En las últimas semanas he tenido problemas para conciliar el sueño. Ya sea de manera intencionada o no, entro a la cama a altas horas de la noche y me toma mucho tiempo poder dormir; independientemente de si me encuentro cansado o no, basta con que me acueste y el sueño se va.

Ante esta situación y cansado de dar vueltas y vueltas en la cama sin ningún resultado, decidí ─pragmático como soy ─, tras cuatro noches de horas de insomnio, pasar esas horas en el bar clandestino que hay debajo de mi cama (al que se accede por una escalera de caracol que se encuentra justo debajo de una de mis chanclas) a departir con los asiduos parroquianos que, insomnes como yo, acompañábamos nuestros desvelos con unas buenas jarras de cerveza oscura.

Durante cerca de dos semanas, la rutina se vio envuelta en una camaradería que permitía pasar las horas sin que se sintiera el peso y la desesperación del desvelo, pero no es lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte Años Después, y las resacas comenzaron a cobrarme factura, muy fuerte, durante mi jornada diurna que, aunada al hecho de no haber dormido prácticamente nada, me tenía hecho polvo.

Así pues, la ley seca impuesta en el Estado con motivo de los días patrios me vino como anillo al dedo, no ya para descansar, pues el insomnio sigue presente, pero sí, por lo menos, para ahuyentar las crudas diarias. El sábado pasado acudí por última vez a compartir con mis compinches de bebida y brindar por una larga semana de descanso que tendríamos alejados del bar. Temprano, a las 11:30 pm, abandonamos el bar con la promesa de vernos una semana y unos días después, para «desquitar» las noches de sequía.

No podremos hacerlo. No tengo idea de cuándo comenzaron a hacerlo ni de quién dio el pitazo, pero el bar siguió funcionando clandestinamente durante los días pasados hasta que, anoche, poco después de la una de la mañana, la policía irrumpió en el local y clausuró al bar de debajo de mi cama.

Yo me enteré hasta hace un par de horas, cuando me encontré con el barista afuera de mi casa y me contó lo sucedido. Paradójicamente, aunque el argüende se armó, literalmente, debajo de mi cama, no escuché absolutamente nada; por primera vez en poco más de un mes, había conseguido dormir profundamente.

Respecto al bar, es probable que se mantenga cerrado durante unas semanas más, si no es que cierra definitivamente; sin embargo, eso no es problema ni para el barista ni para los asiduos parroquianos. Me enteré de que los otros dos bares que operan en la casa están abiertos pese a la ley seca. ¡Viva México!

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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