─Por favor, no hagan mucho ruido ─decía mi abuela a cada uno de los invitados conforme iban llegando a casa ─. Tengo visita y se encuentra un poco indispuesta. Está durmiendo en el cuarto de huéspedes.

Los invitados, naturalmente, comprendieron la situación e intentaron moderarse. Y vaya que  lo intentaron, pero a fin de cuentas se trataba de la reunión anual en la casa de Doña Chabela, mi abuela; una de las mayores tradiciones en el pueblo y, por lo tanto, guardar silencio resultaba ser algo en extremo complicado de lograr.

─Por favor, no hagan mucho ruido ─repetía una y otra vez mi abuela ─. Ella está dormida y no quiero que se despierte.

Al principio todos lo tomamos como una petición normal e inocente de Doña Chabela, que era querida por todos, pero conforme la velada se iba desarrollando, sus insistentes peticiones se tornaron en demasía molestas y, aunque nadie se atrevía a decirlo, debido al gran cariño y respeto que le profesábamos a mi abuela, todos pensábamos lo mismo: ¿para qué organizar una reunión si no nos vas a permitir disfrutarla?

Fastidiada, harta de las reiteradas amonestaciones de mi abuela, aproveché una de sus constantes visitas al baño para escabullirme sigilosamente hasta el cuarto de huéspedes donde “la visita se encontraba indispuesta”. Aunque no sabía bien qué haría una vez que la viera, quería saber quién era tan importante como para generar ese comportamiento tan fastidioso en Doña Chabela.

Fuera de la vista de los invitados y de mi abuela, abrí la puerta del cuarto de huéspedes y me acerqué a la cama donde una mujer dormía plácida y profundamente al grado que, más que dormida, parecía estar muerta.

Por desgracia, al acercarme a ella, pude comprobar que no solamente parecía, sino que realmente lo estaba; lo que mi abuela tenía en su cuarto no era una visita indispuesta, ¡no!, lo que ella tenía ahí era nada más y nada menos que un cadáver, ¡un cadáver!, ¡no había duda de ello!, el olor, la rigidez y el frío de aquel cuerpo lo confirmaban.

Sin embargo, pese al miedo generado por semejante revelación, quise saber de quién se trataba, pues no atinaba a comprender el proceder de mi abuela que, pidiendo que todos guardaran silencio, se atrevía a congregar a medio pueblo en su fiesta anual teniendo un fiambre tendido en su cama para huéspedes. Me acerqué cautelosamente para comprobarlo y me detuve en seco, sintiendo como se congelaba mi corazón, pues la reconocí de inmediato: la visita en casa de mi abuela era yo.

 

Para Centuria Noticias: Alfonso Díaz

aldacros@gmail.com

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Nacido en la ciudad de México, Luis Alfonso Díaz de la Cruz fue adoptado por la ciudad de Aguascalientes cuando apenas contaba tres años. Desde entonces se ha dedicado a crecer y a cuestionarlo todo. Se formó como psicólogo y terapeuta bioenergético y psicocorporal y ha ejercido desde el año 2009 en consulta privada, en el sector público y como docente. Es también conferencista, ilustrador y cuentacuentos. Desde su adolescencia, a manera de pasatiempo en un principio y de manera profesional después, ha escrito cuentos cortos, teniendo en la actualidad un aproximado de 200 cuentos de su autoría, siendo alrededor de 10 de ellos, cuentos infantiles. En Julio de 2018 es seleccionado ganador del 5to Premio Endira Cuento Corto, con su cuento “Resistencia”, homónimo de la antología publicada en noviembre del mismo año con los 20 cuentos finalistas del concurso, presentada en la FIL de Guadalajara. Tiene, además, un par de cuentos publicados en Amazon: "Tres meses de bonanza" y “Algodón de azúcar”; este último, de corte infantil, bajo el seudónimo de su personaje cuentacuentos: Rivelín con H. Es, además, autor del mini libro “Lobo”, que contiene tres cuentos de su autoría. Habla catalán, le va al FC Barcelona y se autodenomina fanático de los tacos de suadero.

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