Todas las tardes, en punto de las dieciocho horas, se sientan juntos a comer en silencio.

Es un momento sumamente relajante, pues se trata de un silencio cómplice, para nada incómodo. Comen con las cortinas abiertas para ver cómo la luz del sol recorre despacio la casa y poco a poco se retira a dormir, envolviendo todo en penumbras. Cuando esto ocurre, ella recoge los platos y los lava mientras él le canta, desde la mesa, alguna canción aprendida en su tierra, un remoto lugar del medio oriente, lleno de fábulas y leyendas repletas de seres fantásticos.

Aunque no lo dicen, es el momento del día que más disfrutan. Las notas entonadas parecieran no ser de este mundo y ella se deja envolver por ellas y por la sublime melodía que toca una a una sus fibras más sensibles en un cálido abrazo musical. Es tanta la nostalgia con la que canta que puede sentirse en su voz y en más de una ocasión Ana lo ha visto llorar.

Ella no dice nada. Ella también sabe lo que se siente tener el corazón roto y la necesidad de llorar sin que nadie juzgue, pregunte, reprima ni diga nada. A veces solamente necesitamos llorar y no estar solitos. Y ya. Y ella lo respeta pues, se dice, el respeto es fundamental, y tristemente se ha vuelto tan escaso en estos tiempos.

Es por eso mismo, por el respeto, que jamás le ha preguntado su historia, ni su nombre, ni su origen. Y es algo que no le preguntará. Ni siquiera ha preguntado si es un yinn, por muchas sospechas que tenga para creerlo, como el humo que envuelve sus extremidades inferiores, su piel de tonos azulados o su descomunal tamaño que sobrepasa los tres metros y medio. Ella no le preguntará nada de eso. Lo respeta, comparten la comida y él le canta. Es todo cuanto necesita.

Él, por su parte, también la ha visto llorar mientras ella lava los trastes. Y es por eso que le canta. Es su manera de acompañarla y de dejarla llorar sin reprimirla ni juzgarla. Sobre todo, es su manera de respetarla, ya que sin el respeto, se dice, el mundo se ha convertido en lo que ahora es. Es por ello que tampoco le ha preguntado su nombre, aunque él sabe que se llama Ana, ni de dónde viene, ni su edad.

Es por ello que tampoco le ha preguntado cómo murió ni si ella sabe que está muerta. Tienen la comida que comparten, el silencio, las canciones, sus tristezas y el respeto. Así lo han venido haciendo durante los últimos 400 años. Y es todo cuanto necesita.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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