A Jaime lo atropellaron el mes pasado en la calle Adoratrices frente a la clínica veterinaria, pero en la acera de enfrente, donde termina la cuesta arriba.

Haciendo honor a la verdad, no es que lo hayan atropellado; más bien, lo chocaron y, a consecuencia del golpe, voló un poco más de dos metros para luego caer de lleno en el asfalto junto a su motocicleta y la bolsa con los tacos que llevaba en la mano izquierda y que, sobra decirlo, se desparramaron por todos lados.

Fue un golpe seco, directo, sin ningún otro ruido que ayudara a dar fe de lo sucedido. No hubo tampoco un enfrenón de la camioneta de Martín, que inevitablemente impactó la motocicleta de Jaime; él, por más insólito que parezca, no emitió grito o quejido alguno. Apenas se escuchó el “¡Puck! ¡Pam! ¡Pam!” de los bultos que cayeron. Nada más.

De no ser por la señora Magos, que atiende la frutería, los vecinos hubieran demorado un poco más en darse cuenta de lo ocurrido. Ella, por buena o mala fortuna, fue testigo del accidente; de un momento a otro, corrió hacia el lugar del impacto mientras repetía de manera ahogada, pero sentida un “¡Cristo bendito!”, que de cuando en cuando le robaba las fuerzas para mantenerse en pie.

Martín, conductor la camioneta, detuvo su marcha y, con notoria preocupación, se apostó al lado de Jaime para revisar su estado de salud luego del golpe. Pese a su cara de pocos amigos, Martín se distinguía por ser muy responsable y tranquilo. En repetidas ocasiones, se disculpó con Jaime, desbaratándose en perdones, excusas y explicaciones, con el argumento de no haberlo visto. Después de todo, la culpa había sido del propio Jaime, pues no detuvo su marcha ante el letrero de “Alto”.

Los gritos histéricos de la señora Magos, quien hizo descender a toda la corte celestial, atrajeron la atención de todos los vecinos. En unos cuantos minutos, Martín se vio rodeado de una muchedumbre, que junto con él quedó impresionada al no ver rastro alguno de sangre en el lugar del accidente. Estaban los golpes en la motocicleta, los tacos regados en el suelo y el pantalón desgarrado de Jaime, pero él parecía encontrarse en perfectas condiciones, salvo un leve aturdimiento por lo sucedido. Todo ello sugería que este insólito hecho pasaría al anecdotario de la colonia, junto a la fuga de agua en la escuela secundaria o el intento de robo de la parroquia.

Por eso nadie, incluido el propio Jaime, esperaba la frase que salió de su boca cuando Martín le tendió la mano para que pudiese incorporarse y jaló ligeramente de él.

─No puedo levantarme ─se quejó abiertamente Jaime, dejando ver en su rostro una mueca de dolor combinada con un incipiente miedo.

─¿Está seguro?  ─repuso Martín mientras comenzaba a tirar de nuevo.

─Estoy seguro ─remató─, no puedo levantarme ─y el gesto de desesperación más que de dolor, acompañado del llanto de impotencia ante la imposibilidad de incorporarse, despejaron cualquier duda de que Martín o cualquier curioso pudieran tener. Jaime se encerró en un mutismo desesperado, viendo hacia el cielo, para quedar tendido, al tiempo que el llanto caía por su rostro, esperando que alguien más decidiera su destino.

Las nubes pasaron y pronto el frío matutino dio paso al sol abrasador tan característico de estas tierras. Jaime lo agradeció. Cuando yo llegué a la clínica veterinaria para dejar a mis perros, habían pasado ya dos horas desde el momento del accidente y era hora en que la ambulancia ─solicitada por la señora Magos y por dos o tres vecinos más─ no llegaba.

De esto me enteré al llegar al lugar, sin tener que preguntar nada: a mi llegada, la veterinaria le señalaba la demora de la ambulancia a don Fermín, el señor de la ferretería. Para ese momento, los locatarios de los alrededores ya habían armado un pequeño corro en la acera norte, la opuesta al accidente, contra los otros cuatros que se formaron en la acera sur, que, aunque más numerosos, mantenían una distancia prudencial respecto a donde se encontraba Jaime. Después de un rato, de entre todos los curiosos surgió un médico que con total autoridad decretó desde un primer momento que nadie moviera al lesionado hasta que llegara la ambulancia, mientras pasaba con aires de suficiencia de grupito en grupito, compartiendo sus impresiones, recomendando mucho darle espacio para “no quitarle el aire”.

Pasaban los minutos y la ambulancia no hacía su arribo. Jaime se había quedado tendido ahí, completamente solo y Martín, lleno de culpa en un principio y cansado de esperar al fin, se había refugiado en la frutería, desde donde compartía a las personas su versión de los hechos, con las debidas acotaciones de la señora Magos, pues ella lo había visto todo.

Siempre me ha parecido una falta de respeto hacer bulla cuando hay un accidente y, como ni conocía a Jaime ni a Martín, me retiré del lugar tan pronto como dejé a mis perros al cuidado de la veterinaria. Regresé tres horas más tarde y, como dice el cuento, Jaime aún estaba allí, tendido hacia arriba, revisando su Facebook en el celular.

La veterinaria me explicó que habían llamado ya varias veces al servicio de emergencias y que siempre habían obtenido la misma respuesta: “Ya va en camino, no tarda en llegar”.

Para la noche, alguien se había compadecido de los involucrados y les habían llevado chocolate caliente, un par de chamarras, una almohada y una cobija para que Jaime pudiera dormir.

Durante semanas enteras Jaime estuvo tendido en el pavimento en espera de la dichosa ambulancia. Martín fue exonerado de toda responsabilidad el mismo día del accidente, pues a juicio del oficial de tránsito, Jaime había tenido la culpa del impacto; en seguida, la motocicleta fue retirada del lugar para llevarla al corralón. Al ser eximido, Martín se retiró al tercer día, pues tenía que ir a trabajar, pero no dejó de visitar al pobre accidentado todos los días hasta la mañana del 17, día en que Jaime desapareció.

Debió de haberlo hecho por la madrugada, mientras todos dormían, puesto que ningún vecino, ni siquiera la señora Magos, pudo dar fe de lo ocurrido.

Hay quien dice que, después de toda la espera, al final la ambulancia sí llegó y lo llevó a un hospital cercano.

Hay quien afirma que sus heridas internas sanaron en esas semanas de inmovilidad y que se marchó por su propio pie.

Hay quien dice que murió.

Lo cierto es que desde ese día se puede ver que todos los que pasan por ahí, conductores o transeúntes por igual, disminuyen su velocidad o detienen su marcha para señalar hacia el lugar del accidente y decirle a la persona más cercana que encuentren “Mira, justo ahí es el lugar donde ocurrió lo de Jaime” y dicho esto  continúan con su camino en silencio, intentando adivinar qué fue lo que le ocurrió a Jaime, pues lo cierto es que desde ese día, nadie lo ha vuelto a ver.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

Artículo anteriorDIPUTADA FEDERAL PLURINOMINAL DE MORENA AFIRMA QUE NO SABE QUÉ SIGNIFICA “CJNG”
Artículo siguienteSE MANTIENE LA ATENCIÓN A PACIENTES CON ENFERMEDADES RESPIRATORIAS AGUDAS: ISSEA
Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here