Como cada sábado último del mes, Hernán ocupa el asiento nueve de la séptima fila de la sala del cine al que va con su esposa. Hernán es un nostálgico amante del séptimo arte y de la experiencia de ir al cine. Nunca se ha acostumbrado (ni ha querido hacerlo, dicho sea de paso) a los multicinemas, pues no hay ni intermedios ni permanencias voluntarias, además abunda el barullo y el descontrol, ya que en múltiples salas se proyectan diferentes (o a veces las mismas) películas a la vez

─No hay orden alguno. ¡Es un pandemonio! ─se queja energéticamente cada vez que acompaña a su esposa a ver los estrenos del verano─. ¡No hay respeto por las tradiciones, por el cine, por las películas mismas!

Su esposa le pide que se calme y, por enésima vez, trata de explicarle que los tiempos cambian y que, a fin de cuentas, se trata de ir al cine a ver una película, por lo que es lo mismo, pero él se mantiene inflexible.

─¿Pero cómo va a ser lo mismo? Ahora ya nadie disfruta de salir en paz, a mitad de la película, a estirar las piernas y compartir impresiones del filme con los demás asistentes mientras se avanza por la fila en la dulcería ─continúa quejándose.

Sin embargo, pese a su molestia, siempre guarda silencio al iniciar la película y disfruta de los primeros sesenta minutos de la misma. Pasado este lapso, sin importar el momento de la trama, Hernán se levanta, interrumpiendo la visión de su esposa y de los demás espectadores, y tras recorrer toda la fila sale de la sala. Si el multicinema no da intermedio, él se lo crea, sin excepción, siempre que va al cine, aunque sea para estirar las piernas y pasar al baño, pues comentar la película con los demás asistentes no es posible.

─Aunque no sea lo mismo y uno se pierda algunos minutos de la película, uno debe preservar las tradiciones ─se dice a sí mismo mientras hace uso del mingitorio─. De lo contrario ¿qué nos queda? ¿Qué sería de nosotros si dejáramos que todo lo clásico muera?

Y reflexionando sobre estas cuestiones se dirige al lavamanos en el justo momento en que sobreviene el apagón. Un apagón que no dura mucho, pues en unos pocos segundos el generador del cine comienza a funcionar y al poco tiempo la luz se restablece.

─Es curioso ─piensa Hernán mientras se lava las manos─ usualmente, cuando hay un apagón, los gritos y los silbidos no se hacen esperar. Y más si el apagón interrumpe las proyecciones de las múltiples salas; sin embargo, no hubo ni un solo ruido. Se fue la luz y nada, como si el lugar estuviera desierto.

Su reflexión le hace gracia y sonríe mientras seca sus manos en el pantalón. Entonces abre la puerta del baño y se da cuenta de que, en efecto, el lugar se encuentra desierto. No hay nadie en los pasillos, ni en la dulcería, ni en la taquilla. Recorre cada una de las salas del multicinema  y no encuentra a nadie. Ni a los espectadores, ni al cácaro, ni siquiera las cintas proyectándose, como si las salas estuviesen abandonadas.

Extrañado, se dirige hacia la sala donde él había entrado, la última del pasillo, en busca no ya de otras personas sino de su esposa, pero ella tampoco está: la sala se encuentra desierta, se ha esfumado como el resto de las personas, con la única diferencia de que la película de la sala sigue corriendo.

Hernán no entiende bien de qué va la película y su sentido común le indica que debería de seguir buscando, pero hay algo en la proyección que le llama, como hipnotizándolo y termina encaminando sus pasos hacia la butaca nueve de la séptima fila, donde se sienta a contemplar el filme.

No pasan ni dos minutos cuando a cada costado de Hernán se sientan dos hombres, como sacados de un comando SWAT, aunque con los rostros descubiertos, con expresión adusta y sendas escopetas.

Hernán no alcanza siquiera a reaccionar cuando uno de los hombres dice por un aparato de radio que el objetivo está asegurado, mientras le sujetan con fuerza de los brazos y lo arrastran, impertérritos, hacia el pasillo exterior, ignorando las preguntas, los gritos, las patadas y las súplicas que Hernán hace para que lo dejen libre.

Cero explicaciones, pero sí mucha violencia. Conforme lo arrastran por el pasillo exterior, que pareciera alargarse indefinidamente, los apretones en los brazos van ganando fuerza haciendo que Hernán grite de dolor. Ante ello, uno de los hombres del Comando le encaja un fuerte golpe en las costillas con la culata de la escopeta que hace que Hernán, por bien propio, se calle y así, en silencio, lo arrastren por el pasillo principal del multicinema.

Hernán, ya sin quejarse, vuelve a preguntar quiénes son, a dónde lo llevan y qué quieren de él, pero la tolerancia de aquellos dos hombres es casi nula y vuelven a golpearlo, esta vez más fuerte que la vez anterior, en la nuca y Hernán se desmaya.

Cuando recobra el conocimiento y abre los ojos, se da cuenta de que lo siguen arrastrando por los pasillos del multicinema. Un pasillo por aquí, vuelta a la izquierda, un pasillo por acá, vuelta a la derecha, otro pasillo y otro y otro y otro más, al grado de parecer estar en un laberinto interminable de pasillos alfombrados en lugar de un multicinema. Los hombres no se han dado cuenta de que Hernán ha despertado y él ha aprendido que lo mejor es no hablar, por lo que se deja arrastrar por los pasillos en un tiempo que se le antoja eterno.

Finalmente, se detienen frente a una puerta de madera y entonces Hernán siente cómo uno de los hombres, el que le había dado el golpe fulminante, libera la presión del brazo del que le sujeta para buscar en sus bolsillos la llave que, presumiblemente, abre dicha puerta.

Es ahora o nunca, piensa Hernán. Es la única oportunidad que tiene para escapar y aunque no haya garantía de que tenga éxito muy probablemente no habrá otra ocasión así.

Es ahora o nunca, repite para sus adentros y, antes de que sus raptores puedan darse cuenta de qué es lo que pasa, Hernán se gira hacia el hombre que aún lo sujeta y, tras darle un fuerte puñetazo en el rostro, echa a correr por el pasillo, alejándose de la puerta de madera y de sus captores.

Es cuestión de segundos para que los hombres se recompongan de la impresión y corran tras él mientras le ordenan con gritos que se detenga. Hernán hace caso omiso y continúa corriendo hasta internarse a un pasillo lateral, al final del cuál divisa una puerta y hacia ella corre a toda velocidad, pero sus captores le siguen de cerca. Los gritos y los pasos se escuchan cada vez más y más cerca, pero de igual manera él se está acercando a la puerta. Tan sólo son diez metros… los pasos se acercan… nueve… las órdenes son cada vez más fuertes… cinco… están encima de él…  dos…

Y entonces los pasos se detienen en seco. Hernán no voltea pero sabe que ya no le siguen. Cubre la distancia que le falta por llegar a la puerta y toma el pomo de la misma. Es en ese punto cuando suena el corte de cartucho.

Hernán, quien fuera cazador durante sus años de juventud, conoce a la perfección el sonido y entiende por qué los pasos se detuvieron: le están apuntando.

─¡No lo haga, señor! ─le ordenan a la distancia─ ¡No lo haga o nos veremos obligados a disparar!

Es un momento decisivo, reconoce Hernán. Tal vez pudo haberlos vencido en piernas, pero nada puede hacer ante dos escopetas que le apuntan fijamente. Se siente decepcionado. Había estado tan cerca de escapar, pero al final no pudo hacerlo. Baja la cabeza, suspira resignado y entonces abre la puerta. El chasquido del picaporte coincide con el sonido del disparo pero ya no hay vuelta atrás. Empuja la puerta con todas sus fuerzas y se lanza a sí mismo al interior de la sala a la que ésta conduce. Comienza a correr de nuevo, pero se detiene al tropezar con una señora que va saliendo en compañía de dos pequeños niños. Detrás de ella, viene una pareja y detrás de ésta, una familia y otra y otra más. Decenas de personas salen por la puerta que ha abierto y que resulta ser la puerta de salida de una sala del multicinema.

Al final de todas las personas, en el interior de la sala, se encuentra la esposa de Hernán quien lo recibe visiblemente molesta, pero también aliviada por haberlo encontrado.

─¿Dónde te habías metido? ─le dice mientras se encaminan hacia la salida─ ¡Te fuiste casi toda la película y creo que te habría gustado! Fíjate que hasta había un actor que se parecía mucho a ti y hubiera querido que lo vieras. Se parecía tanto a ti que hasta creí que eras tú, pero luego me dije que eso era imposible, porque tú no puedes correr tan rápido. Fíjate que hay una escena donde dos tipos agarran al actor éste que te digo que se parece a ti y lo golpean y lo arrastran por unos pasillos secretos, que parecían interminables, para matarlo, pero justo en el último momento, cuando están por cruzar una puerta de madera, el actor les da un golpe y se les escapa, pero ellos lo persiguen y lo amenazan con unas escopetas. Es entonces cuando…

Su mujer continúa hablando, pero Hernán ya no escucha. No entiende qué es lo que ha pasado pero ahí está él, en el multicinema, con su infinidad de salas y su carencia de intermedios, con su barullo y sus pasillos llenos de gente. Ahí está la dulcería y un poco más allá, antes de llegar a la puerta que da a la calle, la taquilla.

De sus dos captores o del disparo no hay señal alguna. Solamente el intenso dolor que siente en sus costillas y en su nuca, con los moretones que los golpes recibidos le dejaron…

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un cuento infantil publicado en línea, llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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