La descubrió conscientemente alrededor de los seis años, casi por accidente, mientras papá le llevaba en brazos hacia la cama y, en el camino, sin dejar de cargarlo cerró la cortina de su habitación.

Fue en ese momento que la vio por vez primera asomándose tímidamente por entre los resquicios de la cortina, alumbrando tenuemente su habitación. Se recostó en la cama, recibió el beso de buenas noches y, una vez que papá se marchara de la habitación, se incorporó y recorriendo una vez más la cortina, se sentó a contemplarla.

A partir de ese momento, siempre soñó con ir a la Luna. Desde esa edad, recordaba, le encantaba sentarse al borde de su cama cuando todos se habían dormido y, tras recorrer como la vez primera la cortina de su ventana, se pasaba horas absorto en la contemplación de aquel mágico satélite preguntándose cómo se sentiría visitarlo, imaginando cómo se vería la Tierra desde allá y creando en su mente mil y un historias y aventuras que seguramente viviría allí. También conversaba con ella (¿quién no ha compartido sus penas, miedos o dichas con la Luna?) y cuando la conversación acababa, la Luna acariciaba su frente y su mejilla y él dormía plácidamente a la luz de la Luna.

Desde entonces todas las noches soñaba con visitarla. Con vivir en su superficie todas las aventuras que su mente creaba. Pero lo que más anhelaba era poder sentarse en el borde de ésta y pasar horas contemplando el Universo y las estrellas que lo cubren.

Ése era su mayor sueño y, con el paso de los años, conforme él iba creciendo, lejos de desaparecer, su sueño crecía con él. Aunque tuvo a bien no compartirlo jamás con nadie, pues no era de adultos soñar con tener aventuras en la Luna, pero sobre todo, no lo compartía con nadie porque ése era su sueño, su ilusión, y eso era algo íntimo que no se podía compartir absolutamente con nadie más.

Así que para todos los demás, él sólo era un romántico un tanto excéntrico que disfrutaba de contemplar la luna por horas en el silencio de la noche, mientras los demás dormían.

Sin embargo, aunque no lo compartiera, el sueño seguía presente y creciendo. Al igual que el número de historias que había construido en relación a ella. Y eran tantas y tan variadas que, una fresca noche de marzo, con la Luna en cuarto creciente tomó una de esas historias y, dándole forma entre sus manos, tras abrir la ventana, la acomodó con mucha delicadeza al borde de la cama, en el lugar donde solía sentarse.

Sobre ella colocó otra de sus historias y, encima de ésta, otra, y otra más y así, hasta apilar una torre de historias y cuentos que llegaron hasta la Luna misma.

A mitad de la noche, nuestro héroe escaló por sus historias y conquistó su sueño. Se sentó justo en el filo de la luna creciente y, con los pies colgando sobre el espacio, y recargado sobre la Luna misma, le contó a ésta una a una sus historias mientras contemplaba la Tierra y la inmensidad del Universo.

Aquella noche la Luna sonrió.

Y el muchacho también.

Una brisa suave acarició a todos aquellos que soñaban a la luz de la Luna.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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