El Encino es uno de los barrios más tradicionales de la ciudad de Aguascalientes. En sus calles y muros han quedado inscritas (como sólo pueden quedar resguardados al abrigo de los barrios antiguos) un sin fin de voces, anécdotas, chismes, besos, amores, desamores, disgustos y reconciliaciones. Y seguramente aún quedan muchas historias por escribir y contar en las calles de esta entrañable parte de la ciudad.

Entre las leyendas que a mediados del siglo pasado contaban quienes vivían en el Barrio del Encino está la de Hilaria Macías, de quien se decía que era una hermosa y joven mujer. Su mayor atractivo quizá era su cabello abundante y rizado, que caía con elegante belleza sobre su rostro moreno. La joven Hilaria en aquel entonces tenía como oficio los servicios de alimentos en una fondita, donde servía almuerzos, comidas y cenas. Todo aquel que llegaba a degustar los platillos confeccionados por la joven mujer quedaba encantado, pues siempre aderezaba cada delicia con un trato gentil, cordial y por demás amable. En cada rincón del Barrio del Encino las personas sólo dedicaban halagos y buenas palabras a la joven Hilaria.

Cierto día, un singular truhan se enamoró de la china Hilaria. Este personaje, según cuenta la leyenda, tenía pésimos antecedentes y su aspecto no ayudaba tampoco a mejorar su reputación, pues era por demás feo, cacarizo y, para acabarla de amolar, presumido. La joven mujer nunca atendió los denuedos del Chamuco, que así le hacían llamar a este truhan, por lo que comenzó a planear la manera de robársela, algo no muy extraño en aquellos ayeres.

La china Hilaria, preocupada por lo que pudiera hacer el Chamuco, acudió con el sacerdote del Encino, para pedirle ayuda. El cura, con la perspicacia que lo caracterizaba, logró citar al Chamuco en la parroquia, para platicar con él y aplacar sus ímpetus. “Si quieres los amores de Hilaria, deberás pedirle un rizo de su cabello. Después, deberás alisarlo por medios naturales en un plazo no mayor a 15 días. Luego de eso te aseguro que Hilaria será tuya”, le dijo el sacerdote al Chamuco.

Luego de una constante insistencia, la china Hilaria le concedió un rizo de cabello al Chamuco, quien se apresuró a alisarlo para hacerse de los amores de la joven. Al poco tiempo de que se cumpliera el plazo, el Chamuco cayó en la cuenta de que no lograría su cometido. En su desesperación, hizo lo único que podría hacer que la joven Hilaria fuera suya: le pidió al mismísimo Lucifer que lo sacar de aquel apuro; si él lo ayudaba a enderezar el rizo de cabello, entonces el Chamuco le daría su alma a cambio.

Lucifer salió de las entrañas de los infiernos y se puso a alisar el rizo de la joven, mientras el Chamuco lo observaba y le daba ánimos. Las hebras de cabello no cedían a las fuerzas del maligno y lejos de ceder, parecían enrizarse cada vez más. Al ver que no se saldría con la suya, Lucifer se llenó de ira y lanzó el rizo de cabello sobre el rostro del Chamuco, dejándolo aún más feo y repugnante que antes. Luego de su demoniaco berrinche, Lucifer huyó del Barrio del Encino, dejando tras de sí un desagradable olor a azufre.

El pobre Chamuco quedó muy asustado y un poco loco después de lo ocurrido. Cada vez que alguien le preguntaba cómo le había ido para hacerse de los amores de la joven mujer, él respondía insistentemente “¡De la Ching…! ¡De la China Hilaria! ¡De la China Hilaria!”. Con el paso del tiempo, esta expresión sirvió para describir un disparate o algo que no marcha del todo bien.

 

 

Basado en la leyenda “La China Mulata”, recuperada por Alfonso Montañez, en “Leyendas, tradiciones y hablillas de Aguascalientes”, publicado por editorial Libros de México / London Books.

Para Centuria Noticias: Aldo García

a.garcia@centuria.mx

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