Se trataba del Coco y, como tal, no necesitaba presentación. Fue por ello por lo que iniciamos la charla sin presentaciones triviales que sólo nos alejarían del punto central de la plática. Tampoco es que le preguntemos el nombre a todos aquellos con quienes entablamos conversaciones sobre el clima o lo mal que va la economía, la inseguridad o el desempleo cuando estamos en la fila de una dependencia gubernamental o bancaria para hacer más llevadera la espera.

No intercambiamos nombres, pero yo sabía que se trataba del noctámbulo «Coco» y él sabía que yo era conocedor de su identidad. Se le veía preocupado y cabizbajo, y su rostro proyectaba una gran nostalgia e incertidumbre, mismas que trataba de ocultar con una sonrisa por demás falsa, pero, eso sí, cargada de una sincera amabilidad.

De los temas previamente mencionados, le preocupaba la precariedad laboral. Con los avances tecnológicos y la amplia adaptación a los dispositivos electrónicos ─que con velocidad inusitada arrojaban una nueva actualización que dejaba obsoletas a las versiones presentadas apenas unos meses atrás ─que tanto adultos como niños iban teniendo; su rol como estimulante para dormir y, por tanto, los llamados que tenía a visitar los domicilios de los niños insomnes, era cada vez menos y menos frecuente. Los padres ya no hacían uso de sus servicios, y si por alguna razón lo hacían, los niños ya no se espantaban con la amenaza de su presencia o, peor, se burlaban de la misma.

Y con la pandemia, la cosa no había podido sino empeorar.

Algo terrible y preocupante para alguien que basaba su subsistencia en el miedo que pudiera provocar en los demás.

─La gente ya no se asusta con nada. Si ni la realidad lo hace, ¿cómo puede uno esperar que lo hagan con un servidor, producto del imaginario colectivo?, ¿cómo, dígame usted, podría yo dar más miedo que la recesión económica, el covid o el cambio climático? ─me dijo con una angustia y desesperación que evidenciaban a alguien que estaba perdiendo la poca esperanza que le quedaba y que estaba a poco de renunciar a ella ─Desde hace dos años que no asusto a nadie.

Habiendo terminado de realizar mis trámites y, siendo él el siguiente en la fila, movido por compasión o empatía le pregunté finalmente su nombre.

Mirándome extrañado, como si realmente yo no supiera de quién se trataba, pero lleno de dignidad, me contestó orgullosamente: «El Coco», tras lo cual me eché a correr como alma que lleva el diablo, profiriendo gritos de espanto que me granjearon una mirada inquisidora de todos los presentes en la oficina burocrática en la que nos encontrábamos, para luego dirigirla él, que se aproximaba a la ventanilla, irguiéndose orgulloso por haber sido reconocido y por haber logrado esa estampida de mi parte.

«¡El Coco!» «¡Es el Coco!» decían los murmullos que se elevaban aquí y allá, mientras una serie de dedos se elevaban discretamente para señalarlo.

Al salir, habiendo recobrado mi compostura, me asomé por uno de los ventanales de la oficina y pude ver al Coco en la ventanilla de atención realizando sus trámites. Él también sabía que todo había sido fingido, pero ni él ni yo pensábamos decir nada; finalmente había sido reconocido, tras haber asustado a alguien, y su sonrisa ahora era sincera y llena de gratitud y suficiencia.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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