La extraña pareja

Me gustaría comenzar esta reflexión con la siguiente historia, titulada “La extraña pareja”, que llegó a mí hace catorce años a través del cantautor español Ismael Serrano. Me parece que es una de esas historias que ya han pasado a formar parte de la memoria colectiva, puesto que otras personas se han apropiado de ella y ya también ha circulado en las redes sociales, ese mundo virtual en el que ahora todos –o casi todos– transitamos:

¿Sabían que antes de que el mundo estuviera habitado por seres humanos fue habitado por Emociones y Sentimientos? ¿No lo sabían? Hace muchos, muchos años.

Estaban muy aburridos. No sabían a qué jugar. La Imaginación –que ya saben cómo es– propuso jugar al escondite y a todos les pareció bien. “¿Pero quién cuenta?”, preguntaron las Emociones y Sentimientos.

La Locura –que ya también saben cómo es– levantó la mano, corriendo, “¡Yo! ¡Yo! Yo cuento y el resto se esconde”. “Bueno, en fin, que cuente La Locura”, dijeron las demás Emociones y Sentimientos.

La Locura volvió la cara contra el árbol y empezó a contar, “10, 19, 2, 25, 38”, en total desorden, como sólo puede ser la Locura. Y uno a uno se fueron escondiendo todos. “5, 16, 20”. Ya se habían escondido todos. Sólo faltaba el Amor, que no sabía dónde meterse. Iba de un lado para otro: “Aquí… no. Aquí… tampoco”. Es que –ustedes ya saben– el Amor suele ser bastante indeciso.

Por fin, la Locura terminó su cuenta “99, 100, ¡Voy!”. Se dio la vuelta: a la primera que vio fue a la Pereza, ahí tumbadita: “¡1, 2, 3, por la Pereza!”.

A la Imaginación la encontró entre las nubes; a la Tristeza la encontró detrás de un sauce llorón; a la Ingenuidad la encontró en un rincón con los ojos tapados con sus manos, creyendo que no iba ser encontrada; al Miedo lo encontró agazapado en el hueco de una cueva; a la Mentira la vio allí, pero como era Mentira, estaba un poco más allá, “¡1, 2, 3, por la Mentira!”.

Así aparecieron todas las Emociones y Sentimientos, menos el Amor. Y es que no sé si ustedes saben que a veces el Amor tarda en aparecer.

El juego empezaba a ser aburrido, dejaba de ser divertido porque el Amor seguía sin aparecer. El Amor, por fin, se había escondido en un zarzal en el último momento. Sin que nadie lo viese pegó un salto, se coló dentro y ahí esperaba. Y empezaron todos a buscarlo “¡Amor, sal ya!”, pero el Amor –como les dije antes– a veces tarda en salir.

La Envidia, que suele preocuparse bastante más del prójimo que de sí misma, se acercó al oído de la Locura y le dijo: “El Amor está ahí encerrado en esas zarzas”.

Así que la Locura se dirigió a las zarzas y le dijo: “Amor, sal ya”, pero el Amor tenía miedo, ¿saben que a veces el amor tiene miedo de salir, verdad?

Muy enfadada, la Locura metió la mano entre las zarzas para sacarlo de la solapa, con tan mala suerte que se clavó una espina. No sé si saben que a veces hacer salir al Amor es doloroso.

Muy enojada, la Locura agarró una vara que había a un lado, la introdujo entre las zarzas y empezó a agitarla fuertemente. “¡Amor, sal ya!”. Y de repente todos escucharon un grito. Quedaron paralizados sin saber qué hacer. De entre las zarzas salió el Amor con las cuencas de los ojos ensangrentadas. La Locura, en su locura, al meter la vara entre las ramas le había sacado los ojos, dejándolo ciego, dejando al Amor ciego para siempre.

Todos se quedaron muy tristes, sin saber qué hacer. Nadie reaccionaba. Cuentan, entonces, que fue la única vez que la Locura habló con sensatez, pues dijo: “Desde ahora yo seré sus ojos”. Es por eso que desde entonces el Amor es ciego y la Locura son sus ojos.

Valdría la pena formularnos la siguiente pregunta: ¿Cuál es la utilidad práctica de este relato? ¿Para qué nos sirve? ¿En verdad un relato como éste –o cualquier otro– debe tener una utilidad?

Hace poco más de un mes tuve la oportunidad de participar en una mesa de discusión acerca de la relación de la Academia con la difusión de la literatura. Una de las ideas que defendí en aquel momento consistía en que, lamentablemente, muchos académicos y profesionales de la literatura –creo que yo también debo incluirme–, lejos de promover que las personas se acercaran a la literatura, habíamos hecho justamente lo contrario: alejarlas. En parte –y sin que esto sea una excusa– porque no es ésta una de las finalidades de quienes se dedican a las letras, pero principalmente porque un profesional de la literatura suele privilegiar la alta literatura por sobre las otras formas de la misma. En otras palabras, para el común denominador de estos profesionales, autores como Miguel de Cervantes, Alexandre Dumas, William Shakespeare –por mencionar los primeros que me vienen a la mente– siempre estarán por encima de autores como Stephanie Meyer, E. L. James y el tan criticado y odioso Paulo Coelho.

No haber leído El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha o Los Tres Mosqueteros se ha convertido en un pecado que amerita la excomunión y el desprecio de aquellos que se hacen llamar humanistas: una paradoja si asumimos que el humanista se interesa, precisamente, por el ser humano, de ahí que lo último que esperaríamos de un humanista es que discrimine de este modo a otro ser humano. Si alguien prefiere la llamada literatura pop –Stephanie Meyer, E. L. James o Paulo Coelho– se convierte de un segundo a otro en la persona más zafia e inculta de la tierra: “¿Por qué lees eso si existen otras obras de mucha mayor calidad?”, le reprocharan aquellos lectores de la alta literatura que han minimizado a esta forma de expresión; “¿Que no se trata de que las personas leamos más?”, contraargumentarán aquellos entusiastas lectores de Twilight, 50 shades of Grey y El alquimista.

Y esto es cierto. Miguel de Cervantes es muy superior a Paulo Coelho, pero sólo desde ciertos puntos de vista: la estructura de la obra, la forma y el fondo de la misma, así como por la manera en que el autor aborda y presenta los contenidos. Y fundamentalmente: el tiempo. Cervantes ha permanecido más de 400 años con nosotros. Algo hay en su obra que le ha permitido mantener esta vigencia y llegar hasta nuestros días. Este solo hecho debería ser un incentivo para su lectura.

¿En qué coinciden, entonces, autores como Miguel de Cervantes y Paulo Coelho? En que ambos están en las mismas condiciones de producir felicidad en el lector que se acerque a ellos: una persona puede experimentar la misma sensación de felicidad al leer una obra de Paulo Coelho que la felicidad que experimenta otra persona que ha encontrado regocijo y alegría en Don Quijote de la Mancha, un clásico de clásicos. Los millones de lectores de Game of thrones, de George R. R. Martin, sienten el mismo placer al leerlo que el que yo siento al leer El encuentro, de la premio nobel Nadine Gordimer. Y es que leer justamente es eso: una forma de la felicidad.

En este sentido, me atrevo a afirmar que la literatura, en esencia, no sirve para nada. Es completamente inútil. La literatura –de alta o baja calidad– es una manifestación del temple humano cuya razón de ser radica en el solo placer que causa en quien se acerque a ella. Como decía Jorge Luis Borges:

La frase lectura obligatoria es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¿Felicidad obligatoria? La felicidad también la buscamos. […] Siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad. […] Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas.

 

La literatura: un hermoso objeto inútil

En algún momento escuché a alguien decir que un buen parámetro para medir la calidad de una obra literaria es la capacidad que tiene de cuestionar el mundo en que vivimos y a nosotros mismos. Esto puede ser cierto; sin embargo, también es una de las cerezas que corona al pastel. Para ejemplificar esta idea, me permitiré citar un fragmento del último canto de Altazor, un poema extraordinario de Vicente Huidobro:

Al aia aia

ia ia ia aia ui

Tralalí

Lali lalá

Aruaru

         urulario

Lalilá

Rimbibolam lam lam

Uiaya zollonario

                         lalilá

A simple vista, este poema invita a todo, menos a cuestionarnos a nosotros mismos, al mundo o al ser humano, ¿cómo es que una serie de alaridos escritos se convirtieron en una de las obras más importantes de la poesía latinoamericana? Evidentemente, mi juicio es a priori. La obra de Huidobro ha de juzgarse en su contexto y este último canto ha de evaluarse también en relación a ese contexto. Sólo así podremos descifrar, en efecto, qué aspectos cuestionó y doblegó al cerrar en estos términos Altazor, una obra por demás extraordinaria. Lo cierto es que un lector que busca la felicidad y el regocijo en una obra literaria no tiene por qué ver en este poema esa misma calidad literaria. Tal vez la curiosidad lo lleve a investigar un poco y quizá lo descifre. Tal vez no.

Creo que la belleza de la literatura radica en eso: en ser un hermoso objeto inútil. Sé que una afirmación de esta naturaleza podría sonar aventurada, pero –pensemos– ¿estaríamos dispuestos a desprendernos de este maravilloso objeto inútil? Si decimos que sí, lamento decir que tendríamos que deshacernos también de otro montón de objetos inútiles vinculados a la literatura. Adiós al teatro y con él su forma contemporánea: el cine y las series que todos los días vemos en Netflix, pues éstas –en cierto sentido– son formas evolucionadas del teatro, ¿de verdad queremos deshacernos de este maravilloso e increíble objeto inútil que es la literatura? ¿En verdad queremos renunciar a series profundamente literarias como Breaking bad, House of cards, Mad men y tantas otras? ¿Estamos dispuestos a renunciar a estas formas modernas del fenómeno literario? Por lo menos yo no.

Con este escenario como base, entonces podemos preguntarnos: ¿por qué leer literatura si se trata de un objeto inútil? ¿Para qué acercarnos a la literatura? Justamente para acceder a una forma de felicidad. Debo reconocer que en algún momento –como dije antes– yo también privilegié la alta literatura por sobre otras formas de la misma.

Por esas curiosas circunstancias de la vida, actualmente me encuentro alejado de la soberbia de las élites literarias, pero también de la aparente autosuficiencia de ciertos círculos académicos, ello me ha conducido a replantear mi postura con respecto de los acercamientos a la literatura. En este sentido, soy partidario de que las personas se acerquen a las obras literarias que más los hagan felices y que les brinden un momento de placer, disfrute y alegría. Ése es el primer acercamiento que debe causar la literatura: de regocijo, de diversión, de felicidad. No importa si se trata de literatura pop, destinada al olvido. Ya habrá otro momento para que ese lector se acerque a la alta literatura y, entonces, compare el manejo de temas, personajes, situaciones, contenido y la capacidad de observación de los autores consagrados con respecto de los autores pop. Y también hay que decirlo: no pasará nada si el amante de la literatura pop decide no acercarse a la alta literatura. Incluso, si una persona decide rotundamente alejarse de la literatura tampoco pasará absolutamente nada. Ni en uno ni en otro caso estos hechos harán que cesen las guerras o que la humanidad deje de tener hambre. Tal vez ésa sea la esperanza, pero no hay ninguna garantía de que ocurra. Este planteamiento conduce a otra afirmación necesaria: la literatura no crea mejores personas.

 

¿Leer literatura nos hace mejores personas?

Uno supondría que ser mejor persona es la consecuencia natural de un encuentro tan importante como lo es el de un ser humano con un libro (o muchos libros). Lamentablemente, la literatura no crea mejores personas: la literatura puede hacer más vil a la persona más inhumana; también puede hacer más bondadoso al que ya es caritativo. Y viceversa. Lo que tal vez sí sea cierto es que tanto el bondadoso como el vil tienen muchos más elementos para defender y legitimar su condición –o la condición que hayan elegido profesar– si cuentan con un vasto bagaje literario, pero ello no garantiza que una persona se convierta en un ser humano íntegro, digno y ejemplar, luego de leer una obra literaria. Paul Auster, en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, desarrolla esta idea en términos más elegantes y precisos:

A algunos les gusta pensar que una apreciación aguda del arte puede realmente hacernos mejores personas –más justas, más comprensivas y con una mejor moral. Quizá es verdad –en ciertos casos raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler comenzó su vida como un artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos en prisión leen literatura, ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

Una obra literaria es una puerta de acceso al pensamiento de una persona, real o ficticia. Es este pensamiento el que puede legitimar el comportamiento más ruin o el más ejemplar, de ahí que la literatura no produzca necesariamente mejores seres humanos. Al ser, entonces, la literatura la perspectiva que alguien tiene del mundo, esta perspectiva es la que, en última instancia, puede sernos útil, ya para convertirnos en los seres más viles y despreciables, o en los más apacibles y bondadosos.

 

¿Por qué leer literatura?

Como bien señala Mark Turner, el ser humano es, en esencia, un ser literario. Todos los días contamos historias: cuando le explicamos a nuestro hermanito cómo hacer una suma, inventamos manzanas imaginarias, naranjas invisibles y peras imperceptibles; cuando relatamos el chisme del fin de semana, ubicamos temporalmente hechos que bien pudieron ocurrir, pero –con toda certeza– lo mejor del chisme radica en el modo en que lo sazona aquel que lo relata, ya sea través de la discreta y precisa exageración, ya sea mediante el seductor velo de la sugestión. Somos seres literarios. La vida humana sería mucho más complicada si renunciáramos a nuestra capacidad narrativa. Habría que preguntarnos –al más puro estilo de un científico cognitivo– si este hermoso objeto inútil que es la imaginación narrativa está vinculado a la evolución humana. Otra vez, Paul Auster lo plantea de un modo más bello:

La ficción, sin embargo, existe en un reino diferente de cierto modo al de otras artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, que es común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a tener hambre por las historias. Quienes somos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre o nuestra madre se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que estos elementos llenarían de espanto a un niño; pero lo que el niño experimenta a través de estos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

¿Recuerdan la historia que relaté al principio de mi participación? No sé si sea literatura, pero con suerte nos causó un rato de alegría. Con otro poco más de suerte, nos permitió concebir desde otra óptica los sentimientos y emociones humanas. Más interesante todavía: tal vez nos haya invitado a cuestionarnos si en verdad las emociones y los sentimientos son de esa manera. Quizá nos haya permitido entendernos mejor a nosotros mismos. Y también puede que no haya causado absolutamente nada en nosotros. Las posibilidades son infinitas, ¿quién puede saberlo? ¿Quién puede anticiparlo? Sólo aquel que –siguiendo la idea de Paul Auster– se encuentra con la obra literaria escrita por ese completo extraño con quien ha entablado un momento de absoluta y franca intimidad.

Antes de concluir, quisiera citar al poeta argentino Juan Gelman:

se sienta a la mesa y escribe

«con este poema no tomarás el poder» dice

«con estos versos no harás la Revolución» dice

«ni con miles de versos harás la Revolución» dice

 

y más: esos versos no han de servirle para

que peones maestros hacheros vivan mejor

coman mejor o él mismo coma viva mejor

ni para enamorar a una le servirán

 

no ganará plata con ellos

no entrará al cine gratis con ellos

no le darán ropa por ellos

no conseguirá tabaco o vino por ellos

 

ni papagayos ni bufandas ni barcos

ni toros ni paraguas conseguirá por ellos

si por ellos fuera la lluvia lo mojará

no alcanzará perdón o gracia por ellos

 

«con este poema no tomarás el poder» dice

«con estos versos no harás la Revolución» dice

«ni con miles de versos harás la Revolución» dice

se sienta a la mesa y escribe

Si la literatura no hará la revolución ni nos llevará a conquistar a esa persona que amamos apasionadamente, ¿por qué leerla? Porque además de ser una forma de felicidad, es un acercamiento a una de las más maravillosas e increíbles manifestaciones del temple humano. La literatura es una ventana en la que podemos descubrirnos a nosotros mismos. Si una obra literaria además de hacernos felices nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, entonces vale la pena hacer todo lo que esté a nuestro alcance para posibilitar este encuentro.

Para Centuria Noticias: Aldo García Ávila / Germán Gis

a.garcia@centuria.mx / g.gis@centuria.mx

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