De estilo colonial californiano y construida a principios del siglo pasado, la estación de ferrocarriles de la ciudad de Aguascalientes, que fuera el centro neurálgico de la región, es un símbolo del pasado opulento y esperanzador que alguna vez tuvo el Barrio de La Estación. Es, también, un testimonio de lo que alguna vez significó ese edificio, cuando el tren aún servía para transportar pasajeros; la ciudad era una sitio para el transbordo y no una simple construcción de paso para los trenes de carga.
 
Sin importar el momento o la ocasión, el lugar se mantenía despierto las veinticuatro horas del día. Aunque con mayor movimiento por el día, las noches también le daban vida a la vieja estación: ahí estaba la gente encargada de limpieza; más allá, los administrativos en las diligencias cotidianas; ahí se veían, a veces dentro, a veces fuera, a los niños boleros y sus cajas con instrumentos para lustrar zapatos; y, por supuesto, los viajeros nocturnos que, vaya uno a saber, huían de casa o volvían a ella, apurando la hora del reencuentro, para aderezarla con el sabor que sólo tiene la sorpresa. A toda hora, la estación resguardaba una cierta magia que llenaban de vida el lugar y que jamás se compararía con algún otro lugar del mundo, ¿Cuántas despedidas con promesas de amor eterno quedaron en sus andenes? ¿Cuántos adioses irrenconciliables? ¿Cuántas vueltas a casa? ¿Cuántas lágrimas se derramaron al abrigo de su cálida sombra? ¿Cuántas risas resonaron entre sus rieles? ¿Cuántos te amo se murmuraron quedito al oído y cuántos te quieros se gritaron a lo lejos, mientras el tren avanzaba? ¿Cuántos hasta pronto se dijeron y al final sólo fueron ausencias eternas? ¿Cuántas esperanzas quedaron inscritas en el acero de las vías?
 
Con el tiempo, los trenes de pasajeros fueron cayendo en el olvido y su función, poco a poco, se reservó al transporte de carga. Aguascalientes se convirtió apeas en un punto de paso y la estación, con sus talleres de locomotoras, estuvo a punto de esfumarse de no haber sido por la nostalgia de un pueblo, cuya vehemencia logró que se dedicaran esfuerzos para rescatar ese patrimonio que en algún momento fuera distintivo del Estado. Aunque el rostro de la estación y sus alrededores ahora es otro, aún se puede respirar, si uno dedica unos momentos a hacerlo, ese perfume que tuviera hace no pocos años.
 
La antigua estación de trenes se conserva en pie y muy bien cuidada, con esa elegancia de otros tiempos completamente intacta, pero ahora bajo un silencio casi sepulcral, que en nada se parece al jolgorio y vida que emanaba en su época dorada.
 
Con excepción de las madrugadas del ocho de octubre.
 
De acuerdo a una vieja leyenda local poco conocida, durante la madrugada del ocho de octubre, alrededor de las dos de la mañana, después de que se escuche el silbato del tren que pasa a esa hora, los fantasmas de la estación, como esperando la señal para entrar en acción, vuelven de su sempiterna siesta. Como si el tiempo y la muerte no hubiesen pasado por ellos, cada uno retoma las actividades que desempeñaban hace más de medio siglo, entonces el bullicio y la algarabía se instalan de nueva cuenta en la vieja estación durante tres cuartos de hora, para que luego, pasado este lapso, vuelva a sumergirse en la oscuridad y en el silencio.
 
Al menos eso cuenta la leyenda local, que se ha mantenido viva gracias a las voces de los vecinos del lugar, que aseguran haber visto algo o conocer a algún amigo, algún familiar, residente de los alrededores, que asegura haberlo presenciado.
 
Es por ello que no pocas veces, durante la madrugada del ocho de octubre, minutos antes de que pase el tren de las dos de la mañana, algunos curiosos se congregan a las afueras del lugar para esperar el silbatazo del tren y atestiguar aquel desfile de luminiscencias y resplandores. Más de uno afirma haber visto luces encendidas y a los fantasmas de antaño pululando por la estación.
 
Si alguna vez, movido por la curiosidad o por azares del destino, te encuentras frente a la estación un ocho de octubre a las dos de la mañana, te pido, por favor, que tras escuchar el silbato del tren dirijas tu mirada a la tercera ventana a la derecha del reloj central, en el piso superior. Prometo dedicarte una sonrisa, a final de cuentas, sólo estoy una vez al año. Ten la certeza de que será un placer saludarte.
Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz
aldacros@gmail.com
Artículo anteriorCuatro aguascalentenses participarán en torneo internacional de física
Artículo siguienteEl SAT va con todo, ahora sobre las propinas de los trabajadores
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here