No sé exactamente qué es lo que está pasando con las nuevas generaciones; o son más delicadas o, con el paso de los años, los de mi generación (que tampoco somos tan mayores) nos hemos vuelto más estrictos, más sangrones.

Sea como sea puedo afirmar que en mis años que tengo como docente he percibido un cambio notorio en mis alumnos. Pareciera que en estos tiempos todo ofende o todo cansa. No se puede hablar de tal tema, no se puede decir tal palabra, ni se puede hablar de manera seria, directa o confrontativa porque la gente se siente, se ofende o llora, y tampoco se puede esperar de ellos alguna exigencia intelectual, como leer o procesar información, o física, como comer a deshoras o no comer en lo absoluto porque rayan al borde del desmayo.

En resumen: ni aguantan nada.

Y eso me preocupa y me intriga pero, sobre todo, me indigna.

Es por ello que, cuando al llegar al salón, mis alumnos me recibieron con la solicitud de permitirles salir a comer, “aunque fuera una torta”, me negué rotunda y tajantemente con un enérgico “¡NO!” y, acto seguido, algunos reclamaron y otros optaron por hacer el chantaje emocional de la cara lastimera. Y he de confesar (me he ablandado a lo largo de los años) que funcionó, porque en un lapsus de bondad accedí a otorgarles diez minutos para hacerlo; decisión de la que me retracté casi al momento ante la queja de una alumna de que no bastaban diez minutos, que qué mala onda, que no les daba tiempo.

─ ¿Qué se creen estos? ─ me dije. Y al momento les solté que entonces no había ningún permiso, que pasaran al salón y que me escucharan bien.

Lo hicieron.

Entonces comencé a decirles que no era posible que fuesen tan delicados, que unas horas sin comer no les harían ningún daño y que recordaban que estaban en una universidad y no en un restaurante u hotel del que podían entrar y salir a comer a la hora que les placiera; que no tenían por qué quejarse, que había maestros que pasaban de doce a catorce horas en la universidad, sin comer, y que no se quejaban ni pedían permiso para salir a hacerlo, pues eran sumamente profesionales. Les dije, además, que si comían o dejaban de hacerlo no era culpa ni responsabilidad de los profesores y, por lo tanto, no tenían ningún derecho siquiera de solicitar algo así; sobre todo si sus clases iniciaban a las tres de la tarde.

Y no conforme con eso, y para asegurarme que mis palabras no cayeran en saco roto, les dejé como trabajo de clase elaborar (a mano, por supuesto) un ensayo de mil quinientas palabras acerca de la responsabilidad, derechos y obligaciones del estudiante universitario.

Y ahí están frente a mi mirada severa escribiendo silenciosamente, aprendiendo a ser responsables mientras me como mi torta de carnitas, que de tanto hablar con los alumnos se me estaba enfriando.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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