A lo largo de los siglos ha habido oficios y ocupaciones que, después de un periodo de auge, han encontrado su extinción, o bien, han sido relegadas a ocupaciones meramente artesanales, de las cuales solamente echan mano los nostálgicos de tiempos anteriores. Ahí están, por mencionar algunos, los forjadores de espadas, los escribanos, los reparadores de máquinas de escribir o los serenos. Con el paso del tiempo, todos estos singulares personajes se volvieron prescindibles a los ojos de este mundo y, al día de hoy, es imposible encontrar a algunos de ellos.

Uno de estos oficios casi extintos es el de tejedor de nubes. Un oficio del que, a la fecha, casi nadie ha oído hablar, pero que en las épocas en que la magia se encontraba en cada rincón del mundo, se trataba de uno de los gremios más respetados del Valle.

El tejedor de nubes era una especie de sastre que, tras los primeros vientos de cada estación, salía al bosque o a los montes a recolectar los copos de nube que se esparcían por toda la región. Como es de todos sabido, a los pocos minutos de haber caído de los cielos, los copos de nube se condensan y se convierten en agua, de manera que los tejedores de nubes se tenían que apresurar para recolectarlos y untarlos con un aceite especial que evitaba que se condensaran. De esta manera, era posible trabajar con ellos.

Una vez realizada la cosecha de copos de nubes, los remojaban durante dos días con sus noches y posteriormente los colgaban en pequeños tendederos de cáñamo para que pudieran “curarse” al sol. De esta manera, tenían un copo de nube maleable del cual extraían delicados hilos más suaves que la seda, más maleables que el agua y más resistentes que las telas de araña de las míticas canciones infantiles.

Con este material, los tejedores de nubes elaboraban delicadas y finas prendas de vestir que, por su belleza y suavidad, eran apreciadas por todos los habitantes del Valle, incluida la familia Real, cuyos integrantes disfrutaban lucir ostentosamente estas prendas en los bailes de la región.

El problema con las prendas hechas con hilos de nube es que, al no haberse condensado, con el paso del tiempo (tres ciclos lunares, para ser exactos) comenzaban a compactarse hasta verse reducidas nuevamente a su forma de copo de nube original y se elevaban suavemente hacia los cielos donde se homogenizaban con las otras nubes, en espera de la próxima lluvia o la próxima ventisca que les hiciera caer de nueva cuenta sobre el Valle.

Por tanto, a decir de los vanguardistas, el oficio de los tejedores de nubes no era un oficio rentable, puesto que el producto, sin importar cuán bello y delicado fuera, era completamente perecedero.

Así pues, conforme las grandes marcas de diseñadores fueron creando sus imperios, los legendarios tejedores de nubes fueron perdiendo terreno hasta ser relevados casi por completo al olvido.

Aun así, en algunos remotos parajes pueden observarse, cada tres ciclos lunares, cómo los pequeños copos de nube se elevan hacia los cielos. Al día de hoy, una prenda hecha con hilo de nube es casi invaluable.

Cabe decir que, como todos los oficios que han salido a la luz a lo largo del tiempo, los tejedores de nubes también resguardaban con celo su secreto: cada prenda confeccionada por hilos de nube tenía inscrita una forma en su patrón de tejido. Cuando la prenda se compactaba y el copo de nube flotante se amalgamaba con las otras nubes, la forma oculta en el patrón se liberaba y, entonces, las nubes tomaban la forma que hubiese estado oculta en el tejido.

Es por eso que a veces las nubes tienen forma de corazones, de elefantes bailarines, de rostros sonrientes, de sueños, de suspiros, de todo, menos de nubes.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también Médico de la Risa, conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 160 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza", y un cuento infantil llamado “Algodón de azúcar” bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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