Soy de esos escritores que ha escrito casi toda la totalidad de sus cuentos en papel, antes de pasarlos al ordenador. Lo hago por practicidad, por ortodoxia, por el caché, si ustedes quieren, pero sobre todo lo hago por la magia.

No lo estoy diciendo de manera figurada o alegórica, sino desde la mayor literalidad posible, pues mis cuentos son escritos en papel mágico; o al menos eso fue lo que me dijo mi hija hace un par de años cuando me regaló las diferentes libretas en las que escribo. Y si ella lo dijo así, pues yo no era quién para poner en duda sus palabras.

Le creí. Y le creí aún más cuando noté que en efecto, la magia comenzó a ocurrir en las hojas de las libretas y no ha dejado de manifestarse en todo este tiempo; verán, cuando yo escribo un cuento completo y lo firmo, el cuento permanece ahí. Al momento de pasarlo al ordenador le hago sus correcciones y mi editor hace otras cuántas ─¡qué paciencia me tiene! ─ , y si quiero leer el cuento original, en su primer esbozo o borrador finalizado, sólo habré de dirigirme a la libreta donde lo escribí, buscar la hoja en que lo hice, y listo, ahí está y puedo leerlo y releerlo cuantas veces sean necesarias.

Sin embargo, si lo que busco es un borrador no terminado de algún cuento que, por lo tanto, no ha sido firmado por mí, la mayoría de las veces me es muy difícil encontrarlo. Pareciera que el cuento en cuestión se esconde, se pierde e incluso a veces viaja entre las páginas de las diferentes libretas mágicas ,y escabulléndose entre las hojas,  aparece en una que yo no había utilizado o ─aunque esto es menos habitual pero no por ello menos mágico ─se combina con otros borradores que haya por ahí y desarrollan, con mis palabras, letra y tinta, cuentos que yo jamás había escrito, esperando solamente que estampe mi firma al final de ellos y de por finalizado el acto de magia allí representado. Si me rehúso a hacerlo, los textos entrelazados regresan a sus libretas originales a esconderse de nuevo o a reposar después de la travesía. Es en esos momentos en que puedo encontrarlos y terminar de desarrollar mis historias originales, aunque pocas veces lo consigo, pues su tiempo de reposo es corto, y al poco tiempo, vuelven a moverse de lugar y puedo pasar varios minutos, e incluso horas, persiguiendo mis letras por entre las páginas, y no pocas veces termino rindiéndome ante la propuestas que mis textos fusionados realizan para mí.

La prueba de ello radica en este cuento, que yo jamás escribí, pero que gracias a la magia del papel sobre el que escribo, apareció íntegro al final de una de las libretas en cuestión, esperando solamente que le estampara mi firma.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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