Siempre me ha sido difícil elegir un regalo adecuado para las mujeres; sobre todo si las mujeres en cuestión son nada más y nada menos que mi mamá o mi novia, pues siempre está la duda de si el regalo elegido les será funcional o no, les gustará o no, les quedará o no, etcétera…

Es por ello que para fechas decembrinas procuro no acercarme a los centros comerciales y me he establecido como tradición adquirir sus regalos (o algunos de ellos) en el andador Nieto que, sin ser un lugar en demasía exclusivo o caro, tiene una gran variedad de productos de calidad, de diversa índole y costo.

Fue ahí donde compré una pashmina para mi madre hace tres años y el regalo de mi novia hace dos; aunque para ser justos a la verdad, el regalo de mi novia no se asemeja para nada con lo que yo tenía en mente, puesto que yo quería regalarle “algo más”, y digo ”algo más” porque en sí, yo no tenía decidido qué era lo que le iba a comprar, pero quería que fuese algo poco convencional, y creo que es ahí donde radica la magia de ese lugar: Es tanta la variedad y colorido que adquiere la mercancía del lugar que nunca sabes con qué te toparás. Y fue así como me topé con Amílcar, en un puesto pequeñito, pequeñito, de peluches, del que me vino la brillante ─aunque no original ─idea de regalarle uno a mi novia para Navidad.

En cuanto llegué al puesto, me puse a examinar cada uno de los peluches. Los había de todo tipo: grandes, pequeños, nuevos, viejos, realistas, descosidos… Sin embargo, al poco de estar examinando la mercancía, empecé a sentir la sensación de que estaba siendo fijamente observado. Al principio traté de ignorar dicha sensación pero me fue imposible conseguirlo, y ésta terminó por volverse insoportable; de manera que, dejando en la mesa el pequeño oso que estaba examinando, me propuse detectar de dónde provenía esa mirada que tan insistentemente demandaba mi atención.

Fue de esa manera que lo conocí. Se encontraba casi en la esquina del puesto observándome fijamente, sin siquiera parpadear. Cuando mi vista reparó en sus ojos me sonrió y, sin saber con exactitud el porqué, le devolví la sonrisa; tal vez porque sabía que la búsqueda había terminado, pues acto seguido lo tomé en mis manos y me puse a examinarlo…

Se trataba de Amílcar; el peluche de elefante más feo que haya visto en mi vida. Flaco, desproporcionado, de orejas cortas y una trompa permanentemente levantada, Amílcar inspiraba una ternura inusitada, no por bonito, puesto que no lo era, sino por lo chistoso, y yo, decidido a regalárselo a mi novia, saqué un par de billetes del bolsillo de mi pantalón y, tras unir el velcro de sus patas delanteras alrededor de las correas de la mochila con la que siempre salgo a la calle, pagué y me retiré satisfecho por mi adquisición y por la tranquilidad de haber encontrado en tiempo récord el regalo para mi novia.

Conforme iba caminando, la gente volteaba a verme y sonreía tras ver que, colgando de mi mochila, llevaba a un elefante de peluche, por demás feo. A mí esto me causaba gracia, y de verdad esperaba que a mi novia también. Así estuve una hora más recorriendo puestos, observando, regateando y comprando los regalos navideños.

Hacia el final de la jornada ya me había acostumbrado a Amílcar ─como decidí bautizarlo ─e ignoraba ya las miradas curiosas y divertidas de la gente que, enternecida por ver a un adulto cargando a un elefante de peluche en su mochila, dirigían a mí. Nos habíamos amalgamado tan bien que parecía que llevábamos años juntos recorriendo las calles del centro de la ciudad y, por ende, que no era la primera vez que buscábamos regalos juntos.

Satisfecho por mis compras navideñas encaminé mis pasos hacia el carro y, justo antes de sacar las llaves del mismo, escuché una tímida voz que hablaba suplicante. “No me regales, por favor”.

Me giré extrañado ante lo curioso de la voz y de la petición, pero no vi a nadie; la calle, al igual que las ventanas de las casas aledañas, se encontraba desierta.

“No me regales, por favor. Quiero quedarme contigo. Prometo no hacer destrozos”.

Bajé la mirada hacia mi mochila y, asombrado, me di cuenta que era Amílcar el origen de aquella voz. Con sus ojos suplicantes y una tímida sonrisa, bajando poquito la voz, agregó: “por favor”.

Así que decidí quedármelo, y desde entonces me acompaña en mis aventuras por el mundo.

A mi novia le regalé una bolsa. Y este cuento.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz de la Cruz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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