(Texto original de Karla Gutiérrez Hernández**)

 

La estación de gasolina de Santa Cecilia***, de un municipio de Hidalgo muy cercano a la refinería de Pemex, parece un leit motive de una película del viejo oeste, donde el único movimiento es el del viento, con pequeños rechinidos de terror, solitaria y triste en pleno enero del 2019. Como si no existiera gente y mucho menos carros, sobre las máquinas despachadoras hay una manta en donde versa un anuncio: “Se vende estación con todo y terreno”, pero la historia de esa estación no se resume en una venta, ni en su tétrico aspecto.

Desde hace seis años, familias enteras de Santa Cecilia se dedican al “huachicol”, término usado para la extracción ilegal de gasolina mediante tomas clandestinas para la venta a precio muy bajo, desde luego: bajo el conocimiento de trabajadores de Pemex. Muchos de ellos operan desde la refinería y son quienes han ayudado a localizar tomas, rutas y horarios de distribución. La toma de la que se han abastecido no se encuentra en dicha localidad; está a unos 10 o 12 kilometros en “El Mezquite”, que era visitado por los vecinos de la comunidad aledaña de Tenancingo como parte de una atracción, pues es un árbol muy grande y muy viejo que proporciona una sombra extensa. Yo tengo muy buenos recuerdos de ese lugar: en mi infancia, durante las vacaciones de Semana Santa, con toda mi familia. Hasta hace unos días, esa área estaba controlada, pues desde ahí se “ordeñaban” los ductos y comenzaban la distribución desde las comunidades aledañas hasta otros municipios y Estados.

Mi abuelo es originario de Tenancingo. Salió a trabajar a la Ciudad de México durante 35 años y desde hace 25 años se jubiló y regresó a su pueblo, como él le dice. A través de su ventana ha visto cómo familias enteras de campesinos se han transformado en “huachicoleros”, sicarios y secuestradores de comunidades enteras, como la de él, pues se ubica entre la toma clandestina y el lugar donde maniobran. Triste, desde su ventana, ve cómo su pueblo se ha convertido en un paso delincuencial: tiroteos, camionetas, gritos y música de banda son los componentes de cada noche y madrugada en estas comunidades.

¿Quién les dio la “concesión”? Nadie sabe ¿Cuántos litros sacan al día? Miles, pues toda la noche no dejan de pasar, desde las 11 de la noche hasta las 5 de la mañana.

¿Cuántos son los implicados? Difícil de saber cuando casi la comunidad entera está involucrada. Niños de 12 años entregan gasolina a domicilio en bidones de 20 litros a un costo de 600 pesos. Las personas que no quieren comprar son amenazados, por lo que muchos han tenido que hacerlo para poder mantenerse a salvo. También participa gente de la tercera edad: vigilan que el enemigo (la policía u otros huachicoleros) no venga, que nadie vea más de lo que puede ver, en la aparente calma.

Desde hace cuatro años a las 10 de la noche hay toque de queda. Nadie que no pertenezca a las familias de Santa Cecilia sale después de esa hora y si lo hace tiene que identificarse con los “jefes”: si eres de la comunidad, fácilmente te dejarán ir con una pequeña advertencia, si no les debes nada o si no viste algo de su “trabajo”; de lo contrario, saben dónde vives y quién es tu familia, por lo que no dudarán en “visitarte” con arma en mano.

Entre los jóvenes de 15 a 25 años que viven en la zona no hay otra opción más que transcurrir entre camionetas, drogas, prostitución, el negocio de gasolina, armas y dinero: “la vida loca y corta”, lema con el que se han criado y que esperan que no cambie hasta que venga alguien a querer robarles territorio, porque no son los únicos de la zona, pues hay traiciones y hay otras familias que también quieren vivir de eso.

De un pueblo quieto a uno secuestrado, así pasó Tenancingo en los últimos seis años. La mayoría de la gente se dedicaba al campo, al transporte de carga, el comercio, o bien, migraban para Estados Unidos para ofrecer una mejor vida a sus hijos, para que pudieran estudiar, para que no sufrieran una vida precaria como la que por muchas generaciones han sufrido; sin embargo, algunos jóvenes fueron persuadidos por los “los jefes”; no quisieron seguir estudiando y tuvieron de cerca la posibilidad de obtener dinero rápido y “fácil”, mientras que algunos otros son amenazados para trabajar. El negocio es grande y requiere de gente joven que trabaje por las buenas o por las malas.

Por las malas fue como un joven de 22 años fue obligado a trabajar ahí durante largas jornadas para sacar gasolina, cargarla en tambos y subirla en camionetas. Al querer dejar el “negocio” fue asesinado junto con su primo de 26 años , quien lo acompañaba. Su madre desconsolada no puede resignarse: ha perdido un hijo y a un sobrino, ha perdido a su familia, porque su esposo está en Estados Unidos para darles una mejor calidad de vida, para que sus hijos pudieran ir a la universidad, pero ese sueño americano se acabó. Así, de uno en uno, de dos en dos o de diez en diez, se han ido muriendo. La funeraria del pueblo tiene más trabajo que el hospital.

Los pueblos aledaños se han quedado sin jóvenes, con miedo, con incertidumbre, sin trabajo y con mucha gasolina. A mí me deja desconsolada ver por las carreteras gente armada, sabiendo que si los volteas a ver te pueden hacer algo, tener que pasar de largo como si nada pasara. Viendo cómo esto no tiene solución.

Mi papá, quien vivió en ese lugar toda su infancia hasta los 17 años, mira con tristeza su pueblo: se ve desolado, no hay tianguis, no hay comercios y los pocos que quedan tienen una reja, pues debes pedir lo que necesitas desde lejos, como si los dueños estuvieran encarcelados y te vendieran unas galletas “clandestinamente”.

Lo que más entristece a mi papá es que muchos de sus amigos de la infancia se han quedado solos, porque les han matado a sus hijos, sin tener justicia porque no son de dinero u ostentan un apellido poderoso y saben que no habrá justicia para ellos, porque viven amenazados y tras las sombras. El presidente municipal está enterado y coludido, la policía municipal trabaja dándoles protección a los huachicoleros y no se diga la policía estatal. En otras palabras: no hay a quién acudir. Lo único que hay es un dolor profundo por la pérdida de los hijos y de la dignidad.

Desde hace tres semanas se cerraron los ductos y los huachicoleros no se han podido “abastecer” como comúnmente lo hacían. Lo anterior como parte de las medidas contra el robo de gasolina que lleva a cabo el nuevo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador. La gente tiene más miedo de salir. No hay gasolina. Nadie les ha ido a dejar. No se escuchan balazos. No se escuchan camionetas con música de banda, ¿qué pasará? ¿El ejercito detendrá a los niños de 12 años que distribuyen? ¿Se llevará a familias enteras? Nadie sabe. Lo que sí se sabe es que el pasado domingo llegó el ejercito y toda la comunidad salió a defender a los huachicoleros: hubo un muerto y un herido, ninguno de la comunidad, pues la carne de cañón no es gente cercana a los “jefes”.

La estación de gas es un leit motive de la entrada del ejercito a una comunidad huachicolera: es la portada de un lugar que desde hace años tiene una ley nueva, que nada tiene que ver con usos y costumbres.

Para ir más allá de este panorama me lleno de preguntas, porque el pueblo en el que solía pasar mis vacaciones y visitar a mi familia se ha vuelto un lugar de miedo. Y entonces pienso: ¿cómo hará este nuevo gobierno para darles una esperanza a estas comunidades? ¿Cómo hará para que familias enteras dejen de dedicarse a algo que les dejó dinero y poder como nunca antes? Y por antes me refiero a siglos de abandono, en los que han pasado desigualdades, pobreza, sometimiento y hambre; siglos de abandono que los condujeron a que, por primera vez, se sintieran dueños de algo, de un negocio turbio y siniestro, pero al fin suyo.

El hecho de adquirir huachicol se volvió como la tan perseguida marihuana en alguna época: una sustancia inofensiva, pero que en su proceso y distribución se fue llenando de sangre y del sufrimiento de niños, niñas, jóvenes, mujeres, hombres, es decir, de pueblos enteros. Tal vez mañana sea el agua lo que se robe y sea ilegal.

La estación de gasolina está en venta, porque quebró. Desde hace seis años nadie carga “legalmente”. Parece una historia lejana de mi realidad, pero es la cotidianidad de mi familia, de verse secuestrada, alejada y con miedo. La policía no entra más que para resguardar a la organización, nadie más va. Ni si quiera los conoce el nuevo presidente que ha visitado más comunidades del país. Parecen invisibles y entre sombras, hasta las 11 de la noche pueden tener la “oportunidad” de vivir su “cotidianidad”.

¿Una falla del Estado o la presencia extendida del mismo con todas las implicaciones que puede tener en México?

 

* El texto y la imagen fueron tomados de: https://desinformemonos.org/testimonio-de-la-cotidianidad-de-una-comunidad-huachicolera/

** El nombre de la autora ha sido cambiado por razones de seguridad propia y familiar.

*** Los nombres de las comunidades han sido cambiados por razones de seguridad.

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