En la sala de su casa había colgado un cuadro impresionista, donde aparecía pintado un café parisino con unos cuantos comensales en las mesas que daban a la calle y, en esta, unos pocos transeúntes. Llovía, quizás por eso había tan poca gente.

¿Que cómo sé que era parisino el café? Bueno, pues porque al fondo se perfilaba la Torre Eiffel.

Pues bien, todos los días se dedicaba unos cuantos minutos para perderse en la contemplación de dicho cuadro. Decía que perderse en él, entre sus calles y sus cafés, le permitían despejarse, relajarse y encontrarse consigo mismo. Además imaginaba cómo era sentarse en ese café, con la llovizna cubriéndolo, y degustar un espresso y un pan con chocolate mientras contemplaba a la distancia la Torre Eiffel.

Era una rara costumbre que tenía pero, vamos, ¿quién no tiene un hábito que raye en lo extravagante?

El problema no era éste; el problema se vino cuando pasaron nueve días seguidos en que no se apareció por el trabajo, ni visitó a su familia, ni contestó el teléfono. Pensando lo peor y ante el testimonio de la siempre vigilante vecina de que en ningún momento lo había visto salir, sus allegados acudieron a su casa. Como pudieron abrieron la puerta y entraron. Recorrieron la casa, se asomaron debajo de la cama, en el patio, en el baño, en el closet, pero no había rastros de él.

Al cabo de un tiempo, y ante tanta conjetura, se reunieron en la sala para discutir las posibles opciones de lo que estaba pasando. Fue en ese momento que vieron cómo, dentro del cuadro, se acercaba una silueta que no les era del todo desconocida. Era él.

Ante el asombro de los presentes salió de la pintura y les explicó que se había cansado de contemplar el cuadro y que se había adentrado a este para degustar un café, conjuntamente con un pain au chocolat bajo la llovizna francesa y que, entrados ya en gastos, pues decidió perderse por entre las calles parisinas hasta llegar a la base misma de la Torre Eiffel. Una vez hecho esto, buscó una pensión barata donde pudiera pasar unas cuantas noches. Pasado el tiempo acordado, regresó hacia su casa entonando una melodía francesa que había escuchado y aprendido por ahí.

Su sombrero y su abrigo tenían frescas gotas de lluvia que avalaban su versión.

Ante la estupefacción de todos los presentes que se negaban a dar crédito de lo que oían, pese haberlo visto salir del cuadro, sacó del bolsillo de su abrigo una larga bolsa de papel estraza de la que comenzó a sacar pequeños pains au chocolat franceses que repartió a cada uno de los presentes; hecho esto, agradeció la visita de los mismos y, educadamente “dejándolos en su casa”, se marchó a dormir.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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