Para Eleazar Buenrostro, célebre chef de talla internacional, su infancia había sido, de acuerdo a su testimonio, una de las mejores etapas de su vida, llenas de risas, juegos y diversiones, y pocos eran los recuerdos que tenía de aquellas épocas en las que no se hubiese sentido plenamente feliz.

Crecido en una unidad habitacional compuesta por tres edificios de cinco plantas cada uno, el futuro chef tuvo la oportunidad desde pequeño de convivir y jugar con muchos niños de su edad. Ya fuera el escondite, los congelados, las carreras de cochecitos o unas buenas retas de futbol o de canicas, Eleazar creció con la diversión en grupo, fuera de casa, como una constante en su vida. Las vacaciones de verano no eran la excepción, puesto que las pasaba en la ciudad Capital visitando a sus primos, con quienes extendía sus actividades futbolísticas en la colonia donde éstos vivían.

No era algo exclusivo de su infancia o de su unidad habitacional, y no pocos eran los niños que gastaban sus tardes de esa manera.

Muchos años después, siendo ya una eminencia en el arte culinaria, mientras degustaba un té en el amplio estudio de su casa, sin un motivo aparente, los recuerdos golpearon a la puerta de su memoria como un vendaval que en verano azota las ventanas de una casa. Las imágenes de sus años mozos se agolparon una tras otra en su cabeza y, movido por la nostalgia, no pudo más que dejar su té en su escritorio y salir a caminar.

Buscaba alguna evidencia de que aquellos recuerdos seguían vivos en el inconsciente colectivo de la gente, pero no encontró ninguna. En varias cuadras a la redonda no se escuchaba ni una sola risa, ni un solo grito de algún niño que jugara alegremente al aire libre. Después de poco más de una hora recorriendo las calles de su colonia una y otra vez, regresó a su casa abatido por la nostalgia y la tristeza que le embargaban. No pudo encontrar ni a un solo niño jugando al futbol, saltando la cuerda o corriendo a toda prisa a esconderse mientras otro contaba pacientemente hasta el 50. Los niños, que los había por docenas en su colonia, ya no salían a jugar.

Pese a la desazón, o quizás motivado por ésta, el chef Eleazar Buenrostro decidió, finalmente, comprar un pequeño terreno en el centro de su colonia y dedicarse en cuerpo y alma durante sus días de descanso a habilitarlo como un lugar lleno de zonas de juegos y seguridad ─puesto que los parques locales, aunque contaban con juegos infantiles, carecían de la vigilancia necesaria para que éstos fuesen utilizados ─para que los niños pudiesen acercarse y jugar libremente, como el hiciera en otros tiempos.

Al finalizar la habilitación del espacio, Eleazar Buenrostro abrió las puertas del lugar y esperó pacientemente a que los niños hicieran uso de las instalaciones. Tras varios días de espera, el chef pudo cerciorarse, con desánimo, que ningún niño estaba interesado en jugar en aquel lugar, por lo que decidió finalmente, pese al dolor provocado por su nostalgia, cerrarlo.
Justo cuando estaba por hacerlo, un grupo de adultos, más o menos de la edad de Eleazar, precedidos por un señor que sostenía un balón de futbol en su mano izquierda, le preguntaron un tanto avergonzados a Eleazar si podían jugar.
Desde ese día, cada tercer día se les ve armando retas de futbol y jugando a los juegos de su infancia, desbordando gritos y risas que se pueden escuchar por todo lo ancho y largo de la colonia.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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