A las 9:57 pm Alonso guarda su teléfono celular de manera definitiva. Quedó de verse con Claudio afuera del salón a las 9:40 para afinar detalles y entrar juntos, pero no está a la vista y no atiende su teléfono, y la quinceañera no debe de tardar mucho en llegar.

─Ni hablar ─piensa─ ya tendrá que apañárselas él solo.

Por última vez se acomoda el saco, la corbata y, echando un vistazo a la rosa que lleva con él (ante todo es un romántico y eso siempre le ha funcionado), repasa lo que le dirá a la cumpleañera cuando llegue.

En realidad no hay que modificar mucho el speech, se convence; no es la primera vez que lo hace y, aunque sí será la primera vez en solitario, el procedimiento es el mismo: presentarse ante la quinceañera, entregarle la rosa, explicarle que son amigos de tal o cual invitada y decirle que “no sea malita”, para que les dé chance de entrar. Nunca falla. La quinceañera, movida por la euforia del momento, tiende a decir que sí la mayoría de las veces (no es la primera vez que Alonso y Claudio se cuelan así a alguna fiesta) y, si acaso dudase o quisiera decir que no, basta decirle que no sea gacha, que qué le cuesta, para que rectifique. A fin de cuentas no querrá un escándalo en un día tan importante, y uno o dos invitados extra, amigos de tal o cuál, no harán daño y termina accediendo. En agradecimiento y “para no causar problemas”, Alonso y Claudio prometen no cenar, porque están conscientes de que no habían sido considerados, aunque casi nunca cumplen la promesa.

Por ello, Alonso sabe que no tendrá problemas para entrar a la fiesta, pero le molesta que Claudio no aparezca, pues siempre entran juntos. A fin de cuentas, es menos molesto dejar entrar a dos gorrones en una sola exhibición que hacerlo por separado; sin embargo, ése es un problema que tendrá que resolverse más tarde, puesto que en ese mismo instante se acerca la limusina con la quinceañera y sus chambelanes, quienes llegan emocionados a la fiesta en uno de los salones del hotel más lujoso de la ciudad. Ciertamente los padres de la cumpleañera tiraron la casa por la ventana para organizar la fiesta pues, no conformes con la limusina y el salón, un equipo profesional de grabación se encuentra ya cubriendo el evento.

Es precisamente el camarógrafo principal quien registra el gran momento de la llegada de la quinceañera al vestíbulo del salón, momento en que Alonso, que ha cruzado por entre todos los curiosos e invitados, se coloca frente a la puerta de la limusina y, haciendo gala de su caballerosidad, la abre y ayuda a bajar a la quinceañera que, alegre como está, no repara en que quien la recibe es un completo desconocido.

Un completo desconocido que, nada más bajar, la abraza efusivamente y la felicita por su cumpleaños. Después, explicándole que es un buen amigo de fulanita de tal, amiga cercana de ella, le entrega la rosa y le dice que no sea malita y que lo deje pasar.

Es en ese momento cuando la quinceañera cae en la cuenta de que quien la ha recibido es un completo desconocido pero reconoce que le ha caído simpático: ha sido honesto, ha sido educado y le ha traído una rosa. Además todo el mundo lo ha visto y incluso ha sido grabado, de manera que, muy seguramente, las tías preguntarán por “aquel muchacho tan atento que la ha recibido” si no lo ven en la fiesta. Así, la quinceañera accede y le dice que ya lo verá adentro; tras lo cual le da otro abrazo y besándole en la mejilla se aleja para saludar a los demás invitados justo cuando Claudio aparece increpando sin saludar a Alonso.

─¡Alonso! ─le grita─ ¡Te estoy esperando desde hace rato! ¿Por qué no atiendes tu celular? ¿Dónde te habías metido?

─¿Dónde estaba? ─contesta molesto Alonso─ ¿Dónde estabas tú? Yo estoy aquí desde las 9:40 como quedamos y tú ni tus luces. Ya hasta llegó la quinceañera y ya me presenté: le abrí la puerta de la limusina, la felicité, le di la rosa y accedió de muy buena gana. Aunque no le dije que seríamos dos ─reconoce ─ no me dio tiempo, pero no creo que ponga peros.

Y entonces Claudio suelta una carcajada tan fuerte que hace que muchos invitados volteen a verlo. Ante la molestia manifiesta de Alonso, quien pregunta de qué se ríe, no le queda más remedio que aguantar la risa, no sin dificultad, y explicarle el motivo de la misma.

─¡Pero es que ésta no es la quinceañera! ─le dice aún con una involuntaria risa─ ¡Si la fiesta a donde nos invitaron es al lado, en el salón de aquí a la vuelta! Yo ya hablé con la quinceañera y con nuestra amiga y nos están esperando, para entrar juntos. ¡Ándale, no te quedes ahí parado, que tampoco se trata de abusar de lo buena onda de las personas! ─dice.

Y después, viéndolo a los ojos con un poco de lástima, lo remata:

─¡Si estarás güey!

Alonso, que hace consciencia de su error, se siente avergonzado y sigue en silencio, diligente, a Claudio que continúa riéndose. Se siente sobre todo indignado, molesto.

─Si no conocía a mi amiga ─dice para sus adentros, refiriéndose a la quinceañera─ ¡al menos pudo haber tenido la decencia de decírmelo y devolverme la rosa! ¡En verdad ya no se puede confiar en la gente! ¡Es increíble cómo hay gente deshonesta y aprovechada en este mundo!

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un cuento infantil publicado en línea, llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

3 Comentarios

  1. Que cuento tan mal escrito, ojalá corrigieran y mejorarán la calidad de la prosa. Y lo más importante no quedarse en la anécdota, los cuentos deben ser profundos, le recomiendo al autor leer: formas breves de Ricardo Piglia. Esto es una ocurrencia más que un cuento.

    • Agradezco tu lectura y tu comentario. Buscaré y leeré la recomendación que das.
      El relato breve no necesariamente tiene que ser profundo y puede quedarse en la anécdota. Vg. Etgar Keret o Joan Barril.
      Sin embargo coincido en que éste, en particular, es meramente anecdotario. Espero que los siguientes cuentos sean de tu agrado.

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