la mentada avenida. Hoy es viernes primero de noviembre, Noche de Todos los Santos, y en mi ciudad, como en muchos otros lugares de mi país, se lleva a cabo el tradicional desfile de día de Muertos.

Es un evento que, como cualquier otro desfile en la ciudad, atrae a gente de todos los rincones de la misma, con la diferencia de que éste se lleva a cabo durante la noche. Por lo demás es casi igual a los otros: los embotellamientos y molestias de la gente al volante, aquéllos que desde horas atrás ocuparon sus sillas ─ahora ya sin cadenas─ y otros que llegaron con sus banquitos. Están quienes se sientan en la banqueta, los que deciden quedarse de pie y los que entran a los bares de la zona ofreciendo extravagantes sumas de dinero para que les renten una silla o les permitan el acceso a los baños.

La vendimia tampoco falta: las donas de higiene cuestionable se venden a cuatro pesos y las luces de neón, a veinte. Las máscaras se distribuyen de aquí a allá y, al cabo, todos hacen su agosto. El estrés de las horas previas se convierte en satisfactoria espera y en un alegre jolgorio cuando se dan las ocho con veinticuatro minutos, hora en que arranca el desfile ─previsto para las ocho en punto─ y la algarabía inunda toda la avenida; los niños gritan emocionados cargados sobre los hombros de sus padres mientras ven pasar los carros alegóricos y las comparsas con descomunales catrinas de tres metros de altura que saludan a todos los presentes.

Los bebés lloran, las parejas ríen, y la ciudad, después de varias horas de preparación y espera, se convierte a lo largo de una de sus avenidas con más historia en una fiesta.

Al finalizar, los niños caerán dormidos y sus padres regresarán, cansados, pero contentos, a sus hogares. Algunos, los menos, prenderán veladoras frente a las fotos de sus muertos, honrándolos de la manera en que marca la tradición. Éstos acudirán a sus casas cuando los vivos estén durmiendo y, agradecidos, recibirán la ofrenda y se marcharán gustosos a donde quiera que se encuentren el resto del año.

La ciudad regresará durante los próximos días a la normalidad y preparará sus calles para el próximo desfile, el de Navidad.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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