Vives solo y te dispones para ir a tu nuevo trabajo como responsable de las oficinas de Calvillo, a cuarenta kilómetros de la ciudad.

Hace frío.

Es una de esas mañanas que lo llenan todo de neblina. De esas neblinas en que la calle y los árboles se difuminan y se pierden a menos de cien metros.

Aunado al hecho de que el sol permanece detrás de las nubes y que de éste sólo se percibe una muy tenue resolana, el lugar tiene un cierto toque a Silent Hill pero con muchos más árboles (es el problema de vivir en las nuevas urbanizaciones campestres de las afueras de la ciudad).

La neblina se mueve tan silenciosa y densamente por entre los árboles que no puedes evitar pensar, pese a tu raciocinio innato, en el mismísimo letrero de Silent Hill o en las historias que has escuchado acerca de Slender Man o de apariciones y espectros que en el pueblo te contaban cuando eras pequeño y, por tanto, aunque no quieras, comienzas a sentir al miedo reptando por tus entrañas e instalarse en tu interior. Eres altamente sugestionable y el fenómeno meteorológico combinado con tu lectura matutina de Stephen King (La niebla) hacen mella en tus emociones. Casi sin darte cuenta aceleras tu paso en dirección a tu coche esperando no encontrarte con nada fuera de lo normal en el trayecto y solamente cuando has conseguido entrar a éste suspiras profundamente y te relaja.

Accionas todos los seguros y arrancas. Te repites una y otra vez que dejes de pensar en tonterías y que dejarás de leer a Stephen King por un buen tiempo.

Al poco te encuentras ya en la carretera, riéndote de ti mismo y de tu sugestión. Después de todo, te dices, el clima frío te gusta y la bruma torna al paisaje mucho más agradable.

Al final, volviendo a tu ecuanimidad característica, pones un poco de música para amenizar el camino. Te decides por «Nothing else matters» y aceleras un poco.

— ¿Podría bajar el volumen, por favor? — escuchas detrás tuyo mientras una mano esquelética se posa sobre tu hombro y un frio helado se apodera de tu ser.

Son las 6:48 am.

Tu auto es encontrado minutos más tarde al fondo del barranco a donde ha caído. En su interior solamente encuentran un cuerpo, el tuyo, con un rictus de terror en el rostro.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz de la Cruz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 250 cuentos de su autoría. Alrededor de 10 de esos cuentos son de corte infantil. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento «Resistencia», homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: «Tres meses de bonanza» y «Algodón de azúcar». Fue colaborador en el año 2019 de la Antología Internacional Solidaria «El Filo de ELA» y se encuentra colaborando en otra antología de corte solidario, llamada «La Navaja del Silencio», a publicarse en 2021. Es autor del minilibro «Lobo» (Minilibros Sonora 2019) y está próximo a publicar su libro «Cuentos (no tan) comunes sobre personas comunes (Nueva Luz 2020). Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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