Para  Moisés y mis amigos de Ensenada

 

Hay relaciones en las que ya no hay nada que hacer, pero uno lucha hasta el cansancio para rescatarlas, como si el Instituto de Antropología e Historia o la Secretaría de Reservas Naturales nos fueran a dar un premio. Y llegado el tiempo, alguno en la relación termina por irse, dejando al otro en aparente abandono y lleno de preguntas.

Eso me tocó vivir hace seis años. Ahora me cuesta trabajo recordar todo lo anterior, pero sí tengo muy presente mi readaptación al mundo tras la ruptura: fines de semana bailando en un bar de la ciudad, descalabros en mi flirteo anquilosado y pasado de moda, fiestas y mi casa inundada. Hasta que tomé una decisión que marcaría el final absoluto de mi sufrir y el inicio de una nueva vida, la búsqueda de mi yo, mi viaje interior, mi reconciliación con el mundo: irme de viaje a Ensenada a ver a las ballenas.

En unos días alisté todo para mi paso hacia la new age adventure. Moisés, uno de mis mejores amigos, se apuntó para acompañarme, no sé si para alejarse de sus propias penas o por el temor de que yo me tropezara en alguna piedra de la costa.

Nos encontramos en el aeropuerto de Tijuana para iniciar la ruta que baja por la costa hasta los muelles de Ensenada. Todo empezaba a ser perfecto: el clima, el atardecer y platicar hasta quedarnos dormidos. Yo desde entonces no dejaba de hablar de las ballenas, de que iba a morir de tanta emoción al ver su piel, del contacto de nuestras miradas y de los amigos que allí nos esperaban.

Y así fue. En el hotel ya nos esperaban para llevarnos a cenar y caminar por esa calle ancha que está junto al malecón. Yo seguía hablando de las ballenas, dormía ballenas, cené ballenas, me las tomé, las caminé, las veía por todas partes. En la primera mañana le pedí a Moisés que fuéramos al muelle para preguntar por las tarifas para ir a verlas, antes, al pasar a recepción, aproveché para preguntar por el paseo a las ballenas, pero Moi con prudencia me dijo que esperáramos, pues en el muelle seguro sería más barato. Así nos fuimos, casi corriendo hasta que llegamos al Mercado Negro para desayunar unos tacos de camarón empanizado que son tan gloriosos, que debería ser obligatorio para todo mexicano ir al menos una vez en su vida a Ensenada para probarlos.

Antes de llegar a la zona de los barcos, pasamos a ver algunos recuerditos y nos dio mucha risa ver entre los llaveritos de resina con conchitas uno que decía “Recuerdo de mi viaje a Guayabitos”. En eso, Moi se fue a comprar agua y yo me adelanté para treparnos al primer barco que saldría en menos de quince minutos, al regresar me pidió una de las pastillas para el mareo, porque era la primera vez que él se hacía a la mar. Y poco a poco nos fuimos alejando del muelle, de la costa, de la bahía, íbamos hacia el mar abierto, dos horas de ida, las ballenas y la verdad me esperaban. El barquito subía y bajaba con las olas, en enero hace mucho aire en Baja California, subía y bajaba, los niños preguntaban bajo un sol inclemente, dos adolescentes se paseaban por la cubierta de un barquito demasiado pequeño para el oleaje.

Empezaba a desesperarme, no, a marearme; tomé la segunda pastilla, mi peinado y mi look glamouroso pro ballenas se desvanecían con la brisa. Moby no aparecía. Yo sólo miraba al cielo para no tener ninguna referencia. Los taquitos empezaban a navegar en mi estómago a la par que el barco sobre las olas. Sudor frío, la voz de personas que decían “gaviotas/peces/delfines”, pero nada de ballenas. Para entonces yo estaba en mis pensamientos más profundos: voy a vomitar, vomitaré en el mar, gasté mis ahorros para vomitar en el mar, ¿dónde están esas malditas? ¡Aparece, gran pedazo de idiota! ¿qué diablos hago hasta acá?

De pronto, el barco apagó el motor, todo mundo guardó silencio, me levanté y apunté mis lentes hacia el mar abierto, mirábamos a todos lados. Estuvimos en ese estado más de diez minutos, avanzábamos un poco, alistamos las cámaras. Y así fue cuando alguien gritó “allí hay una”, todos corrimos con tal fuerza hacia la voz escuchada que el barco se meneó, el conductor nos pedía calma y regresar a nuestro sitio por el peligro a voltearnos. Nos distribuimos, y esperamos nuestra oportunidad para verla. Al fin estuvimos Moi y yo frente a ella vimos primero dos chorros, una parte gris de su lomo como una piedra, ahora nada, un coletazo, gritos de sorpresa y nada otra vez. Esperamos unos minutos y repitió ese acto mínimo tres veces,  entonces dije: “¡Ya está! ¡Vine a ver a la ballena, allí estuvo la ballena! Ahora, a correr al baño a vomitar con la misma fuerza de chorro que el mamífero más grande de la tierra saca el agua por su lomo.”

No sé cuánto tiempo pasó, cuántas veces el mamífero marino mostró su cola, pero allí, en ese baño del viaje de quinientos pesos, me fui a encontrar con mi yo. Saqué de pronto diez años y lloré hasta que no me quedaron fuerzas. Regresé, mi cara no era la mejor, el tono de mi piel se había tornado verdosa, me senté dando la espalda al mar, miré al cielo y dejé que el viento frío me desensibilizara para aguantar las dos horas de regreso.

Regresamos al hotel y estuve dos horas en la tina, envié mensaje a mi madre y mis amigos para que supieran que había cumplido mi travesía. El mensaje decía: “Encontré a las ballenas y vomité”. Después de eso, vinieron días de calma, felicidad, té de lavanda, caminatas y abrazos. No había más verdad, de eso se trataba todo, encontrar nuevos lugares y dejarse apapachar por personas que, sin saberlo, nos dan lo mejor de la vida y nos sanan.

 

Para Centuria Noticias: Paloma Mora

p.mora@centuria.mx

(Texto publicado originalmente en México Kafkiano)

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